Episodio 012: Principales errores de los agrónomos en campo

En este episodio se abordan errores comunes, aprendizaje en campo, actualización profesional y decisiones técnicas que marcan la diferencia en el desempeño de un agrónomo. La conversación se centra en situaciones reales de trabajo agrícola, mostrando cómo pequeños hábitos o enfoques equivocados pueden afectar la relación con productores y la eficacia del manejo agronómico.

A partir de experiencias directas en cultivos de berries, se analizan tres fallas frecuentes que aparecen sobre todo al inicio de la carrera. El episodio propone reflexionar sobre la experiencia del productor, la formación continua y el impacto económico de las recomendaciones, tres aspectos que determinan la credibilidad y el valor real del trabajo agronómico.

En este episodio comparto tres errores que suelen cometer muchos agrónomos cuando empiezan a trabajar en campo. No son errores teóricos ni académicos, sino situaciones que aparecen en la práctica diaria cuando se interactúa con productores, se toman decisiones técnicas y se intenta mejorar la producción agrícola. Son errores que surgen de la experiencia y que terminan moldeando la forma en que se ejerce la profesión.

La reflexión nace de una trayectoria que no comenzó de manera convencional dentro de la agronomía. La formación inicial fue en ingeniería mecánica agrícola y más adelante se complementó con estudios de horticultura, lo que permitió adquirir bases sobre manejo de plagas y enfermedades en cultivos como jitomate, pimiento y chile. Sin embargo, la experiencia real comenzó cuando apareció la oportunidad de trabajar en producción de berries.

Ese paso permitió entender algo importante: muchas veces la universidad proporciona fundamentos técnicos, pero la verdadera complejidad del campo se aprende trabajando directamente con productores y cultivos.

El primer error que se presenta con frecuencia es querer imponer conocimiento.

Cuando un agrónomo recién egresado llega a campo, suele tener mucha información teórica reciente. Es normal sentir seguridad en lo que se aprendió durante la formación académica. El problema aparece cuando esa seguridad se convierte en una actitud de imposición frente al productor.

En el campo existe una brecha entre el conocimiento teórico y el conocimiento aplicado. El productor lleva años trabajando con el cultivo. Ha observado temporadas climáticas diferentes, plagas variables y resultados de múltiples prácticas. Su experiencia no siempre está escrita en libros, pero tiene un valor enorme.

Cuando un agrónomo intenta llegar con una recomendación presentada como una orden, el productor puede percibirlo como una falta de respeto hacia su experiencia. Incluso si la recomendación es correcta desde el punto de vista técnico, el productor puede rechazarla simplemente porque siente que alguien intenta decirle cómo manejar algo que conoce desde hace décadas.

En ese momento se pierde algo más importante que una recomendación técnica: la credibilidad profesional.

Si el productor percibe imposición, la relación comienza en desventaja. En lugar de empezar desde un punto neutral, el agrónomo tiene que reconstruir confianza desde una posición negativa. Convencer se vuelve más difícil y cualquier sugerencia futura será evaluada con mayor resistencia.

Por esa razón es fundamental comprender que el trabajo en campo no consiste en imponer conocimiento, sino en acompañar decisiones productivas. A veces el avance ocurre poco a poco. Una recomendación pequeña, aplicada en el momento adecuado, puede generar confianza con el tiempo.

Cuando el productor observa resultados, la percepción cambia. Lo que antes parecía imposición comienza a verse como apoyo técnico.

El segundo error es no mantenerse actualizado.

En muchas profesiones ocurre algo similar: cuando alguien encuentra estabilidad laboral, aparece la sensación de seguridad permanente. Algunas personas creen que pueden permanecer durante décadas en la misma empresa sin preocuparse demasiado por seguir aprendiendo.

Ese enfoque puede convertirse en una trampa.

La agricultura evoluciona constantemente. Aparecen nuevas plagas, nuevos productos, nuevas estrategias de manejo y nuevas herramientas tecnológicas. Incluso los fertilizantes, que parecen un tema muy estudiado, siguen generando dudas en aspectos como el manejo de microelementos o el momento óptimo de aplicación.

También están surgiendo tendencias nuevas como el uso de microorganismos para mejorar el equilibrio del suelo, algo que hace algunos años tenía menos presencia en el manejo agrícola.

Cuando un agrónomo deja de actualizarse, puede mantener su nivel de desempeño durante un tiempo. Sin embargo, después de algunos años empieza a quedar rezagado frente a los cambios del sector.

La experiencia muestra que alguien que deja de capacitarse puede mantenerse competitivo durante un periodo relativamente corto. Después de eso, los resultados comienzan a deteriorarse porque el contexto agrícola ya cambió.

Además existe otro riesgo: las condiciones laborales pueden modificarse en cualquier momento. Una empresa puede reducir personal, reorganizar operaciones o cambiar estrategias comerciales. Cuando alguien pierde su empleo sin haberse actualizado durante años, el reinicio profesional se vuelve mucho más complicado.

Por eso la formación continua es una responsabilidad personal. No depende únicamente de los cursos o congresos organizados por las empresas.

Existe una diferencia clara entre asistir a una capacitación financiada por la empresa y pagar una capacitación con recursos propios. Cuando una persona invierte su propio dinero, suele aprovechar mucho más el aprendizaje porque entiende que ese conocimiento tiene un valor directo para su desarrollo profesional.

Esto no significa inscribirse en cualquier curso disponible, sino elegir con criterio aquellas capacitaciones que realmente ayuden a mejorar habilidades o actualizar conocimientos.

El tercer error es no considerar los costos de producción.

Este problema aparece con frecuencia cuando el agrónomo se enfoca únicamente en la solución técnica del problema agrícola. Es fácil recomendar un producto que tiene alta eficacia contra una plaga o enfermedad. Sin embargo, esa recomendación puede ignorar la situación económica del productor.

En el campo agrícola las decisiones no se toman solo desde el punto de vista agronómico. También se toman desde el punto de vista financiero.

Un productor puede escuchar una recomendación técnica perfectamente válida y responder que el producto es demasiado costoso o que en ese momento no tiene liquidez para aplicarlo. Si el agrónomo insiste sin considerar ese contexto, vuelve a aparecer el problema de la imposición.

La agricultura es un negocio. El objetivo no es solamente eliminar plagas o enfermedades, sino producir de forma rentable.

Esto implica encontrar estrategias que permitan obtener buenos rendimientos con el menor costo posible de insumos. No siempre se trata de utilizar el producto más caro o el más sofisticado. A veces es posible alternar diferentes productos para equilibrar eficacia y precio.

Por ejemplo, pueden realizarse varias aplicaciones de productos más económicos cuando la presión de enfermedad es baja. Si las condiciones climáticas cambian y aumenta el riesgo, entonces puede justificarse utilizar un fungicida más costoso que tenga mayor eficacia.

Ese tipo de decisiones exige pensar no solo como agrónomo, sino también como alguien que entiende la lógica económica de la producción agrícola.

También existe una dimensión ambiental en esta discusión. Reducir el uso de insumos no solo disminuye costos, sino que también reduce impactos negativos sobre el entorno. Utilizar menos agua, menos fungicidas y menos plaguicidas puede beneficiar tanto al productor como al sistema agrícola en general.

En resumen, los tres errores analizados tienen algo en común. Todos están relacionados con la forma en que el agrónomo se posiciona dentro del sistema productivo.

No imponer conocimiento, mantenerse actualizado y considerar los costos de producción son tres principios que fortalecen el trabajo profesional en campo.

La agronomía no se limita a aplicar recetas técnicas. Es una disciplina que combina conocimiento científico, experiencia práctica y comprensión del contexto económico del productor.

Cuando estos tres elementos se equilibran, el agrónomo se convierte en un aliado real para mejorar la producción agrícola.