Episodio 513: ¿El cambio climático y la sequía están sirviendo para esconder otras problemáticas?

¿El cambio climático y la sequía están sirviendo para esconder otras problemáticas?

El cambio climático y la sequía son problemas urgentes que captan la atención mundial. Sin embargo, su gravedad también está sirviendo para ocultar otras crisis ambientales y sociales que afectan de forma silenciosa a distintas regiones. La complejidad de estos fenómenos exige un análisis más profundo.

Mientras los recursos se enfocan en mitigar los efectos visibles de la sequía y el calentamiento global, temas como la pérdida de biodiversidad, el agotamiento de acuíferos y la desigualdad en el acceso al agua quedan relegados. Esta distracción puede agravar escenarios que ya son extremadamente frágiles.

El episodio parte de una idea incómoda pero necesaria: el cambio climático y la sequía son reales, graves y crecientes, pero se han convertido en un paraguas demasiado cómodo para justificar todo lo que sale mal en el agro. Reconozco desde el inicio que el clima está cambiando, que las sequías son más frecuentes, más largas y más intensas, y que México está metido de lleno en ese escenario. No es opinión, es ciencia. Estudios recientes muestran que eventos como la sequía de 2022 en el hemisferio norte fueron hasta veinte veces más probables debido al cambio climático. Eso no se discute.

El problema empieza cuando esa realidad se usa como explicación automática. La sequía aparece en titulares, comunicados y discursos como si fuera el único enemigo. Falta agua, baja el rendimiento; falta agua, no se siembra; falta agua, se pierde la cosecha. A fuerza de repetirlo, terminamos creyendo que el agro está condenado únicamente por el clima. Y ahí está el error. Pensar que todo se debe al cambio climático es cómodo, pero profundamente equivocado.

Durante mucho tiempo caí en esa misma trampa. También pensé que la sequía era el mayor problema. Hoy veo que es un problema enorme, sí, pero también un excelente escondite para otros fallos estructurales que llevamos décadas arrastrando. La sequía no explica todo, ni debería servir como excusa para no asumir responsabilidades.

El primer punto que se pone sobre la mesa es brutalmente claro: estamos sobreexplotando el agua. No un poco, no “en algunos casos”, sino de forma sistemática. La agricultura utiliza alrededor del 75% del agua dulce disponible en el país, mientras que el uso doméstico y la industria apenas alcanzan el 25%. Hasta ahí ya hay materia para reflexionar. Pero el dato verdaderamente alarmante viene después: de ese 75% usado en agricultura, cerca del 65% se pierde o se desperdicia. No es sequía, es ineficiencia.

Las pérdidas ocurren desde el origen. En la extracción hay fugas. En la conducción, canales de tierra filtran agua sin control y los canales abiertos evaporan volúmenes enormes. En las parcelas, todavía se riega por inundación como si el agua fuera infinita. Todo eso sucede antes de culpar al cielo. El clima aprieta, sí, pero nosotros dejamos la llave abierta.

Se menciona una noticia positiva: el proceso de construcción del Plan Nacional Hídrico 2025–2030. Uno de sus pilares es la tecnificación del riego, lo que coloca a la agricultura en el centro de la discusión. La convocatoria está abierta y cualquiera con una propuesta puede participar. Eso es valioso. Pero también se deja claro que, si ese plan no parte del reconocimiento de que el uso agrícola del agua es profundamente ineficiente, nacerá cojo.

Aquí surge una reflexión clave: una mejora mínima, incluso pequeña, en la eficiencia hídrica del agro tendría un impacto nacional gigantesco. No se habla de soluciones mágicas ni futuristas. Se habla de arreglar lo básico. Menos pérdidas, mejor conducción, riego más preciso. Nada glamoroso, pero absolutamente decisivo.

El episodio avanza hacia otra idea incómoda: la sequía también está tapando problemas que no tienen que ver directamente con el agua, pero que están igual de vivos. La deforestación y la erosión del suelo son ejemplos claros. Hay cultivos de alto valor que siguen expandiéndose a costa de ecosistemas completos. Se desmonta, se siembra y se mira para otro lado. Mientras la sequía ocupe los titulares, estos temas respiran tranquilos en segundo plano.

La ironía es evidente. Al eliminar la cobertura vegetal se reduce la capacidad natural de retención de agua, se recargan menos los acuíferos y, al final, hay menos agua disponible para la agricultura. Es decir, se agrava exactamente el problema que después se atribuye al clima. Un círculo perfecto de irresponsabilidad.

Otro punto crítico es la falta de planificación agrícola. Se siguen sembrando cultivos altamente demandantes de agua en regiones donde no deberían estar. Las razones varían: incentivos públicos mal diseñados, expectativas comerciales infladas o simple inercia. El resultado suele ser el mismo: empresas agrícolas asegurando su acceso al agua mientras las comunidades cercanas ven restringido el suyo. La sequía no decidió eso; alguien lo hizo.

A esto se suma una problemática silenciosa pero peligrosa: la concentración del mercado agrícola. Cada vez más, grandes empresas ganan control sobre la cadena productiva y desplazan a pequeños y medianos productores. No aparece en los titulares, no se discute en sobremesa, pero debilita directamente la soberanía alimentaria. La nueva etapa de acaparamiento de tierras no es una teoría, es una realidad que avanza sin ruido.

Cuando miles de productores dejan de ser viables económicamente, el sistema se vuelve frágil. Y ese debilitamiento tampoco puede explicarse únicamente por la sequía. Es el resultado de decisiones económicas, políticas y regulatorias que favorecen a unos pocos.

El cierre del episodio es directo y sin rodeos. El cambio climático seguirá avanzando, con o sin nosotros. Pero usarlo como excusa para no corregir fallas estructurales es irresponsable. Mala gestión del agua, deforestación, concentración del mercado y ausencia de planificación agrícola no son efectos secundarios del clima; son problemas humanos, creados y sostenidos por decisiones humanas.

No se trata de buscar culpables por deporte, pero sí de identificar responsables reales. Las buenas intenciones, las ideas innovadoras y los diagnósticos certeros sirven de poco si no están acompañados de poder de decisión. Esa frustración es compartida por muchos que saben qué hacer, pero no pueden hacerlo.

Aun así, se reconoce y se respeta el esfuerzo de quienes, desde su trinchera, impulsan tecnologías, empresas e investigaciones para enfrentar estos retos. Especialmente quienes trabajan para mitigar los efectos del cambio climático en la agricultura con soluciones concretas y aplicables.

El mensaje final es claro: seguir culpando únicamente al clima es fácil, pero peligroso. Si no se asume responsabilidad ahora, la sequía podría terminar siendo el menor de los problemas. Para entonces, quizá ya no queden margen ni oportunidades para reaccionar.

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