Episodio 202: Huertos urbanos y escolares con Itzel Bastida

Huertos urbanos y escolares con Itzel Bastida
Prepara y ejecuta una conversación difícil en el trabajo

Hablar de huertos urbanos, producción de alimentos, educación ambiental y autonomía alimentaria puede parecer una tendencia reciente. Sin embargo, detrás de este interés existe una historia larga y múltiples experiencias prácticas. En esta conversación, Itzel Bastida comparte cómo estos espacios pueden transformar comunidades, escuelas y familias.

La experiencia de Itzel Bastida, formada en Universidad Autónoma Chapingo, muestra que cultivar alimentos en espacios pequeños no es solo una técnica agrícola. También es una herramienta para aprender, colaborar, reconectar con la naturaleza y construir proyectos colectivos con impacto social real.

El punto de partida es sencillo: un huerto es un espacio destinado al cultivo de hortalizas, frutas, plantas aromáticas o medicinales dentro o cerca de una vivienda. Puede estar en un patio, un balcón, una azotea o incluso dentro de una casa. Lo importante no es el tamaño del espacio sino la intención de producir alimentos y crear un vínculo directo con lo que se consume.

En realidad, los huertos urbanos no son una innovación reciente. Históricamente su presencia se intensifica en momentos de crisis social. Durante guerras, crisis económicas o pandemias, muchas personas comienzan a producir parte de sus alimentos. Esa reacción aparece una y otra vez en distintos países. No se trata solo de economía doméstica; también surge una necesidad de recuperar control sobre lo que se come y cómo se produce.

En México existe incluso un antecedente histórico claro. Desde 1922 aparecen registros de parcelas escolares destinadas a enseñar agricultura a estudiantes. Más tarde, en 1934, el código agrario establece lineamientos para estos espacios educativos. El objetivo era enseñar prácticas agrícolas, fomentar la investigación y desarrollar habilidades productivas desde la escuela.

Con el paso del tiempo ese modelo perdió relevancia. La urbanización y la industrialización fueron desplazando la idea de producir alimentos en espacios cercanos a las personas. El trabajo agrícola comenzó a percibirse como algo poco atractivo en contextos urbanos. Esa transformación cultural provocó que muchas generaciones crecieran alejadas del conocimiento básico sobre plantas y producción de alimentos.

Hoy comienza a observarse un regreso gradual a estas prácticas. Parte del interés se explica por la búsqueda de alimentos más sanos y por una mayor preocupación ambiental. También aparece un componente emocional: cultivar puede convertirse en una actividad terapéutica y en una forma de reconectar con procesos naturales.

Cuando se habla de establecer un huerto urbano, los requisitos materiales son sorprendentemente simples. Se necesita luz solar, agua, suelo o sustrato, semillas y algunas herramientas básicas. En muchos casos las semillas ni siquiera necesitan comprarse, ya que pueden obtenerse de alimentos comunes como jitomate, pepino o melón.

Un huerto pequeño requiere al menos seis horas diarias de sol y aproximadamente diez litros de agua por metro cuadrado. También es importante contar con un suelo adecuado o aprender a preparar sustratos y abonos orgánicos. Técnicamente no es un proyecto complejo ni costoso.

Sin embargo, los factores decisivos no son los insumos materiales. Lo que realmente determina el éxito de un huerto es tiempo, interés y constancia. Dedicar al menos treinta minutos diarios al cuidado de las plantas marca una diferencia enorme. Cuando ese compromiso no existe, el proyecto suele abandonarse antes de ver resultados.

Las experiencias en campo muestran comportamientos muy distintos entre grupos sociales. Algunas personas comienzan con entusiasmo pero abandonan rápidamente. Otras desarrollan una relación profunda con el proyecto y mantienen el huerto durante años.

En comunidades donde se trabaja con varios hogares al mismo tiempo, identificar a un líder comunitario suele ser clave. No necesariamente se trata de una autoridad formal. Muchas veces es simplemente una persona respetada que mantiene comunicación constante con los demás. Al fortalecer a esa figura como agente de cambio, el proceso de adopción del huerto se vuelve más efectivo.

También es fundamental adaptar la forma de enseñar. Cuando las instrucciones no quedan claras, la responsabilidad suele recaer en quien transmite el conocimiento. Explicar de otra manera, usar ejemplos simples y respetar las formas de comunicación de cada comunidad facilita mucho el proceso de aprendizaje.

Las edades también influyen en el interés por estos proyectos. La experiencia muestra algo curioso. Los niños pequeños suelen involucrarse con entusiasmo. Les resulta natural explorar la tierra, observar insectos o cuidar plantas. En cambio, algunos adolescentes muestran mayor resistencia, en parte por la percepción cultural de que trabajar con tierra no es atractivo.

Después de los treinta años vuelve a aparecer interés. Muchas personas en esa etapa buscan actividades relacionadas con salud, alimentación o sostenibilidad. En talleres y capacitaciones es frecuente encontrar participantes dentro de ese rango de edad.

En el caso de las escuelas, los huertos pueden convertirse en herramientas educativas muy valiosas. No solo sirven para enseñar agricultura. También permiten trabajar contenidos de biología, ecología, matemáticas y nutrición. Además fomentan habilidades como observación, liderazgo y trabajo colaborativo.

El principal obstáculo para implementarlos en centros educativos no suele ser el costo. Los materiales necesarios son accesibles. El problema más frecuente es la falta de conocimiento técnico entre docentes. Muchas veces existen guías o información disponible, pero cuando llega el momento de llevarla a la práctica aparecen dificultades como semillas que no germinan o plantas que se marchitan.

Por esa razón, si se quisiera impulsar huertos escolares de forma masiva sería necesario capacitar a profesores o integrar técnicos especializados en cada escuela. Con ese acompañamiento, los huertos podrían integrarse al currículo educativo y convertirse en espacios permanentes de aprendizaje.

Desde una perspectiva productiva, un huerto urbano puede generar rendimientos interesantes. En condiciones adecuadas es posible producir alrededor de 20 kilogramos por metro cuadrado. Aun así, el impacto principal no suele ser económico.

El valor más importante aparece en el ámbito social. Estos espacios generan diálogo, colaboración y participación entre quienes los cultivan. También ayudan a comprender ciclos naturales como las estaciones, la lluvia o el crecimiento de las plantas.

El huerto termina siendo un punto de encuentro. Un lugar donde familias, estudiantes o comunidades participan en un proyecto común. Allí se desarrollan habilidades, se comparten responsabilidades y se fortalece el sentido de pertenencia.

Existen además ideas de negocio relacionadas con esta tendencia. Algunos restaurantes comienzan a integrar pequeños huertos donde los clientes pueden observar o incluso cosechar parte de los ingredientes. También hay proyectos donde la producción agrícola se combina con experiencias gastronómicas, recorridos o venta directa.

Este tipo de iniciativas conecta al consumidor con el origen de los alimentos. Algo que resulta cada vez más valioso en sociedades donde muchas personas no reconocen cómo crecen productos que consumen diariamente.

Al final, los huertos urbanos difícilmente resolverán por sí solos el problema de producción alimentaria de una ciudad. Su impacto se encuentra en otro nivel. Permiten reconectar con la naturaleza, entender el origen de los alimentos y fortalecer relaciones comunitarias.

Por esa razón su crecimiento depende tanto de políticas públicas como de iniciativas sociales. Cuando existen incentivos, capacitación y apoyo institucional, estos espacios pueden multiplicarse. Y aunque cada huerto sea pequeño, el efecto acumulado puede transformar la manera en que muchas personas se relacionan con la comida y el entorno natural.