Episodio 436: ¿Qué está haciendo Marruecos para enfrentar la sequía?

La sequía prolongada en Marruecos ha reducido su superficie cultivable de 3.7 a 2.5 millones de hectáreas, afectando gravemente la producción agrícola y la economía. La agricultura, vital para el país, enfrenta un estrés hídrico crítico y pérdida de cultivos básicos.

ICARDA, fundada en 1977, colabora estrechamente con Marruecos para enfrentar la sequía. A través de investigación y desarrollo han implementado métodos avanzados que incluyen la creación de semillas resistentes y la gestión eficiente del agua, logrando mejorar significativamente la productividad agrícola en el país.

En este episodio pongo el foco en la sequía como un fenómeno estructural y no como un evento aislado. Tomo a Marruecos como caso de estudio porque es un país que lleva varios años enfrentando una crisis hídrica profunda y, aun así, ha comenzado a implementar estrategias concretas para evitar que el problema escale a un colapso agrícola total. La referencia no es casual: lo que ocurre ahí guarda paralelismos claros con lo que ya se vive en México y en buena parte de América Latina.

La sequía en Marruecos no es reciente. El país atraviesa su sexto año consecutivo de sequía extrema, lo que ha provocado una reducción drástica de la superficie cultivable. En apenas un año se perdió alrededor de un tercio de las tierras agrícolas, pasando de 3.7 millones de hectáreas cultivadas en 2023 a solo 2.5 millones en 2024. Esta caída no solo refleja la falta de agua disponible para riego, sino también un deterioro progresivo de los suelos agrícolas.

La falta de agua está afectando directamente la estructura del suelo. Sin humedad suficiente, muchos terrenos entran en procesos acelerados de erosión, salinización y pérdida de fertilidad. Esto convierte a la sequía en un problema de doble filo: reduce la producción en el corto plazo y compromete la capacidad productiva futura. Mantener rendimientos agrícolas bajo estas condiciones se vuelve un reto cada vez mayor.

La gravedad del escenario se entiende mejor cuando se observa el peso de la agricultura en la economía marroquí. Este sector representa aproximadamente el 15% del producto interno bruto y emplea cerca del 40% de la fuerza laboral del país. Cada hectárea que se pierde tiene un impacto directo en ingresos, empleo y estabilidad social. No se trata solo de producir menos alimentos, sino de afectar la base económica de millones de personas.

Los cultivos más golpeados por la sequía han sido los cereales, especialmente trigo y cebada, que constituyen la base de la alimentación en Marruecos. La caída en la producción de estos cultivos agrava la dependencia de importaciones y eleva la vulnerabilidad alimentaria del país. Es una situación límite que, de mantenerse, puede tener consecuencias profundas en términos de seguridad alimentaria.

Frente a este escenario, Marruecos ha optado por una estrategia clara: adaptarse en lugar de resistirse. El eje central de esta adaptación ha sido el desarrollo y uso de semillas resistentes a la sequía, combinadas con una gestión más eficiente del agua y del suelo. Aquí entra en juego el trabajo de Icarda, el Centro Internacional de Investigación Agrícola en Zonas Áridas.

Icarda ha demostrado que es posible producir en condiciones extremas si se combinan ciencia, manejo agronómico y transferencia tecnológica. Uno de los resultados más contundentes ha sido lograr rendimientos de hasta 4 toneladas de trigo por hectárea con solo 200 milímetros de lluvia anual, un nivel de precipitación que en muchos contextos se consideraría insuficiente para una agricultura rentable.

La metodología de Icarda se basa en tres pilares muy definidos. El primero es el desarrollo de semillas genéticamente mejoradas, seleccionadas específicamente para tolerar sequía y altas temperaturas. No se busca únicamente que la planta sobreviva, sino que mantenga un nivel productivo relevante bajo estrés hídrico severo. Este punto es clave: sobrevivir no es suficiente si no hay cosecha.

El segundo pilar es la gestión eficiente del agua. No basta con tener semillas resistentes si el agua disponible se desperdicia. Por ello, se promueve el uso de sistemas de riego más eficientes y prácticas de manejo que reduzcan la evaporación y las pérdidas por escurrimiento. Cada milímetro de agua cuenta, y el objetivo es maximizar su impacto en el rendimiento del cultivo.

El tercer pilar es la optimización del uso del suelo. Aquí se incluyen prácticas como la rotación de cultivos y el uso de cultivos de cobertura. Estas estrategias mejoran la estructura del suelo, aumentan la retención de humedad y reducen la erosión. En conjunto, estos tres elementos permiten sostener la producción agrícola incluso en contextos de sequía prolongada.

Un ejemplo concreto de éxito se encuentra en la región de Marchouch, en Marruecos. Ahí, la aplicación integral de la metodología de Icarda permitió no solo mejorar el rendimiento del trigo, sino también incrementar la producción de cebada en hasta una tonelada y media por hectárea por encima del promedio nacional. Resultados así cambian por completo la narrativa sobre lo que es posible en zonas áridas.

Icarda no es una institución nueva. Fue fundada en 1977 por un consorcio internacional de organizaciones de investigación y agencias de desarrollo, y forma parte del sistema del CGIAR. Aunque su sede histórica está en Alepo, Siria, actualmente trabaja en más de 50 países, principalmente en regiones áridas y semiáridas de Medio Oriente, África del Norte y Asia.

El mensaje central del episodio es claro: la sequía no se combate con esperanza de lluvias, sino con investigación, adaptación y transferencia tecnológica. Mirar lo que están haciendo otros países no es una señal de debilidad, sino de inteligencia estratégica. No siempre es necesario empezar desde cero. En muchos casos, adaptar soluciones probadas es más rápido, más barato y más efectivo.

Este enfoque es especialmente relevante para México y América Latina. Aunque las condiciones no son idénticas a las de Marruecos, las tendencias climáticas apuntan a un aumento en la frecuencia e intensidad de sequías. Ignorar estas señales sería un error. La experiencia marroquí muestra que actuar a tiempo puede marcar la diferencia entre sostener la producción o perderla de forma irreversible.

La reflexión final es una invitación a cambiar la forma en que se entiende la innovación agrícola. Innovar no siempre significa inventar algo completamente nuevo. A veces significa observar, aprender y adaptar. La sequía llegó para quedarse, y enfrentarla requiere soluciones prácticas, basadas en evidencia y ajustadas a cada contexto local. Marruecos ofrece un ejemplo concreto de que, incluso en escenarios extremos, la agricultura puede encontrar caminos para seguir produciendo.