Para este episodio entrevisté a Juan Díaz de Novasem, gerente nacional y director comercial, para conversar sobre el panorama actual de la producción comercial de maíz en México. Hablamos de las regiones más dinámicas, los retos del sector y el papel clave de la innovación genética.
Juan también compartió cómo Novasem enfrenta los impactos del cambio climático y colabora con agricultores y distribuidores para asegurar mejores rendimientos. Un episodio lleno de información valiosa para quienes buscan entender y aprovechar las oportunidades del mercado del maíz.
A lo largo de este episodio se pone sobre la mesa el momento crítico que vive la producción comercial de maíz en México, sin dramatismos, pero sin esconder la realidad. Desde el arranque queda claro que el maíz no es solo un cultivo más: es la base alimentaria del país y, al mismo tiempo, uno de los sistemas productivos más presionados por factores económicos, climáticos y estructurales.
Desde mi experiencia como conductor, la conversación con Juan deja claro que el problema no es de superficie, sino de productividad. México siembra más de siete millones de hectáreas de maíz, pero produce poco frente a su propio consumo. Consumimos alrededor de 46 millones de toneladas al año y apenas producimos la mitad, lo que obliga a importar grandes volúmenes, principalmente de maíz amarillo destinado a consumo animal. El dato es contundente y no admite maquillaje: el rendimiento promedio nacional ronda las 3.8 toneladas por hectárea, muy por debajo del promedio mundial.
Juan explica que este rezago no se debe a una sola causa. Hay una competencia directa por la tierra con cultivos de mayor valor económico como berries, aguacate, cítricos y, durante varios años, el agave. Cuando el productor hace números y ve márgenes más atractivos en otros cultivos, el maíz pierde terreno. No es ideología, es rentabilidad pura.
Otro factor clave es la sequía. El norte del país, históricamente motor de la producción comercial, atraviesa una de las peores crisis hídricas en décadas. Regiones como Sinaloa operan con niveles mínimos en presas, lo que ha reducido drásticamente la superficie sembrada. La falta de agua cambió el mapa maicero del país, empujando el peso productivo hacia el centro y el occidente.
En ese contexto, el Bajío, la Ciénega y el Altiplano comienzan a jugar un papel estratégico. En estas regiones se observa una recuperación de superficie, especialmente después de que el sorgo ganara terreno en años recientes. Juan explica con claridad la dinámica entre maíz y sorgo: compiten directamente por superficie y la decisión depende del costo de producción y del riesgo. El sorgo es más rústico, más barato de establecer y más tolerante a condiciones adversas. Cuando el productor tiene poco capital o enfrenta un ciclo seco, el sorgo se vuelve una opción defensiva.
Sin embargo, cuando las condiciones mejoran, el maíz regresa. Y ahí entra el papel de los híbridos. En producción comercial, los rendimientos cambian por completo el panorama. Juan menciona que en agricultura tecnificada, los promedios reales con híbridos están entre 12 y 13 toneladas por hectárea, con potenciales mucho mayores en condiciones óptimas. Esto no es teoría: es resultado de años de mejoramiento genético y evaluación en campo.
El problema es que solo una parte del maíz en México pasa por procesos formales de mejoramiento. De las siete millones de hectáreas, apenas unas 2.5 millones utilizan semilla híbrida. El resto sigue sembrándose con materiales criollos o locales. No por ignorancia, sino por costos, tradición y falta de infraestructura. En muchas regiones, especialmente en el sur y en Valles Altos, el reto no es convencer al productor de producir más, sino resolver qué hará con ese excedente.
Juan comparte una anécdota reveladora: productores que rechazan híbridos de mayor rendimiento porque no tienen dónde almacenar ni cómo comercializar la cosecha. Si la troje solo aguanta 400 kilos, producir seis toneladas no es una ventaja, es un problema logístico. Aquí queda claro que la tecnología sin mercado no funciona.
Por eso, la estrategia de impulso al sureste no puede limitarse a entregar semilla. Se requiere infraestructura, financiamiento y canales de comercialización. El gobierno busca aumentar la producción en estados como Veracruz, Chiapas y Oaxaca, pero el desafío es integral: cultural, económico y técnico.
En este escenario, Novasem se posiciona con una visión clara. Juan insiste en que no se puede hablar de agricultura sostenible si no es rentable. La sostenibilidad no se logra solo con insumos biológicos o discursos verdes, sino con híbridos que reduzcan riesgos y costos. La apuesta está en materiales con tolerancia genética a enfermedades como fusarium, resistencia a estrés hídrico y mayor estabilidad productiva, evitando aplicaciones innecesarias.
En plagas y enfermedades, el panorama tampoco es sencillo. El gusano cogollero sigue siendo uno de los principales enemigos en etapas tempranas, mientras que enfermedades como fusarium generan pérdidas severas en regiones específicas. Juan es directo: el abuso de productos mal aplicados ha generado resistencias y agravado el problema. La agricultura curativa sale cara; la preventiva, aunque menos atractiva a corto plazo, es la que sostiene la rentabilidad.
En cuanto a amenazas emergentes como Dalbulus, la postura es prudente. No se corre detrás de modas ni lanzamientos apresurados. La prioridad es la estabilidad en manos del productor, no subir al carrusel de híbridos nuevos que prometen todo y fallan al primer ciclo complicado.
La transferencia de tecnología es otro eje central. Novasem opera con una red nacional dividida en cinco regiones, con equipos técnicos cercanos a distribuidores y productores. La empresa controla todo el proceso: investigación, desarrollo, producción, acondicionamiento y comercialización. La calidad de la semilla no se negocia. Los estándares internos superan lo que exige la ley, y eso, en un mercado tan competido, marca la diferencia.
Además, se incorporan tratamientos de semilla con protección temprana y bioestimulantes que favorecen el desarrollo radicular. Para 2025, se adelanta el trabajo con tratamientos biológicos, buscando soluciones reales y no solo etiquetas atractivas. Aquí no hay promesas vacías: hay pruebas, datos y cautela.
La expansión internacional confirma la solidez del proyecto. Novasem tiene presencia en Centroamérica y avanza en Sudamérica, con evaluaciones en países altamente competitivos como Argentina. Se trabaja tanto con maíz blanco como amarillo, adaptando genética a diferentes condiciones tropicales y subtropicales. Una empresa mexicana compitiendo fuera no es discurso patriótico: es resultado de genética, proceso y constancia.
El cierre del episodio deja una idea clara: el futuro del maíz en México no depende de una sola variable. Depende de productividad, rentabilidad, adaptación al clima y alianzas reales entre productores, empresas y gobierno. Novasem se presenta como un aliado de largo plazo, con casi tres décadas de historia y una visión centrada en el productor.
La conclusión es directa y sin rodeos: producir más maíz en México es posible, pero no con recetas simplistas. Se requiere genética adecuada, decisiones económicas inteligentes y entender que sin rentabilidad, no hay sostenibilidad. Todo lo demás es ruido.

