Episodio 429: ¿Por qué los patógenos agrícolas desarrollan resistencia?

Los patógenos agrícolas desarrollan resistencia debido a la selección natural impulsada por el uso repetido y a menudo excesivo de pesticidas. Cuando estos productos se aplican, algunos organismos con mutaciones genéticas sobreviven y transmiten estas características resistentes a sus descendientes.

Este proceso resulta en la reducción de la efectividad de los tratamientos convencionales, forzando a los agricultores a aumentar las dosis o cambiar frecuentemente de productos químicos. Además, la resistencia contribuye a mayores costos de producción y problemas ambientales.

En este episodio abordo un tema central para la agricultura actual: la resistencia de plagas y enfermedades. Hablo de qué es, cómo se genera y por qué es un problema que no se puede seguir ignorando. La resistencia no es un fenómeno aislado, es el resultado directo de decisiones técnicas que se repiten durante años en campo y que terminan generando consecuencias que van mucho más allá de una baja en la eficacia de un producto.

La resistencia, en términos simples, es la capacidad que desarrollan ciertos patógenos para soportar los efectos de pesticidas diseñados para controlarlos o eliminarlos. Cuando esto ocurre, las herramientas que antes funcionaban dejan de hacerlo. No porque el producto sea malo, sino porque el organismo objetivo cambió. Este fenómeno se ha convertido en uno de los mayores retos para la producción agrícola moderna, sobre todo si se habla de sostenibilidad, costos y cuidado ambiental.

El problema inicia con la exposición repetida de una población de plagas o enfermedades a un mismo producto. Dentro de esa población siempre hay variabilidad genética. Algunas mutaciones ocurren de forma natural y, por pura probabilidad, hay individuos que logran sobrevivir a la aplicación. Esos individuos se reproducen y transmiten esa característica a la siguiente generación. Con el tiempo, la población completa se vuelve menos sensible o incluso inmune al producto que antes era efectivo.

Este proceso no solo encarece la producción. Obliga a aumentar dosis, incrementar la frecuencia de aplicaciones o cambiar a moléculas más agresivas y costosas. El impacto no se queda en el cultivo. Se extiende al medio ambiente, a la salud humana y a la viabilidad económica del sistema productivo. Por eso es tan importante entender por qué ocurre la resistencia y cómo se puede enfrentar.

A partir de la revisión de investigaciones científicas y de la experiencia en campo, identifico tres razones principales por las que se desarrolla resistencia en el agro. La primera, y quizá la más evidente, es el uso excesivo de pesticidas y agroquímicos. Cuando se aplican los mismos productos de manera repetida, se ejerce una presión de selección constante sobre las poblaciones de patógenos. Los individuos que sobreviven son los que marcan el futuro de esa población.

En teoría, la solución parecería sencilla: aplicar las dosis correctas. En la práctica, esto es extremadamente complicado. La experiencia en campo muestra que muchos agricultores asumen que si una dosis funciona, una dosis mayor funcionará mejor. Esa lógica no tiene sustento técnico, pero es muy común. Convencer de lo contrario requiere tiempo, confianza y un acompañamiento técnico constante.

Además, existe un problema operativo muy frecuente: las dosis “no cerradas”. Cuando una recomendación indica, por ejemplo, 2.4 litros por hectárea, es común que se aplique 3 litros para no dejar sobrantes. El razonamiento es práctico, no técnico. Lo mismo ocurre con fertilizantes, donde se ajusta la dosis al tamaño del saco y no a lo que realmente necesita el cultivo. Estas pequeñas decisiones, repetidas ciclo tras ciclo, contribuyen de manera directa al desarrollo de resistencia.

La segunda razón clave es la rotación inadecuada de productos. Aquí no se trata todavía de integrar control biológico u otras alternativas, sino de algo más básico: no usar siempre el mismo modo de acción. Cuando se aplican productos con mecanismos similares una y otra vez, se favorece que los patógenos desarrollen tolerancia cruzada. El resultado es que varios productos dejan de funcionar casi al mismo tiempo.

Este punto también es difícil de manejar en campo. Cuando un producto “funciona”, es muy complicado convencer a un agricultor de que lo deje de usar temporalmente. La lógica es clara: si algo resolvió el problema una vez, se espera que lo vuelva a resolver. El problema es que esa estrategia, en el mediano plazo, destruye la eficacia del producto. Cuidar una herramienta implica saber cuándo no usarla.

La resistencia al cambio se incrementa cuando el producto que funciona es económico y la alternativa es más costosa o menos conocida. Aquí el papel del asesor técnico es fundamental. Hay que explicar que rotar no es un capricho, sino una inversión para mantener opciones de control a futuro. Un producto que hoy es barato puede volverse inútil mañana si se sobreexplota.

La tercera razón es el sistema productivo basado en monocultivos. Cuando una región completa produce el mismo cultivo, la presión de plagas y enfermedades se vuelve constante y generalizada. Incluso cuando un agricultor hace bien las cosas —aplica dosis correctas y rota productos— puede enfrentar resistencia debido a lo que ocurre alrededor de su parcela.

En campo he visto casos donde el problema no estaba dentro del predio, sino en los vecinos. Parcelas con el mismo cultivo en diferentes etapas, manejos deficientes o incluso terrenos abandonados se convierten en reservorios de patógenos. Las barreras físicas ayudan poco. Las plagas y enfermedades se dispersan por viento, aire y vectores, haciendo casi imposible un control aislado.

Por eso es común escuchar frases como “este producto ya no hace nada” o “antes las plagas caían y ahora parece que se bañan en el químico”. No es exageración. Es el resultado lógico de años de uso continuo, aumento de dosis y falta de estrategias integradas. La resistencia no aparece de golpe, se construye poco a poco.

El mensaje central es claro: cuando un producto funciona, hay que cuidarlo. No sobreutilizarlo, no aumentar dosis sin justificación y no depender exclusivamente de él. La resistencia no se combate con más de lo mismo, sino con manejo inteligente, planeación y visión de largo plazo.

Entender este fenómeno permite tomar mejores decisiones técnicas y evitar que herramientas valiosas se pierdan. La resistencia no es inevitable, pero sí es predecible cuando se repiten los mismos errores. Hacerle frente implica cambiar hábitos, tanto a nivel de parcela como de región.