Episodio 495: Las bases de la tecnología en el agro con Aurelio Bastida

Las bases de la tecnología en el agro con Aurelio Bastida

El profesor-investigador Aurelio Bastida Tapia, de la Universidad Autónoma Chapingo, nos comparte sus reflexiones sobre lo que implica la tecnificación agrícola, derivadas de sus análisis y experiencias en campo, trabajando en la organización de comunidades rurales.

Durante esta conversación nos presenta además los diferentes niveles de agricultores que existen en México, y cómo la tecnología impacta en cada uno de ellos, considerando por supuesto que no existe una sola tecnología que funcione para todos, sino que cada uno debe buscar cuáles les funcionan.

Aurelio entra a la conversación con una idea clara: la tecnología en el agro no es un bloque uniforme, sino una escalera larga, desigual y profundamente marcada por el tipo de productor. Desde ahí se entiende todo lo demás. En México conviven sistemas que usan instrumentos manuales con otros que ya operan con sensores, drones y automatización. No es contradicción: es la realidad.

El punto de partida es reconocer a quién estamos hablando. La mayoría de los productores siguen siendo de agricultura familiar. Producen primero para comer, después —si sobra— para vender. No están pensando en mercados internacionales ni en retornos de inversión sofisticados. Están pensando en sobrevivir. Y ese detalle cambia por completo la lógica de adopción tecnológica. Pretender que adopten soluciones diseñadas para la agricultura empresarial es, en el mejor de los casos, ingenuo.

Aurelio pone cifras sobre la mesa. México tiene poco más de cinco millones de unidades de producción agropecuaria y forestal. La mayor parte trabaja en temporal. La población productora está envejecida y el relevo generacional es limitado. Más del 70% de los productores tiene más de 45 años, y una parte importante supera los 65. Eso no es un dato decorativo: condiciona la forma en que se aprende, se arriesga y se invierte.

Cuando hablamos de niveles tecnológicos, el recorrido es amplio. En un extremo están quienes trabajan con herramientas manuales; luego la tracción animal; después la mecanización; más adelante la agricultura de precisión; la agricultura digital; y finalmente la agricultura inteligente. Aurelio lo resume con claridad: agricultura 0.5 hasta 5.0. Todo eso existe hoy en México, al mismo tiempo. Pensar que todos van a “saltar” al último nivel es una fantasía cómoda, pero falsa.

El análisis histórico ayuda a entender por qué estamos donde estamos. Hace cincuenta años, la inmensa mayoría de los productores eran campesinos de subsistencia. Los empresarios eran casi invisibles en términos porcentuales. Hoy, los grandes siguen siendo pocos, pero crecieron los pequeños y medianos empresarios. El cambio no fue una revolución, fue una transición lenta y desigual. Y eso explica por qué muchas políticas y muchas soluciones tecnológicas no terminan de encajar.

Uno de los puntos más lúcidos de la conversación es la diferencia entre eficiencia y suficiencia. Para el productor empresarial, la eficiencia manda: producir más, con menos, para vender mejor. Para la agricultura familiar, el criterio es otro: tener lo suficiente para la familia. Medirlos con la misma regla es un error técnico y ético. No están jugando el mismo juego.

El tema del recambio generacional aparece con matices interesantes. No es simplemente que los jóvenes “no quieran” el campo. Muchos de los que crecieron en condiciones rurales duras no desean volver a ese contexto. En cambio, hay un fenómeno distinto: jóvenes con formación urbana, incluso en áreas no agrícolas, que regresan al campo con otra mirada. No vienen cargando el mismo desgaste. Traen ideas, romanticismo a veces, pero también disposición a innovar. Ese relevo no es masivo, pero existe, y puede ser clave si se acompaña bien.

La conversación entra luego en el terreno de la organización. Aquí no hay rodeos: sin organización, no hay desarrollo posible para los pequeños productores. Individualmente no pueden pagar asesoría, tecnología ni infraestructura. Colectivamente, sí. El problema es que organizarse no es automático ni culturalmente sencillo. Requiere confianza, reglas claras y visión de largo plazo. Y eso no se improvisa con un programa sexenal.

Aurelio aporta ejemplos concretos del sector forestal organizado. Ejidos que manejan su bosque, generan utilidades, reinvierten y reparten beneficios. No es teoría: es práctica. Ahí la tecnología no llega sola, llega cuando hay estructura social que la sostenga. Sin eso, cualquier solución se vuelve un parche.

Cuando se habla de tecnología avanzada —drones, sensores, maquinaria autónoma, big data, biotecnología— el mensaje es claro: existe, funciona y seguirá avanzando. Pero su adopción depende de condiciones previas. Electricidad, conectividad, capacitación, acompañamiento. Vender tecnología sin resolver eso es como vender un tractor donde no hay caminos. No es mala intención, es mala lectura del contexto.

Otro punto crítico es la ética en la asesoría. Muchos productores reciben recomendaciones parciales, sesgadas por intereses comerciales. Se vende un producto, no una solución integral. Eso genera resistencia, desconfianza y rechazo a futuras innovaciones. Una mala experiencia vacuna al productor durante años. Y no sólo a él: a toda su comunidad.

Aurelio insiste en algo que incomoda a muchos: las soluciones deben partir de las necesidades reales del productor, no de la oferta disponible. En comunidades campesinas, llegar con proyectos aislados —letrinas, tinacos, sistemas sueltos— sin una visión integral es perder el tiempo. El productor no necesita piezas sueltas: necesita un camino claro.

En la agricultura empresarial el panorama es distinto. Ahí sí hay gerentes, equipos, especialización. Funciona como una orquesta: cada quien toca su instrumento, pero alguien dirige. Por eso pueden integrar tecnología, financiamiento, mercados y talento. Pretender que la agricultura familiar funcione igual es desconocer su estructura social y económica.

Los datos finales son contundentes. En el medio rural, menos del 40% utiliza algún tipo de tecnología formal. El celular es la herramienta más extendida. Computadoras e internet siguen siendo marginales. Además, más de la mitad de los productores no terminó la primaria. Esto no es un juicio, es un dato operativo. Condiciona la forma en que se diseña cualquier estrategia de adopción tecnológica.

El cierre es realista, pero no pesimista. Hay una oportunidad enorme para jóvenes de distintas disciplinas: agronomía, informática, electrónica, administración, mercadotecnia. El campo no es sólo producción: es gestión, datos, organización, mercados. Pero esa oportunidad no se activa sola. Requiere políticas inteligentes, formación adecuada y, sobre todo, respeto por la diversidad de realidades que conviven en el agro mexicano.

En resumen, el episodio deja una idea central: la tecnología no transforma al campo por sí sola. Lo hace cuando se inserta en contextos reales, con personas reales, en tiempos reales. Todo lo demás es discurso bonito y resultados pobres.

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