Este episodio plantea un cambio de enfoque en el agro: pasar de la competencia, a la colaboración, mediante la regionalización y el trabajo comunitario. A partir de la experiencia de Aurelio Bastida, se analizan los límites del modelo competitivo cuando se trata de alimentos, agua y recursos naturales.
La conversación se apoya en ejemplos reales de comunidades rurales, ejidos y proyectos agroforestales donde la organización colectiva, el manejo sustentable y la visión regional han generado resultados concretos. El objetivo es entender por qué colaborar no es idealismo, sino una estrategia funcional
En este episodio reflexiono, junto con Aurelio, sobre por qué la competencia, tal como se aplica hoy en el agro, dejó de ser una solución viable para los problemas estructurales que enfrentamos. La idea central es clara: cuando se trata de alimentación, agua y recursos naturales, competir genera desigualdad, deterioro ambiental y conflictos, mientras que colaborar permite sostener la vida en el largo plazo.
Aurelio parte de una visión amplia. Señala que la competencia puede tener sentido en ciertos ámbitos, pero no cuando pone en riesgo la supervivencia de poblaciones enteras. En el agro, competir por recursos como el agua o la tierra termina beneficiando a unos pocos y marginando a muchos. Este modelo ha llevado históricamente a guerras, explotación y destrucción de ecosistemas.
El ejemplo del agua es uno de los más claros. En regiones agrícolas intensivas, el agua que se usa para producir cultivos de exportación no proviene solo de la lluvia local, sino de cuencas completas. Es agua que se captó en partes altas y que, tras años de filtración, se extrae en zonas productivas. En ese sentido, exportar alimentos es también exportar agua.
Aurelio explica que, bajo esta lógica, el agua no debería ser un factor de competencia económica, sino un derecho humano. Las concesiones actuales no consideran adecuadamente el origen real del recurso ni a las comunidades que viven en las zonas de recarga. Esto genera una competencia profundamente desigual.
Desde ahí, la conversación avanza hacia la idea de regionalizar. La regionalización no significa aislarse, sino producir primero para cubrir necesidades locales y resolver problemas específicos de cada territorio. No todos los problemas se pueden resolver a escala global; muchos deben atenderse a nivel regional, considerando clima, cultura, disponibilidad de recursos y formas de organización.
Se cuestiona la narrativa de que la tecnología por sí sola resolverá la producción de alimentos. La agricultura protegida, los invernaderos y la agricultura vertical tienen potencial, pero hoy están orientados principalmente a cultivos de alto valor y consumo no básico. No producen aún los alimentos que sostienen a la mayoría de la población, como maíz, trigo o arroz.
Además, estos sistemas requieren inversiones altas y una cultura técnica que no siempre existe en las comunidades rurales. Programas gubernamentales han instalado invernaderos sin considerar estos factores, lo que ha llevado al abandono de muchas estructuras. El problema no es la tecnología, sino cómo y dónde se implementa.
Aquí aparece la experiencia directa de Aurelio en comunidades rurales y forestales. Explica que la colaboración funciona mejor cuando existe una base legal y cultural que la respalde, como ocurre en ejidos y comunidades indígenas. En muchos casos, los bosques se mantienen como propiedad colectiva, lo que obliga a organizarse.
Se hace una distinción clara entre ejidos y comunidades. En los ejidos puede haber tierras parceladas, mientras que en las comunidades todo es de propiedad comunal. En ambos casos, los bosques de uso común han sido un punto de partida para desarrollar proyectos colectivos exitosos.
Aurelio comparte ejemplos concretos. Comunidades forestales en Chihuahua y Durango concentran cerca del 50% de los recursos forestales del país y han desarrollado empresas ejidales sólidas. Pero también hay ejemplos destacados en el centro y sur de México.
Uno de los casos más conocidos es San Juan Nuevo, Michoacán, con miles de hectáreas de bosque manejadas de forma sustentable, además de proyectos comunales de aguacate. En Oaxaca, comunidades como Ixtlán de Juárez y San Pedro el Alto han logrado combinar aprovechamiento forestal, conservación y beneficios sociales.
También se mencionan los pueblos mancomunados de la Sierra Juárez, donde varias comunidades se unieron para operar aserraderos y manejar el bosque de forma conjunta. Estos casos demuestran que no es el tamaño del territorio lo que determina el éxito, sino la organización.
Aurelio relata cómo, durante años, buscó comunidades pequeñas que replicaran estos modelos. Encontró ejemplos con 800, 600 e incluso 250 hectáreas de bosque que, sin grandes superficies, lograron repartir utilidades, generar empleo y mantener el recurso. Esto desmonta la idea de que solo los grandes territorios pueden colaborar con éxito.
La clave está en el manejo sustentable. Estas comunidades cortan por áreas, reforestan, rotan zonas y dejan espacios de alta biodiversidad como reservas. Aunque la productividad maderera se dirige a ciertas especies, existe una conciencia clara de conservación.
El motor principal no es la competencia, sino el bien común. Las utilidades se usan para mejorar servicios, infraestructura, escuelas y condiciones de vida. Se crean empleos locales y se reduce la migración. La lógica no es ganar más que el vecino, sino que a la comunidad le vaya mejor.
A partir de esto, se reflexiona sobre el papel de las universidades. Aurelio plantea que instituciones como Chapingo deben repensar su enfoque. La especialización es necesaria, pero insuficiente para resolver problemas complejos. Hace falta trabajar en equipos interdisciplinarios.
Uno de los grandes problemas es que cada especialista ve solo su parte del sistema. El fitotecnista piensa en cultivos, el ingeniero en riego, el forestal en bosques. Pero los problemas reales no están separados. Para comunidades rurales, se necesita una visión integrada.
Aurelio propone que las universidades impulsen comunidades piloto regionales, donde se prueben modelos completos de desarrollo agrícola, forestal y social. No para replicarlos de forma idéntica, sino como referencia adaptable a cada contexto.
La regionalización también debe aplicarse a la academia. No todas las universidades deben intentar cubrir todo el país. Es más eficiente que cada una se enfoque en su región, sus ecosistemas y sus sistemas productivos, colaborando entre sí en lugar de competir.
Otro punto crítico es la inclusión de jóvenes en las comunidades. Muchos proyectos comunales enfrentan el reto del relevo generacional. Para resolverlo, se requieren incubadoras de empresas, actividades de transformación, ecoturismo y servicios que vayan más allá del aprovechamiento primario.
Se reconoce que no todas las comunidades están listas para organizarse. La organización social es compleja y requiere tiempo, acompañamiento y sensibilidad cultural. No se puede imponer desde fuera ni resolver con recetas.
Hacia el cierre, Aurelio amplía la reflexión al uso de la tecnología. Toda tecnología puede servir para el bien común o para concentrar poder. La agricultura, la inteligencia artificial y la ciencia deben orientarse a mejorar la vida de la mayoría, no a profundizar desigualdades.
El mensaje final es directo: no podemos resolver los problemas del agro compitiendo por recursos finitos. La colaboración, la regionalización y el trabajo comunitario no son una nostalgia del pasado, sino una respuesta racional a los límites del presente.

