Episodio 496: ¿Se vienen los productos agrícolas “diferentes”?

¿Se vienen los productos agrícolas "diferentes"?

La biotecnología, con herramientas como CRISPR, podría revolucionar la agricultura en un futuro cercano. Es posible que veamos variedades agrícolas con características llamativas, como productos de colores únicos o sabores inesperados, diseñadas para atraer a nuevas generaciones que buscan experiencias más personalizadas y emocionantes en su alimentación.

Este avance aún está en desarrollo, pero tiene el potencial de transformar cómo percibimos los alimentos. Productos agrícolas “diferentes”, con propiedades estéticas, sensoriales o funcionales mejoradas, podrían convertirse en una tendencia que no solo innove en el mercado, sino también responda a las necesidades de sostenibilidad y nutrición.

A lo largo del episodio pongo sobre la mesa una pregunta simple, pero con filo: ¿hasta dónde podemos —y queremos— empujar la diferenciación en los productos agrícolas? Todo arranca con un comentario de Moe sobre la sandía amarilla. No es una rareza de laboratorio ni una moda reciente. Es un recordatorio de que la agricultura siempre ha jugado con la variabilidad, aunque hoy tengamos herramientas mucho más finas para hacerlo.

La sandía amarilla no nació ayer ni salió de una bata blanca. Proviene de África, donde las sandías silvestres tenían pulpas claras, entre blancas y amarillas. Con el tiempo, la selección fue afinando características deseables hasta llegar a lo que hoy conocemos. Para quienes crecimos viendo sandías rojas, el color amarillo puede parecer extraño. Para otros mercados, la sandía roja pudo haber sido igual de desconcertante en su momento. El punto es claro: la normalidad es cultural, no biológica.

El color amarillo de esta sandía no es un “extra”, sino una ausencia. No tiene licopeno, el pigmento responsable del rojo intenso en la sandía tradicional. En su lugar predominan los carotenoides, los mismos compuestos que dan color a la zanahoria o al maíz amarillo. Estos compuestos también son antioxidantes, lo que abre la discusión nutricional. No es que una sea buena y la otra mala; son distintas. Y la diferencia, bien explicada, puede ser una ventaja.

A partir de ahí, el episodio se expande hacia un terreno inevitable: la capacidad actual de modificar características de frutas y hortalizas. Hoy no estamos limitados a lo que aparece por azar en el campo. Herramientas como CRISPR permiten intervenir con precisión en el ADN de las plantas, ajustando rasgos específicos sin introducir genes de otros organismos. No hablamos de transgénicos, hablamos de edición dentro de la misma especie. Esa distinción es clave, aunque no siempre sea comprendida por el consumidor.

El color, el aroma y el sabor de los productos agrícolas están determinados por compuestos químicos bien conocidos. Pigmentos como clorofila, carotenoides, antocianinas o betalaínas definen lo que vemos. Azúcares y ácidos orgánicos determinan lo que saboreamos. Al intervenir los genes responsables de producir estos compuestos, se abre una puerta enorme: variedades con colores inéditos y perfiles sensoriales que hoy parecen extravagantes, pero mañana podrían ser comunes.

Aquí aparece la primera gran ventaja. Las nuevas generaciones buscan novedad. En alimentos frescos y procesados quieren estímulos distintos: colores inesperados, sabores fuera del molde, propuestas que rompan la rutina. Un tomate morado, una fresa con tonos oscuros o un fruto con notas tropicales no compiten sólo por nutrición; compiten por atención. En un mercado saturado, diferenciarse es sobrevivir.

Pero el entusiasmo tiene freno. El consumidor no es una hoja en blanco. Está entrenado por años —o décadas— de hábitos. Espera que un tomate sea rojo, que una sandía sea dulce y roja, que una zanahoria sea naranja. Cuando eso cambia, aparece la resistencia. Especialmente en generaciones mayores, la diferencia puede interpretarse como amenaza. No es rechazo al sabor; es rechazo a la ruptura de lo conocido. La percepción pesa tanto como la realidad.

El desarrollo de nuevas variedades es un volado caro. El ejemplo del tomate morado lo deja claro. En algunos mercados ha funcionado, en otros apenas despega. No reemplaza al tomate rojo ni lo hará. Y ahí está la lección: estos desarrollos no nacen para sustituir, sino para complementar. El error estratégico sería pensar en ellos como reemplazos masivos. Su verdadero lugar está en ampliar la oferta y capturar nichos específicos.

Desde el punto de vista productivo, esto abre oportunidades interesantes. Para agricultores con superficies limitadas, las variedades diferenciadas pueden ser una salida real. No se trata de producir más toneladas, sino de producir valor. Un cultivo premium, bien posicionado, puede generar ingresos relevantes en áreas pequeñas. Claro, el precio final será más alto y no accesible para todos, pero ese no es el objetivo. El objetivo es llegar al consumidor que busca algo distinto y está dispuesto a pagarlo.

La discusión no se queda en lo sensorial. Las mismas herramientas permiten ir más allá: variedades con mayor contenido nutricional, enriquecidas en vitaminas o minerales específicos. Productos que no sólo se vean distintos, sino que aporten más. Ahí aparece otro segmento premium, donde el valor no está en el color, sino en el beneficio funcional. Alimento como propuesta, no sólo como mercancía.

El principal obstáculo sigue siendo la percepción pública. Aunque no se trate de transgénicos, la palabra “manipulación genética” genera ruido. Aquí el mensaje debe ser directo y honesto. Las plantas tienen miles de genes, muchos activos y muchos apagados por la selección natural y humana. CRISPR permite activar o silenciar genes que ya existen. No se está “metiendo algo extraño”. Se está reorganizando lo propio. Explicarlo bien no garantiza aceptación, pero no hacerlo garantiza rechazo.

Si a esto se suma, en el futuro, la posibilidad de introducir genes de otros organismos, las opciones se multiplican. Técnicamente, el límite se vuelve difuso. Comercialmente, el desafío se vuelve enorme. Cambiar la percepción del consumidor es más complejo que modificar un gen. Aquí no basta con ciencia; se necesita comunicación clara, consistente y sin rodeos.

El episodio cierra con una mirada histórica que pone todo en perspectiva. Los productos agrícolas que hoy consideramos “normales” no lo eran hace uno o dos siglos. Muchas variedades actuales serían irreconocibles para alguien del pasado. La zanahoria es el ejemplo clásico: hoy la asociamos al color naranja, pero existen —y siempre existieron— zanahorias blancas, amarillas y moradas. El naranja fue una elección, no una ley natural. La agricultura siempre ha sido evolución dirigida.

Con eso queda claro el mensaje central: los productos agrícolas diferentes no son una moda pasajera, son la continuación lógica de la historia agrícola. La diferencia ahora es la velocidad y la precisión. Lo que antes tomaba generaciones, hoy puede lograrse en menos tiempo. El desafío no es técnico; es cultural, comercial y comunicacional. Quien entienda eso primero tendrá ventaja. El resto seguirá preguntándose por qué la sandía no es roja, cuando la verdadera pregunta es por qué debería serlo.

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