México vive un problema que ya no se puede ignorar: menos agua disponible y más presión sobre el campo. Este episodio explica por qué falta agua, qué efectos ya se están viendo y qué obras se requieren para evitar que la agricultura quede contra la pared. Es información útil para tomar decisiones.
En esta conversación con Aurelio Bastida, profesor e investigador de Universidad Autónoma Chapingo, se aterriza el tema desde ciencia y territorio: distribución de lluvias, sobreexplotación de acuíferos, sequía e inundaciones. El mensaje es directo: sin infraestructura y gestión, el agua no alcanza.
En este episodio converso con Aurelio sobre la problemática del agua en México y las obras que hacen falta para enfrentarla. El enfoque es claro: entender el problema desde su origen natural, reconocer lo que hemos empeorado con actividades humanas y aterrizar soluciones, especialmente para agricultura.
La conversación inicia poniendo el agua en su lugar: es uno de los elementos centrales para la vida. Se puede vivir pocos días sin agua, y por eso no se trata solo de un insumo productivo, sino de un factor de supervivencia. Se menciona que además del agua están el oxígeno, los alimentos y la temperatura adecuada. En resumen: sin esas condiciones, no hay vida humana ni animal.
Después, Aurelio aclara algo que ayuda a dimensionar el problema: aunque el planeta parece lleno de agua, el agua dulce utilizable es mínima. La mayor parte es agua salada en los mares. Del total, solo alrededor de 3% es dulce, pero buena parte está en glaciares y casquetes polares. Al final, se plantea una idea potente: de cada 100 litros de agua del planeta, solo cerca de un litro es realmente utilizable para actividades humanas. Por eso el problema no es solo “que no hay”, sino cómo está distribuida y cómo llega.
Luego se explica el origen del agua dulce que usamos. Por un lado, la lluvia derivada del ciclo hidrológico: evaporación y posterior precipitación. Se aclara un detalle técnico: el agua puede evaporarse desde 0 °C, no únicamente cuando hierve. Y también se menciona el papel del mar y los huracanes: cuando el agua superficial está caliente (arriba de 26–27 °C), la evaporación aumenta y eso puede mover humedad hacia los continentes.
La segunda vía de agua dulce es la infiltración: el agua penetra el suelo, se filtra y puede recargarse como agua subterránea. En ese proceso, se queda parte de contaminantes, aunque también puede arrastrar minerales problemáticos dependiendo de las capas geológicas. Este punto es importante porque se reconoce que no toda agua subterránea es “perfecta”: puede traer sodio, arsénico u otros componentes.
Con esa base, se explica el ciclo del agua: lo que se usa en riego o consumo eventualmente vuelve a ríos, lagos y al mar. Pero aquí aparece el punto crítico: hay que evitar que regrese rápido al mar, porque al mezclarse se vuelve salada e inútil para muchas actividades. Por eso el enfoque central se vuelve “retenerla más tiempo” en el continente.
En este punto, el episodio se conecta con la agricultura. Se menciona que la agricultura utiliza alrededor del 70% del agua dulce disponible, y el problema es que no se usa con buena eficiencia. Esta afirmación no se plantea como culpa, sino como realidad: el sector agrícola tiene la mayor palanca para mejorar el panorama hídrico si moderniza y mide.
Aurelio entra a un tema determinante: la mala distribución de lluvias en México. Explica un gradiente hídrico claro. En el sureste (zona del Istmo de Tehuantepec y regiones cercanas), pueden caer 3 a 5 metros de lluvia al año. En cambio, en el noroeste (como regiones cercanas a Altar, Sonora y partes de Baja California), la lluvia anual es de apenas 3 a 5 centímetros. Es una diferencia brutal.
Esto lleva a una desigualdad territorial: aproximadamente 30% del territorio (sur y sureste) recibe cerca de 50% de la lluvia anual, mientras que alrededor de 50% del territorio (norte y noroeste) recibe alrededor de 30% de la lluvia. Con eso se entiende por qué la tecnificación del riego se desarrolló más en el norte: allá se siente la necesidad, mientras que en el sur, por disponibilidad relativa de lluvia, se percibe menos urgencia, aunque sí se requiera.
Se explica el porqué climático: circulación atmosférica global, vientos húmedos, ascensos de aire en el ecuador, y el regreso del aire seco alrededor de los 30–35 grados de latitud, que coincide con zonas desérticas. También se mencionan barreras montañosas: elevan vientos, precipitan del lado del Golfo y dejan zonas semiáridas del otro lado. Esto ayuda a entender que no es un “mal manejo” histórico únicamente: hay factores naturales fuertes.
Luego se integra el componente humano. Se señala que antes “rascabas y aparecía agua”, pero hoy se extrae a mayor profundidad. La razón principal es un desequilibrio: creció la población y el consumo total (doméstico, industrial y agrícola), mientras que la recarga de acuíferos disminuyó por deforestación, cambio de uso de suelo, urbanización con cemento y prácticas deficientes de manejo de suelo y agua.
Aurelio responde una duda frecuente: por qué antes se extraía agua a 10 metros y ahora a 300. Explica que los acuíferos se comportan como un recipiente: si alguien extrae más profundo y con mayor capacidad, deja sin agua a pozos superficiales. Lo llama “la ley del popote”: el popote más largo se queda con el líquido. También se remarca algo que casi nadie asume: el agua de un pozo no necesariamente proviene de la lluvia de ese terreno, sino del área de recarga, muchas veces en partes altas y boscosas.
Entonces aparecen consecuencias claras de la falta de agua: más zonas áridas y semiáridas, estrés hídrico en vegetación, mayor propensión a plagas e incendios, disminución de la recarga y aumento en costos de extracción por energía. También disminuyen corrientes permanentes, bajan niveles en presas y lagos, y se agrava el desabasto para ciudades e industrias (se citan ejemplos como Valle de México y Nuevo León).
En agricultura de temporal se describe un daño directo: el ciclo de lluvias se vuelve errático, no llega cuando debe llegar, disminuye la superficie sembrada y se recorta el periodo de crecimiento. Si las lluvias se retrasan, las heladas pueden llegar antes de completar el ciclo. Además, aunque exista infraestructura, si no hay agua, se reduce la superficie efectiva de riego.
Se toca también el otro extremo: exceso de agua e inundaciones. Se explica que con cambios de uso de suelo y falta de obras de infiltración, el agua ya no se infiltra como antes, escurre más rápido y baja a zonas bajas causando inundaciones. Se menciona un ejemplo concreto: maíz de temporal inundado, donde si no se drena rápido, el rendimiento cae.
Finalmente se presentan propuestas. Aurelio divide acciones generales y acciones específicas por tipo de territorio.
A nivel nacional, plantea que el agua debe considerarse seguridad nacional y derecho humano, no mercancía. Critica el modelo de concesiones a grandes empresas donde comunidades de recarga no reciben compensación. También insiste en concientización, pero no en abstracto: incluye el tema de basura y plásticos, que tapan drenajes y agravan inundaciones.
En gestión territorial, se propone planear por microcuencas, no por regiones enormes. También se propone crear sistemas de almacenamiento a nivel local y regional, rehabilitar infraestructura hidráulica, desazolvar presas y modernizar el traslado del agua (menos canales abiertos con pérdidas, más tubería eficiente).
Se mencionan alternativas grandes: transportar agua dulce de trópicos a zonas áridas (caro, con impactos), desalinización de agua de mar, inducción de lluvia, y reforestación.
Para zonas forestales se enfatiza hacer obras de conservación de suelo y captación de agua, restauración ecológica, reforestación y expansión de programas de pago por servicios hidrológicos: quienes conservan bosque y recargan acuíferos deberían recibir compensación.
En zonas urbanas se propone captación de agua de lluvia, modernización de redes (se menciona desperdicio alto por fugas), separación de drenajes, y plantas tratadoras, incluso pequeñas por localidad.
Y para agricultura se insiste en medir eficiencia: litros por kilo de producto (jitomate, maíz, frijol, arándano, carne). Sin datos no se mejora. Luego, modernizar riego (de rodado a aspersión o goteo), prácticas de conservación de suelo, recarga de acuíferos en zonas agrícolas, variedades más precoces para temporal, coberturas vegetales y sistemas agroforestales y silvopastoriles.
El cierre deja una idea firme: si el agua se sigue gestionando sin visión, se repetirá el patrón de crisis. La solución no es única ni universal; México requiere estrategias distintas por región. Pero en todas, el mensaje es el mismo: hacer que el agua permanezca más tiempo en el territorio, se use mejor y se trate antes de regresarla contaminada.
