Episodio 441: Una plática sobre sostenibilidad y microorganismos con Oscar Fernández

Este episodio aborda de manera directa cómo entender la sostenibilidad, el suelo y el microbioma sin slogans ni simplificaciones. A partir de la experiencia académica y de campo de Oscar Fernández, se discuten conceptos que suelen usarse de forma ligera y se les devuelve su sentido práctico. El foco está en eficiencia, recursos naturales y decisiones agronómicas.

La conversación conecta la historia del concepto de sostenibilidad con la realidad productiva actual y baja el tema al terreno del suelo agrícola, el manejo del microbioma y la llamada agricultura regenerativa. No se trata de modas, sino de entender procesos, límites y oportunidades reales para producir mejor y con menos impactos negativos.

La charla gira alrededor de una idea central: más allá de si decimos sostenible o sustentable, lo relevante es qué entendemos por ello y cómo lo aplicamos en la práctica. El término nace en el ámbito internacional en los años ochenta, pero su traducción y adopción en español ha generado confusión. Aun así, la discusión semántica es secundaria frente a un punto clave: hablar de sostenibilidad es hablar de eficiencia en el uso de los recursos, tanto renovables como no renovables.

Cuando se trata de recursos renovables, la eficiencia implica usar el agua, el suelo o la biomasa a una tasa que permita su reposición sin generar crisis futuras. El ejemplo del agua es claro: los problemas actuales de sequía no aparecen de la nada, sino como resultado de un uso ineficiente acumulado durante años. En recursos no renovables, la exigencia es mayor, porque se sabe que se agotarán y la única salida es desarrollar alternativas antes de que eso ocurra.

En el ámbito agrícola, este enfoque se vuelve especialmente crítico. Las empresas de producción buscan rentabilidad, y muchas veces la sostenibilidad se convierte en un argumento de venta. Se ofrecen insumos “más eficientes” que prometen reducir dosis y contaminación, aunque suelen ser más caros. En algunos casos hay una convicción real; en otros, se trata de greenwashing. Aun así, existen iniciativas valiosas donde, además de vender productos, se promueve capacitación y uso responsable, lo cual sí tiene un impacto positivo.

El suelo aparece como uno de los ejes más importantes de la conversación. Aunque a menudo se le trata como un recurso renovable, en realidad es no renovable en escala humana de tiempo. Puede regenerarse, sí, pero los periodos necesarios para formar un suelo con todas sus funciones ecológicas van de miles a millones de años, dependiendo del contexto. Por eso, cuando se habla de “hacer suelo” en pocos años, conviene aclarar de qué se está hablando exactamente.

Un suelo no es solo un sustrato para plantas. Forma parte de un ecosistema y cumple funciones críticas: es sumidero de carbono, filtro de agua, regulador de ciclos biogeoquímicos y soporte de la biomasa vegetal. Al modificarlo para agricultura, se altera inevitablemente el ecosistema completo. Aunque se pueda crear un suelo productivo en términos agrícolas, ese suelo no es equivalente al original. Técnicamente, muchos de estos suelos se clasifican como antrosoles o tecnosoles, es decir, suelos creados o profundamente modificados por la actividad humana.

Aquí entra el concepto de microbioma. Se entiende como un pequeño ecosistema de microorganismos que puede asociarse a plantas, animales o al propio suelo. Durante mucho tiempo se pensó que el microbioma dependía exclusivamente de las plantas, pero hoy se sabe que el suelo tiene su propio microbioma, incluso en ausencia de vegetación. Existen microorganismos que no dependen de materia orgánica y obtienen energía de procesos químicos inorgánicos; fueron, de hecho, los primeros en habitar el planeta y en iniciar la formación de los suelos.

En los suelos actuales conviven distintos grupos microbianos. Algunos viven en poros sin oxígeno, otros en ambientes aeróbicos, algunos dependen de los exudados radicales y otros se alimentan del humus. Cuando se introducen plantas, el sistema se vuelve más complejo, porque las raíces liberan compuestos que atraen y seleccionan microorganismos específicos. Cada cultivo tiende a construir su propio microbioma característico, y cambiar de cultivo modifica la estructura microbiana del suelo.

Esto tiene implicaciones directas en el uso de microorganismos comerciales. La idea de aplicar un solo microorganismo aislado ha ido quedando atrás. Hoy se reconoce que los microorganismos funcionan mejor en conjunto, siempre que hayan sido seleccionados y estabilizados previamente. Lo que comúnmente se llama consorcio, en muchos casos son comunidades sintéticas diseñadas para coexistir y cumplir funciones específicas en el cultivo.

No todos los microorganismos se llevan bien entre sí. Hay especies muy agresivas y territoriales, como algunas Trichoderma, que pueden inhibir a otros organismos si se aplican en el momento equivocado. Por eso, una estrategia razonable es aplicar los microorganismos de forma escalonada y con criterio. En ese orden, las micorrizas ocupan un lugar especial.

Las micorrizas se presentan como un punto de partida clave. Son hongos que necesitan obligatoriamente una raíz para completar su ciclo y funcionan como intermediarios entre la planta y otros microorganismos. Facilitan el intercambio de nutrientes, especialmente fósforo, y permiten que bacterias benéficas se establezcan con mayor facilidad. Por eso, iniciar un manejo biológico con micorrizas suele dar mejores resultados que aplicar otros microorganismos de forma aislada.

La materia orgánica es otro pilar fundamental. No solo mejora las propiedades físicas del suelo, sino que alimenta directamente al microbioma. En los procesos de descomposición se genera materia orgánica soluble, que es la primera fuente de alimento para muchos microorganismos. Por eso, combinar microorganismos con sustancias húmicas, tés de composta o lixiviados puede acortar su periodo de adaptación y potenciar su efecto.

En este contexto aparece la agricultura regenerativa. Aplicar microorganismos y mejorar el microbioma sí encaja dentro de este enfoque, pero no es suficiente por sí solo. La agricultura regenerativa se sostiene en varios principios: diversidad de plantas, raíces vivas el mayor tiempo posible, reducción de la labranza, integración de la ganadería y manejo adecuado de residuos orgánicos. Todos estos principios están íntimamente ligados al microbioma del suelo.

Reducir la labranza, por ejemplo, ayuda a conservar los nichos microbianos y evita la exposición excesiva a la radiación, que es uno de los factores más destructivos para los microorganismos. Sin embargo, no es una regla absoluta: en ciertos suelos, una intervención mecánica ocasional puede ser necesaria para romper capas compactadas. Todo depende del tipo de suelo y de su perfil completo, no solo de los primeros centímetros.

Integrar la ganadería también tiene una lógica microbiológica. El estiércol no es solo materia orgánica; es una fuente directa de microorganismos que aceleran los procesos de descomposición y reciclaje de nutrientes. Separar agricultura y ganadería rompe ciclos naturales que durante siglos funcionaron de manera integrada.

Aun así, hay que evitar una visión simplista. Mejorar el suelo y su microbioma no garantiza controlar todo el sistema. La parte aérea del cultivo, el clima extremo, las plagas migratorias y otros factores siguen fuera de control. Presentar la agricultura regenerativa como una solución total es un error. En realidad, se trata de un enfoque complejo, que exige entender el sistema completo y aceptar que siempre habrá impacto.

Regenerar implica reconocer que los sistemas originales ya fueron alterados. Lo que se regenera, en muchos casos, es la funcionalidad productiva, no el ecosistema original. Esto no es necesariamente negativo si permite aumentar productividad sin expandir la frontera agrícola. El problema surge cuando se usa ese argumento para justificar una expansión mayor.

El cierre de la conversación deja claro que el microbioma del suelo es un patrimonio biológico enorme, del cual solo se conoce una fracción mínima. Las nuevas tecnologías están permitiendo avances rápidos, pero todavía queda mucho por entender. En términos prácticos, la tendencia es clara: los microorganismos funcionan mejor en conjunto, acompañados de materia orgánica y dentro de un manejo integral del suelo.

El mensaje final es sobrio y realista. Como especie, siempre habrá impacto. La meta no es eliminarlo, sino reducirlo mediante eficiencia, conocimiento y manejo consciente. En ese camino, el suelo y su microbioma representan una de las mayores oportunidades para la agricultura actual y futura.