Episodio 574: El suelo que se fue y el hombre que lo detuvo

El suelo que se fue y el hombre que lo detuvo

Cuando un agricultor decide guardar el arado, no parece estar haciendo una revolución. Pero eso ocurrió con Herbert Bartz en Paraná, Brasil: frente a la erosión que destruía su tierra, eligió una práctica que parecía absurda. La siembra directa nació de esa urgencia práctica, no de una teoría perfecta.

Esta historia importa porque muestra cómo una decisión técnica puede cambiar la economía, la productividad y el futuro de millones de hectáreas. Detrás de Herbert Bartz, Ruy Oelhiano Camacho y otros pioneros aparece una lección concreta: cuidar el suelo no es romanticismo; es supervivencia agrícola con números claros.

La historia comienza con un problema muy simple y muy grave: el suelo se estaba yendo. En Paraná, al sur de Brasil, Herbert Bartz veía cómo cada lluvia arrastraba la capa superficial de su tierra. No era una pérdida simbólica. Era capital productivo desapareciendo cuesta abajo. La inversión, el trabajo y el futuro del cultivo quedaban expuestos cada vez que el agua golpeaba un terreno desnudo.

Ante ese escenario, Herbert tomó una decisión que muchos agricultores consideraron absurda: dejó de arar. No abandonó la agricultura. No dejó de sembrar. Lo que hizo fue romper con una costumbre profundamente arraigada: voltear el suelo antes de sembrar. Empezó a depositar la semilla directamente sobre los residuos del cultivo anterior, con la menor perturbación posible.

Al principio, sus resultados no fueron espectaculares. Eso importa, porque la siembra directa no apareció como una solución perfecta desde el primer ciclo. Lo primero que logró fue algo más básico: mantener el suelo en su lugar. Y en agricultura, cuando el suelo se conserva, todo lo demás tiene posibilidad de mejorar.

Para entender el tamaño del cambio, hay que mirar el contexto. Durante los años sesenta y setenta, Brasil y Paraguay vivían una expansión agrícola intensa. Se desmontaba, se labraba y se sembraba soya y trigo con mucha confianza en la maquinaria, el crédito y la apertura de nuevas tierras. Pero esa expansión tenía una debilidad enorme: el suelo quedaba expuesto a lluvias tropicales fuertes.

En algunas zonas, se perdían entre 20 y 40 toneladas de suelo por hectárea cada año. Esa cifra cambia la manera de ver el problema. No se trataba de una erosión lenta, casi invisible. Era una pérdida masiva, repetida y acumulativa. El campo seguía produciendo, pero estaba gastando su base productiva.

Ruy observaba algo parecido en Paraguay. Desde distintos puntos de la región, varias personas llegaron a una conclusión semejante: seguir arando en esas condiciones era insostenible. La siembra directa no nació como una moda ni como un concepto académico. Nació como una respuesta de campo ante una emergencia real.

Ese origen es clave. Muchas veces se cree que primero llega la ciencia y después la práctica. Aquí ocurrió al revés. Primero llegaron los resultados visibles: menos erosión, más humedad conservada, mejor estructura con el paso del tiempo. Después llegó la explicación técnica completa. Esa secuencia dice mucho sobre cómo avanza la agricultura: el campo prueba, corrige, insiste y luego la teoría ayuda a ordenar lo aprendido.

La base de la siembra directa parece contraintuitiva para quien creció viendo el arado como sinónimo de buena agricultura. La idea central es que el suelo no necesita ser volteado para producir. Más aún: voltearlo puede dañarlo. Al arar, se rompe la estructura construida por raíces, lombrices, hongos y microorganismos durante años. También se deja la superficie expuesta al sol, al viento y a la lluvia.

Con la siembra directa, el suelo permanece cubierto con rastrojos. Esa cobertura cumple varias funciones al mismo tiempo. Reduce el impacto de las gotas de lluvia, ayuda a regular la temperatura y se descompone lentamente, aportando materia orgánica. Es una forma de trabajar con los procesos biológicos del suelo, en lugar de interrumpirlos cada ciclo.

Pero conviene decirlo sin idealizar: guardar el arado no basta. La siembra directa es un sistema, no una acción aislada. Para que funcione, exige manejo de rastrojos, control de malezas, rotaciones bien pensadas y atención a la compactación. Cuando se adopta mal, puede generar frustración. Cuando se adopta con estrategia, cambia la dinámica del lote.

El manejo de rastrojos es una condición fundamental. La cobertura debe ser suficiente para proteger el suelo. Si el cultivo anterior deja poco residuo, el sistema pierde fuerza. Por eso algunos productores incorporan cultivos de cobertura como avena, centeno o brásicas. No siempre se siembran para vender; se siembran para alimentar y proteger el sistema. Esa lógica exige mirar más allá del ingreso inmediato.

El control de malezas es otro punto crítico. Sin arado, el banco de semillas no se maneja de la misma forma. Las malezas pueden volverse más difíciles, sobre todo durante los primeros años de transición. Aquí entran herbicidas, rotaciones y coberturas densas. También aparece una crítica válida: la dependencia de herbicidas, especialmente cuando existen resistencias al glifosato, no puede ignorarse.

La compactación también debe tomarse en serio. Si el suelo ya tiene capas endurecidas, la siembra directa no las elimina mágicamente. En esos casos puede requerirse una intervención puntual antes de entrar al sistema. Después, las raíces profundas y la vida del suelo ayudan a reconstruir porosidad y estructura a largo plazo.

Cuando el sistema madura, los beneficios se vuelven más claros. Después de varios años, la materia orgánica puede aumentar, la infiltración mejora y la erosión se reduce de manera importante frente a la labranza convencional. No es un resultado instantáneo. Es un proceso que premia la continuidad.

La dimensión económica y geopolítica también cuenta. Brasil y Argentina son hoy potencias exportadoras de soya y maíz, y parte de esa capacidad se sostiene en una decisión técnica: conservar el suelo. Mientras otras regiones han agotado tierras productivas, el Cono Sur logró proteger grandes superficies mediante una práctica que nació de la necesidad.

Brasil tiene decenas de millones de hectáreas bajo siembra directa. Ese dato muestra que la práctica dejó de ser una rareza de productores “locos” para convertirse en una estrategia agrícola de gran escala. Lo que empezó con Herbert guardando su arado terminó influyendo en una de las regiones agrícolas más importantes del mundo.

También aparece una conversación nueva: el carbono. Cuando el suelo no se voltea y acumula materia orgánica, puede retener más carbono. Por eso algunos países exploran esquemas donde los agricultores reciben créditos por mantener prácticas que favorecen esa captura. El suelo deja de verse solo como soporte físico y empieza a verse como activo ambiental y financiero.

En México, la adopción sigue siendo limitada. Hay barreras técnicas, económicas y culturales: maquinaria, acceso a insumos, manejo de coberturas y una tradición fuerte del arado. Pero ya existen productores en el Bajío y el norte que trabajan sin voltear el suelo. Sus resultados todavía no tienen la visibilidad que merecen.

La gran lección es directa: la agricultura no puede producir contra el suelo. Puede hacerlo durante un tiempo, pero el costo aparece. La siembra directa demuestra que conservar la estructura, la cobertura y la vida del suelo no es un lujo ambiental. Es una condición para seguir produciendo.

La historia de Herbert importa porque no parte de una promesa grandiosa. Parte de una pérdida concreta y de una decisión práctica. Cuando el suelo empezó a irse, eligió dejar de agredirlo. Esa elección cambió su campo y luego influyó en millones de hectáreas. Ahí está el valor real de la siembra directa: no en sonar moderna, sino en resolver un problema que la agricultura no puede seguir evitando.

Olmo Axayacatl Bastida Cañada

Soy Olmo Axayacatl Bastida Cañada y ayudo a profesionales agrícolas a convertirse en francotiradores de la comunicación, para que cada palabra dé justo en el blanco. Si tu comunicación te genera más problemas que oportunidades, entonces soy el maestro que necesitas.