Episodio 487: Se debe certificar la actividad del agrónomo asesor

Se debe certificar la actividad del agrónomo asesor

Este episodio aborda una pregunta directa: certificación profesional, confianza del productor, calidad del asesoramiento. Se examina por qué en algunos países los agrónomos deben cumplir estándares formales y cómo eso impacta resultados en campo. El enfoque es práctico, centrado en decisiones que afectan productividad y riesgo.

Se plantea una comparación clara entre sistemas con regulación estricta, actualización continua, y otros donde el ejercicio es más libre. El objetivo es entender cómo estas diferencias influyen en la percepción del agricultor, la adopción de recomendaciones y la consistencia en los resultados productivos.

La reflexión parte de una duda constante: por qué en México y gran parte de Latinoamérica cualquier persona puede ejercer como asesor agronómico sin una certificación obligatoria. A partir de esa inquietud, se construye un análisis comparativo con otros sectores y países donde la certificación no solo existe, sino que es indispensable.

Para explicar la relevancia, se utiliza un ejemplo cotidiano del ámbito médico. La diferencia entre un profesional certificado y uno que no lo está genera una percepción inmediata de seguridad. Esa confianza no surge solo del conocimiento, sino de la validación externa y la actualización constante. La palabra recertificación se vuelve clave, porque implica que el aprendizaje no se detiene.

Trasladado al agro, el paralelismo es evidente. El agricultor invierte recursos importantes en decisiones técnicas, pero muchas veces no tiene una garantía clara sobre la calidad del asesoramiento que recibe. La certificación podría funcionar como ese filtro que asegura un nivel mínimo de competencia.

A partir de ahí, se revisan ejemplos internacionales. En Estados Unidos, la certificación de asesores agronómicos está respaldada por organismos formales y es prácticamente un requisito para acceder a empleos técnicos. No solo valida conocimientos, también permite cumplir con regulaciones estrictas en seguridad alimentaria.

En Australia, el enfoque se centra en sostenibilidad y manejo eficiente de recursos. La certificación asegura que los asesores estén actualizados en temas críticos como el uso del agua y la adopción de tecnología. Aquí se observa una relación directa entre certificación y competitividad agrícola.

Brasil presenta un modelo donde la certificación no solo valida conocimientos, sino que regula el ejercicio profesional. Esto introduce un componente ético, además del técnico. El tamaño y la importancia del sector agrícola hacen necesario este tipo de control.

En Canadá, la certificación es clave para acceder a programas gubernamentales y oportunidades de investigación. Esto limita el acceso a quienes no cumplen con los estándares, pero al mismo tiempo eleva la calidad del ecosistema profesional.

En Francia, la certificación se integra dentro de un sistema más amplio que busca mantener la competitividad dentro de la Unión Europea. Aquí se observa cómo la profesionalización impacta directamente en la posición del país en mercados internacionales.

Después de este recorrido, el contraste con México es evidente. No existe una certificación nacional obligatoria para todos los agrónomos. Solo en ciertos casos, como programas oficiales, se requiere algún tipo de acreditación. Esto deja un amplio margen donde la calidad del asesoramiento depende más de la experiencia individual que de un estándar común.

A partir de esta realidad, se plantea una hipótesis clara: muchas de las problemáticas actuales del agro podrían reducirse con un sistema de certificación bien diseñado. El uso excesivo de agroquímicos, errores en dosis, duplicación de ingredientes activos y generación de resistencia en plagas son ejemplos concretos.

Estos errores no necesariamente provienen de mala intención, sino de falta de experiencia o actualización. Aquí es donde la certificación podría marcar una diferencia, al establecer un piso mínimo de conocimiento y buenas prácticas.

Otro punto relevante es la percepción del agricultor. En muchos casos, el asesor técnico compite con recomendaciones informales de familiares o conocidos. El “compadre” puede tener más influencia que el especialista, incluso sin fundamentos técnicos. Esto genera inconsistencias en la aplicación de recomendaciones.

Cuando los resultados no son los esperados, la responsabilidad suele recaer en el asesor, aunque sus indicaciones no se hayan seguido completamente. Este fenómeno evidencia una falta de autoridad técnica percibida, que una certificación podría reforzar.

Entre las ventajas potenciales, destaca la generación de confianza. Un asesor certificado transmite mayor seguridad al productor. También se eleva el prestigio de la profesión y se reducen errores en campo.

Además, se abren oportunidades laborales. La certificación permite acceder a mercados más exigentes e incluso a otros países donde estos estándares son obligatorios. Esto amplía el horizonte profesional.

Otro beneficio es la regulación de prácticas agrícolas. Un sistema de certificación puede impulsar la adopción de prácticas sostenibles y el cumplimiento de normativas internacionales. En el caso de agroquímicos, por ejemplo, introduce mayor responsabilidad en las recomendaciones.

Sin embargo, también se reconocen desventajas. Implementar un sistema de certificación es complejo y costoso. Requiere coordinación entre actores técnicos, legales y administrativos. No es un proceso inmediato.

El costo para los profesionales es otro factor. Si la certificación implica pagos elevados, puede generar desigualdad en el acceso. Algunos podrán certificarse y otros no, lo que limita la inclusión.

También existe el riesgo de burocratización. En contextos donde los trámites ya son complejos, añadir nuevos requisitos puede dificultar la dinámica laboral. Esto podría desincentivar la formalización.

Un punto crítico es el diseño del sistema. Si no se actualiza constantemente, puede volverse obsoleto. El agro cambia rápido a nivel técnico, y una certificación rígida podría convertirse en una limitante en lugar de una ventaja.

A pesar de estos retos, la conclusión es clara. La certificación del agrónomo asesor tiene el potencial de fortalecer el sector agrícola. No elimina todos los problemas, pero sí puede reducirlos de forma significativa.

El impacto no solo sería técnico, sino también cultural. Cambiaría la forma en que los productores perciben y valoran el asesoramiento. Introduciría un estándar que respalde la toma de decisiones.

En última instancia, se trata de profesionalizar una actividad que tiene un impacto directo en la productividad, la sostenibilidad y la rentabilidad del campo. La certificación aparece como una herramienta viable para avanzar en esa dirección.

Olmo Axayacatl Bastida Cañada

Soy Olmo Axayacatl Bastida Cañada y ayudo a profesionales agrícolas a convertirse en francotiradores de la comunicación, para que cada palabra dé justo en el blanco. Si tu comunicación te genera más problemas que oportunidades, entonces soy el maestro que necesitas.