Una reciente investigación de la Universidad de Michigan concluyó que los huertos urbanos presentan mayores emisiones de gases de efecto invernadero por unidad producida, es decir, por fruta o verdura producida, en comparación con la producción convencional.
Por supuesto, esto no demerita que la agricultura urbana presenta múltiples beneficios sociales, aunque si es importante tener en cuenta que muchos terrenos urbanos pueden estar contaminados con metales pesados, por lo que antes de producir en ellos hay que analizarlos.
En este episodio analizo una afirmación que suele generar sorpresa: los huertos urbanos pueden contaminar más que la producción agrícola convencional. El punto de partida no es una opinión personal, sino evidencia científica reciente que obliga a matizar muchas ideas que se dan por sentadas cuando se habla de agricultura urbana y sustentabilidad.
La pregunta central es directa: ¿producir alimentos en la ciudad es necesariamente mejor para el medio ambiente? Un estudio de la Universidad de Michigan indica que las frutas y verduras cultivadas en huertos urbanos tienen, en promedio, una huella de carbono seis veces mayor que las producidas mediante agricultura convencional. El dato es contundente y merece una explicación cuidadosa, porque rompe con una narrativa muy instalada.
Antes de entrar al detalle, hago una precisión importante. Gran parte de la literatura científica sobre agricultura urbana se ha enfocado en sistemas de alta tecnología, como granjas verticales o producción indoor. Estos sistemas consumen mucha energía eléctrica y materiales, lo que eleva su huella de carbono, aunque a cambio logran altos niveles de productividad. Sin embargo, el estudio que reviso no habla de alta tecnología.
La investigación publicada en la revista Nature Cities se centra específicamente en agricultura urbana de baja tecnología. Es decir, huertos urbanos tal como existen en la mayoría de las ciudades: pequeños espacios productivos, con escasa mecanización y manejados en muchos casos como actividad recreativa. Para el análisis se recopilaron datos de 73 granjas urbanas en cinco países: Francia, Alemania, Polonia, Reino Unido y Estados Unidos. Es, hasta ahora, el estudio con mayor base de datos comparativa sobre este tema.
La metodología del estudio clasifica la agricultura urbana en tres tipos. Primero, las granjas urbanas administradas de manera profesional y con enfoque comercial. Segundo, los jardines individuales, pequeñas parcelas gestionadas por personas a título personal. Tercero, los huertos colectivos o comunitarios, manejados por grupos de personas sin un objetivo productivo formal.
Una de las conclusiones más relevantes es bastante clara: las granjas urbanas administradas profesionalmente son las que menos contaminan dentro del universo de la agricultura urbana. La razón es sencilla. Cuando existe un objetivo comercial, la producción tiene que ser eficiente. La eficiencia obliga a optimizar insumos, reducir desperdicios y maximizar rendimiento, algo muy similar a lo que ocurre en la agricultura convencional a campo abierto o en invernadero.
En cambio, los huertos urbanos que funcionan como hobby o actividad recreativa son los que presentan mayores emisiones por unidad de producto. No hay una presión real por ser productivos ni eficientes. Se utilizan más recursos de los necesarios y se obtiene menos alimento. El resultado es una huella ambiental mayor.
Uso un ejemplo fuera del agro para hacerlo más claro. Si alguien decide aprender a hacer pan como pasatiempo, al inicio desperdicia ingredientes, tiempo y energía. Un panadero profesional, en cambio, optimiza cada paso del proceso. En agricultura ocurre lo mismo. La falta de experiencia y de enfoque productivo se traduce en ineficiencia ambiental.
Esto no significa que la agricultura urbana no tenga beneficios. Los tiene, y son importantes. Genera conciencia sobre la producción de alimentos, acerca a las personas al origen de lo que comen y puede tener impactos sociales positivos. Pero este episodio se enfoca específicamente en la huella ambiental y las emisiones de gases de efecto invernadero, no en los beneficios sociales.
Al revisar más literatura científica, encuentro que varios estudios coinciden en este punto: la agricultura urbana suele ser menos eficiente desde el punto de vista ambiental que la producción a gran escala, ya sea intensiva o extensiva. La escala importa. La profesionalización también.
El análisis no se queda ahí. Hay otro aspecto crítico que a menudo se ignora: la contaminación por metales pesados. Diversas investigaciones señalan que los cultivos producidos en huertos urbanos tienen mayor probabilidad de acumular metales como plomo, cadmio y zinc. Esto ocurre sobre todo cuando los huertos están ubicados cerca de carreteras o en zonas que tuvieron actividad industrial en el pasado.
Estudios de Antisari y Amato Lourenso (2015 y 2017) muestran que los suelos urbanos presentan mayor riesgo de contaminación, y que estos metales pueden ser absorbidos por las plantas y transferirse a los alimentos. Mitchell y colaboradores (2014) señalan que el plomo es una de las principales preocupaciones, ya que puede permanecer en el suelo durante décadas debido a antiguas prácticas industriales, uso de gasolina con plomo o pinturas con plomo.
Las verduras de raíz, como las zanahorias, son especialmente susceptibles a este tipo de contaminación. Aunque el uso de macetas o contenedores reduce el riesgo al evitar el contacto directo con el suelo, ya implica una inversión y un manejo más complejo, alejándose de la idea de un simple pasatiempo.
Aquí es donde el tema se vuelve delicado. A veces se promueve la idea de que cualquier persona debería producir sus propios alimentos en la ciudad, como si fuera una solución simple y universal. No siempre lo es. Sin análisis previo del suelo, sin conocimiento técnico y sin gestión adecuada, se pueden generar riesgos para la salud.
Planteo un ejemplo concreto. Imaginemos a un profesionista que decide cultivar un huerto urbano los fines de semana para relajarse. Compra un lote sin saber que hace décadas ahí hubo un taller mecánico. Derrames de gasolina, aceites y metales se infiltraron en el suelo. Si comienza a producir alimentos sin un análisis previo, puede estar incorporando contaminantes a su dieta y a la de su familia.
El riesgo aumenta si esa producción se comparte o se vende. En ese punto, ya no se trata sólo de un hobby, sino de un problema de salud pública sin trazabilidad clara. Nadie sabrá fácilmente de dónde viene la contaminación ni cómo llegó al alimento.
En muchos países no existe legislación específica sobre agricultura urbana. Esto facilita que más personas se involucren, pero también deja vacíos importantes en términos de seguridad alimentaria. La ausencia de reglas no elimina el riesgo; sólo lo invisibiliza.
El mensaje central del episodio es claro. La agricultura urbana no es inherentemente mejor ni peor, pero tampoco es tan simple como suele presentarse. Puede tener impactos ambientales mayores que la producción convencional si no se gestiona con criterios técnicos y de eficiencia. Y puede implicar riesgos para la salud si se ignoran las condiciones del suelo.
Por eso subrayo la importancia de los profesionistas del agro. Son quienes pueden orientar, explicar ventajas y advertir desventajas. No para desalentar, sino para evitar que una buena intención termine generando problemas mayores.
La producción de alimentos, incluso a pequeña escala, nunca es trivial. Requiere conocimiento, análisis y responsabilidad. Este episodio busca justamente eso: cuestionar ideas simplificadas y poner datos sobre la mesa para tomar decisiones mejor informadas.
