El agua es el insumo más usado en agricultura, pero también el más subestimado. Este episodio explica por qué el agua dura puede volverte menos productivo sin que lo notes, y qué hacer al respecto. Si riegas con pozo, aquí entenderás por qué baja el rendimiento y sube el costo.
En una entrevista con José Luis Guízar, se aterriza el problema de aguas duras y la solución que propone ECOBIOLAB con su tecnología ESAL. Hablamos de obstrucciones, sales y cómo el agua puede perder su potencial. El objetivo es simple: más eficiencia, menos fallas y mayor productividad.
En este episodio presento una entrevista centrada en un tema que impacta más de lo que muchos admiten: el agua dura en agricultura. El enfoque es práctico: qué es, cómo se detecta, por qué afecta la producción y qué alternativa propone ECOBIOLAB para disminuir el problema sin recurrir a soluciones caras como ósmosis inversa o tratamientos químicos complejos.
El episodio arranca con José Luis Guízar, quien se presenta como ingeniero civil con enfoque en reingeniería de procesos y, sobre todo, con una motivación clara: participar en estrategias que ayuden a cuidar el agua. Su punto de partida es directo: el mundo se espanta por la crisis hídrica, pero no actúa con contundencia. Y en agricultura, donde se usa la mayor parte del agua, ve un espacio real para cambiar las cosas.
Desde su experiencia, plantea una comparación que marca su visión: en el sureste se “tira” agua, mientras que en el norte la escasez es severa. Eso lo llevó a interesarse en cómo aprovechar mejor el recurso. En su perspectiva, el agua no es solo un tema agrícola; también es un tema de vida, infraestructura y sostenibilidad.
Luego entramos al tema principal: qué es el agua dura. José no se va con una definición académica; lo baja al terreno. Agua dura es aquella con alta concentración de minerales, especialmente calcio y magnesio. El problema no es que esos minerales existan (porque incluso son nutrientes), sino que en ese nivel y en esa forma química afectan la eficiencia del agua como transportador.
Y aquí aparece el golpe fuerte: el agua dura es “un agua sin todo su potencial” para el cultivo. La razón es que el agua es el vehículo principal para transportar nutrientes, oxígeno y vida hacia la raíz. Pero cuando viene cargada de minerales, se vuelve un factor limitante. En términos simples: dificulta la absorción de nutrientes, reduce la eficiencia del fertilizante y provoca problemas mecánicos en los sistemas de riego.
Se detalla un efecto muy visible: obstrucción. El calcio y el magnesio facilitan incrustaciones y taponamientos en cintillas, goteros y microaspersión. Y si el sistema se tapa, el riego deja de ser homogéneo: algunas plantas reciben agua y otras no. Eso termina reflejándose en el lote: plantas disparejas, crecimiento irregular y pérdida de productividad.
José menciona otro ángulo: el problema no solo está en el riego, también en el acuífero. Comparte datos generales sobre el uso de agua subterránea y presión sobre pozos concesionados, además de problemas como salinización. Su punto es que el agua dura puede aumentar por condiciones naturales (cercanía al mar, suelos rocosos) y también por efectos de manejo (químicos, filtraciones, deterioro del subsuelo). En ese escenario, el agua dura aparece como parte de una crisis silenciosa.
A partir de ahí se plantea una duda común: si el agua dura trae calcio y magnesio, ¿no debería ser buena? José responde con una analogía clara: no sirve tener nutrientes si no se entregan de forma aprovechable. Es como querer comerse un bolillo de un bocado: no se puede. La idea es que esos minerales deben transformarse para que sean utilizables por raíz y suelo sin generar daños.
Entonces se presenta a la empresa: ECOBIOLAB. José explica que la empresa surge con la idea de traer tecnología sustentable para agua, salud humana y animal, con un enfoque empresarial: ayudar a incrementar ingresos mediante eficiencia. En el agro, su compromiso es claro: cuidar el agua porque sin agua no hay negocio. Y su propuesta concreta es trabajar específicamente el agua dura.
Aquí entra la solución: los acondicionadores ESAL (“menos sales”). Se aclara que no es una tecnología popular en todo México, y eso provoca miedo: la gente duda si funciona, o cree que ya se probó y falló. José afirma que cuando el diseño es correcto, en alrededor del 90% de los casos hay buena implementación y resultados.
Antes de hablar de beneficios, José marca un punto crítico: muchos agricultores ni siquiera saben qué tan dura es su agua. Saben que hay problemas, pero no miden el nivel. Por eso compara el tema con salud: alguien puede decir “tengo triglicéridos”, pero no sabe en qué nivel. Con agua dura pasa lo mismo: puede ser baja y silenciosa, o evidente y crítica, pero se deja pasar.
Los beneficios se aterrizan con dos historias típicas.
La primera es el agricultor que ve cómo su producción baja año con año. Aun con estrategia de fertilización, su costo aumenta y la rentabilidad cae. Hasta que descubre que uno de los factores detrás es el agua, por temas como salinización del suelo. La empresa busca entrar antes de que el suelo se vuelva inservible: que el agricultor reconozca el agua como palanca de negocio.
La segunda historia es la más operativa: agricultores que gastan diario en personal limpiando, desincrustando, cambiando cintillas, reparando microaspersión o tuberías, y metiendo ácidos sin demasiado control. Eso no solo cuesta, también consume tiempo, genera estrés y vuelve ineficiente el sistema. En esa parte, la propuesta es reducir ese dolor: menos taponamientos, menos recambios, menos mantenimiento.
Hay un segmento interesante sobre venta de tecnología. Se reconoce que en el agro no es fácil convencer: los agricultores desconfían, y con razón. José plantea argumentos directos: esta tecnología no es nueva, ya se usa en muchos países y en varias industrias, no solo agricultura. El agua dura puede ser silenciosa o evidente, pero en ambos casos el daño existe.
Luego se aclara una confusión importante: acondicionamiento no es lo mismo que desalinización. Desalinizar implica ósmosis inversa o tratamientos costosos. ESAL no filtra, no elimina sales: transforma su comportamiento. El mecanismo descrito es un tratamiento magnético que modifica físicamente los cristales: se abren microscópicamente, cambian su forma, se vuelven partículas más pequeñas, redondeadas e inertes, y así el agua puede transportarlas sin que tapen el sistema. No se eliminan, se “pulverizan”, y la raíz toma lo que requiere.
Se comenta que existen estudios nacionales e internacionales sobre este tipo de tecnología, y se mencionan regiones donde se usa más (norte de México, China, Rusia, Brasil). También se remarca que el éxito depende del diseño: si no se diseña según la calidad del agua, puede fallar.
Aquí se vuelve más técnico, pero útil: el diseño depende de qué tipo de sales predominan. Puede haber aguas con carbonatos, sodio, cloruros (comunes cerca del mar) o sulfatos. También se considera el gasto (volumen de agua) y el diámetro de la conducción, desde ¾” hasta sistemas grandes de 6, 8 o 10 pulgadas, incluso mayores.
Cuando se habla de análisis de agua, José dice cuál sería su “alerta principal”: dureza total. Luego revisa calcio (en mEq/L), carbonatos y magnesio, y después sodio y cloruros. En bicarbonatos menciona casos de hasta 2,500 ppm, donde ya no sirve un equipo sencillo y se requieren dos equipos o configuraciones más robustas.
En mantenimiento, el mensaje es atractivo para el agricultor: el equipo no requiere gran mantenimiento porque no es filtro, no retiene y no es eléctrico. Se activa con el paso del agua. La ganancia está en el sistema: si antes se daba mantenimiento quincenal o mensual a cintillas o aspersores, el intervalo puede alargarse a dos, tres o hasta seis meses.
También se confirma compatibilidad: aplica para cintillas, aspersión, cañones y goteros. Solo se señala una condición operativa importante: no almacenar el agua tratada. El efecto dura entre 48 y 72 horas; si el agua se queda en reservorio, las sales pueden volver a juntarse o precipitar. Por eso el equipo debe ir del reservorio hacia líneas de riego, y siempre después de la bomba, no antes.
El episodio cierra con una idea clara: el agua dura es un freno silencioso para productividad, eficiencia de fertilización y uniformidad del riego. Y si el agricultor ya está pagando con mantenimiento constante, variabilidad del cultivo y pérdidas, atender el agua deja de ser un lujo: se vuelve una decisión de rentabilidad.

