Entrevisté a Abel Rodríguez, Director de Información en Grupo Consultor de Mercados Agrícolas (GCMA), para analizar los retos y perspectivas de los granos básicos en México. Conversamos sobre producción, importaciones, diferencias regionales y políticas públicas que impactan la seguridad alimentaria y la competitividad del sector agrícola nacional.
Abel nos explica cómo GCMA combina datos de mercado, tendencias globales y políticas agrícolas para proyectar escenarios estratégicos; además resaltó la importancia de la inteligencia comercial en las decisiones de siembra y comercialización, ofreciendo a productores y tomadores de decisiones una visión clara y práctica del futuro de los granos.
A lo largo de esta conversación se pone sobre la mesa un diagnóstico claro y sin maquillaje sobre la situación de los granos básicos en México. Desde el inicio queda evidente que el tema no es coyuntural ni producto de un solo año complicado, sino el resultado de una tendencia acumulada de problemas estructurales, donde el clima, la política pública y las decisiones productivas se cruzan todos los días.
Abel comparte su trayectoria y deja claro que su enfoque siempre ha sido el análisis de datos aplicado al campo. Esa mirada técnica se refleja en todo el episodio: no hay lugar para discursos románticos ni para soluciones mágicas. El campo se explica con números, rendimientos, hectáreas, precios y disponibilidad de agua. Y cuando esos números no cuadran, el problema no se puede esconder.
Uno de los puntos más relevantes es el impacto directo de la sequía en los últimos ciclos agrícolas. Las presas en el centro y noroeste del país han operado con niveles críticamente bajos, lo que ha reducido de manera drástica la superficie sembrada bajo riego. Esto ha golpeado de lleno a cultivos estratégicos como maíz y trigo. La producción nacional ha caído a niveles históricamente bajos, especialmente en regiones que tradicionalmente sostenían la oferta interna.
En el caso del maíz, se explica que las expectativas iniciales de producción tuvieron que ajustarse varias veces. Aun con ligeras mejoras hacia el cierre del ciclo, el volumen final sigue siendo insuficiente para cubrir la demanda nacional. En trigo, la situación es todavía más delicada: estados clave como Sonora y Baja California han visto desplomes severos en su producción. Cuando una región que solía producir millones de toneladas apenas alcanza una fracción de eso, el impacto es inmediato y profundo.
El panorama se complica aún más cuando se suman otros cultivos básicos. Sorgo y frijol también han sido afectados por condiciones climáticas adversas, particularmente en el norte y centro-norte del país. El resultado es contundente: el nivel de autosuficiencia de México en granos básicos ronda apenas el 41–43%, muy lejos de los niveles de 50 o 55% que se observaban hace algunos años. No es una caída menor; es una señal de alarma.
Al analizar las diferencias regionales, Abel es directo. México no es un solo campo, sino muchos campos distintos. En el norte y noroeste predominan productores con grandes extensiones, acceso a crédito, tecnología y paquetes productivos modernos. En contraste, en el sur y sureste domina la pequeña propiedad, la tierra ejidal fragmentada y la producción de subsistencia. No es una cuestión de voluntad, sino de estructura.
Mientras unos productores operan con híbridos de alto rendimiento y sistemas tecnificados, otros dependen de semillas nativas con rendimientos bajos. Esto genera una brecha enorme en productividad. No se trata de despreciar lo tradicional, sino de reconocer que con rendimientos de 2.5 o 3 toneladas por hectárea no se puede abastecer un país con la demanda de México.
Las importaciones aparecen entonces como un tema inevitable. Abel aclara que, aunque suelen verse con recelo, han sido estratégicas para equilibrar el mercado. La demanda, especialmente del sector pecuario e industrial, sigue creciendo. Cuando la producción nacional no alcanza, el país no tiene otra opción que comprar afuera. En maíz, se alcanzaron cifras récord de importación, superando los 23 millones de toneladas.
Sin embargo, las importaciones también generan tensiones. Funcionan como un precio techo que presiona a los productores nacionales. Aun así, se hace una distinción clave: el grano nacional, particularmente el de estados como Sinaloa, Jalisco o Guanajuato, tiene una calidad superior. El mercado lo reconoce y lo paga mejor, aunque no siempre en la proporción que el productor desearía. El consumidor final rara vez distingue el origen del grano cuando compra tortillas, y ahí se diluye parte del valor agregado.
Un dato especialmente revelador es que este es uno de los primeros años en los que México no logra cubrir completamente su demanda de maíz blanco. La importación de este grano, que antes se hacía por razones logísticas específicas, ahora responde a una necesidad real. Eso marca un antes y un después en la historia reciente del mercado.
Cuando se aborda cómo se hacen las proyecciones en Grupo Consultor de Mercados Agrícolas, queda claro que el clima y el agua son las variables críticas. Sin disponibilidad hídrica suficiente, no hay estimación optimista que resista. A esto se suman los precios relativos entre cultivos, el comportamiento de los mercados internacionales y el tipo de cambio. Un peso de variación en el dólar puede traducirse en cientos de pesos por tonelada, afectando directamente la rentabilidad.
El rol de Grupo Consultor se define como el de un nodo de información para toda la cadena agroalimentaria. No solo productores, sino también comercializadores, instituciones financieras y gobiernos utilizan estos análisis para tomar decisiones. La información no es un lujo; es una herramienta de supervivencia en un mercado volátil.
Sobre las políticas públicas, la evaluación es crítica. Aunque programas como fertilizantes gratuitos, precios de garantía o transferencias directas han tenido impacto social, no han logrado incrementar la producción de granos básicos. La autosuficiencia se ha deteriorado, no mejorado. Se señala que apoyar sin transformar la base productiva genera alivio temporal, pero no cambia el fondo del problema.
De cara al futuro, se plantea una ruta clara: invertir en el sur-sureste, donde hay agua, pero falta infraestructura; crear distritos de riego; promover paquetes tecnológicos y acompañamiento técnico real. El ejemplo es contundente: si se lograra aumentar solo una tonelada por hectárea en maíz, el país produciría siete millones de toneladas adicionales, reduciendo de forma significativa la dependencia externa.
No se esquiva el tema de la tecnología. Se reconoce que existe una satanización de opciones como los transgénicos, pero también se subraya que incluso con híbridos convencionales mejorados se podrían cerrar brechas importantes. El problema no es técnico; es político y estratégico.
Hacia el cierre, se explica cómo esta información impacta directamente en la toma de decisiones del sector. Productores, empresas e instituciones financieras dependen de estos datos para planear siembras, otorgar créditos y definir estrategias comerciales. En un entorno global donde Estados Unidos, Brasil, Argentina, Rusia y China influyen directamente en los precios, ignorar el contexto internacional no es una opción.
La conversación termina dejando una idea clara: el reto de los granos básicos en México no se resuelve con discursos ni con soluciones parciales. Requiere decisiones de fondo, inversión inteligente y una visión de largo plazo. Todo lo demás es seguir pateando el problema hacia adelante.

