Episodio 525: Tecnología que transforma la agricultura protegida con Rubén Soto

Tecnología que transforma la agricultura protegida con Rubén Soto

En esta ocasión tuve la oportunidad de entrevistar a Rubén Soto, quien actualmente se desempeña como director general de Ridder México. Esta empresa ofrece soluciones tecnológicas bien interesantes, por lo que la conversación se centró justamente en las cuestiones tecnológicas de la agricultura.

Durante la conversación, Rubén nos da sus puntos de vista sobre la importancia de la tecnificación en la producción agrícola, así como las limitantes y oportunidades que actualmente ve desde su posición. Por supuesto, nos comenta las soluciones que ofrecen en su empresa.

La agricultura protegida no avanzó por casualidad. Avanzó porque alguien decidió dejar de adivinar y empezar a medir. Desde el inicio queda claro que la tecnología no es un adorno ni un lujo: es el sistema nervioso de los invernaderos modernos. Detrás de cada estructura productiva hay control de clima, riego, nutrición y energía operando con precisión quirúrgica. La diferencia no la hace el sensor, la hace la decisión basada en datos. Y ahí está el verdadero reto: entender la tecnología para que juegue a favor del cultivo.

La conversación con Rubén Soto gira alrededor de esa idea central: la tecnología no produce sola. Necesita criterio, conocimiento y personas capaces de interpretarla. Automatizar sin entender es como comprar un tractor sin saber manejarlo. Puede verse impresionante, pero no mueve la aguja. El mensaje es directo: la tecnificación transforma la agricultura solo cuando responde a un objetivo claro.

Rubén comparte su trayectoria desde la ingeniería mecánica hasta liderar Ridder en México, pasando por décadas de experiencia en riego, automatización y diseño de sistemas hidráulicos. Su recorrido explica su enfoque: no habla desde la teoría, habla desde el campo, desde los errores y aprendizajes acumulados. La sostenibilidad no es una palabra de moda para él; es una convicción personal y profesional. No hay futuro agrícola sin uso eficiente de los recursos.

Cuando se habla de tecnología, Rubén rompe un mito común: no existe una tecnología “mejor” en términos absolutos. Todo depende del contexto. Ubicación geográfica, tipo de estructura, presupuesto y, sobre todo, el objetivo productivo. Un controlador climático puede ser clave en un invernadero de cristal, pero irrelevante en una casa sombra. Elegir tecnología sin definir el problema es el error más frecuente del sector.

Desde la perspectiva de Ridder, la conversación se enfoca en la integración. No se trata de vender componentes aislados, sino de construir ecosistemas tecnológicos completos: controladores de riego y clima, tratamiento de agua, pantallas energéticas, automatización de ventanas, manejo de datos y, en un futuro cercano, robotización. El valor real aparece cuando todo trabaja de forma coordinada bajo una misma plataforma.

Ante la pregunta inevitable —qué tecnología genera mayor impacto— la respuesta es incómoda pero honesta: depende. Si falta eficiencia hídrica, el impacto viene del manejo de riego y drenajes. Si el problema es energético, las pantallas climáticas hacen la diferencia. Si el cuello de botella es la nutrición, el inyector de fertilizantes es clave. La tecnología correcta es la que resuelve el problema correcto.

Un punto crítico de la conversación es la forma en que se toman decisiones de inversión. Rubén insiste en que la agricultura es un negocio. No entenderlo así es romantizarla y condenarla. Las decisiones tecnológicas deben responder a preguntas claras: ¿cómo reduzco costos?, ¿cómo aumento producción?, ¿cómo abro nuevas ventanas comerciales? Después de eso, la tecnología se convierte en una herramienta estratégica, no en un gasto.

El precio, curiosamente, queda en segundo plano. Rubén lo dice sin rodeos: el precio va al final. Primero se construye una propuesta de valor que resuelva el problema real del proyecto. La venta no termina con la instalación; ahí empieza lo importante: capacitación, servicio, seguimiento y resultados. Sin posventa, no hay segunda venta. Y sin segunda venta, no hay relaciones duraderas.

Otro tema clave es el tamaño de los proyectos. Rubén rechaza la clasificación de alta, media o baja tecnología. La considera injusta. Para quien tiene una hectárea, esa hectárea es el 100% de su vida productiva. La tecnología no se mide por hectáreas, se mide por impacto. Pequeños y grandes productores merecen el mismo nivel de profesionalismo y análisis.

La conversación entra de lleno en big data e internet de las cosas. En proyectos con múltiples unidades productivas, manejar datos se vuelve tan complejo como indispensable. Ridder integra información técnica, productiva y laboral para que distintas áreas tomen decisiones desde la misma base de datos. No es acumular información; es convertirla en decisiones útiles.

Sobre los errores más comunes, Rubén prefiere llamarlos “desenfoques”. El principal: querer ahorrar en puntos críticos. Escatimar en calefacción donde el clima lo exige, o en nutrición donde la precisión es clave, termina siendo más caro. Invertir mal duele más que invertir mucho. El trabajo técnico consiste en reducir riesgos, no en prometer milagros.

La rentabilidad se mide con métricas claras. Kilos por metro cuadrado, eficiencia hídrica, reducción de costos energéticos, productividad laboral. Algunas tecnologías tienen retornos rápidos y evidentes, como el tratamiento y reutilización del agua de drenaje. Otras impactan de forma indirecta, pero constante. Al final, todo converge en lo mismo: mejor producto, menor costo.

Sostenibilidad y rentabilidad no solo van de la mano: se necesitan mutuamente. Con una crisis hídrica evidente en México, el uso eficiente del agua deja de ser una opción y se convierte en obligación. El dato es contundente: 70% del agua dulce del país se usa en agricultura. Si no se optimiza cada gota, el futuro del sector está en riesgo. Y sin sostenibilidad ambiental, no existe sostenibilidad financiera.

Cuando se habla del futuro, la visión es clara: más eficiencia, más datos, más inteligencia artificial, más automatización. La innovación no desaparece; se normaliza. Lo que hoy parece vanguardia, mañana será estándar. El riego por goteo fue innovación, hoy es requisito. Lo mismo ocurrirá con la inteligencia artificial y la robotización.

Para quien quiere dar el siguiente paso tecnológico, la recomendación es simple y contundente: definir el objetivo. No moverse por moda ni por presión externa. Analizar dónde, cómo y para qué invertir. A veces crecer no significa gastar más, sino decidir mejor.

La agricultura protegida en México, vista a diez años, se perfila como más eficiente, más inteligente y más exigente. Con mejores rendimientos, mejor calidad de alimentos y mercados más complejos. El reto no es menor: producir más con menos, sin perder competitividad ni viabilidad social.

Al cierre queda un mensaje claro y sin rodeos: la tecnología es una herramienta poderosa, pero solo funciona cuando se entiende. La agricultura del futuro no se improvisa, se diseña. Y quien no empiece hoy a tomar decisiones con datos, mañana estará fuera del juego.

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