Episodio 526: ¿Cómo se pueden abaratar realmente los costos de la producción agrícola?

¿Cómo se pueden abaratar realmente los costos de la producción agrícola?

Bajar los costos de producción agrícola no es solo una cuestión de ahorrar, sino de tomar decisiones estratégicas. Desde el uso eficiente de recursos hasta la adopción de tecnologías adecuadas, cada acción cuenta para mejorar la rentabilidad sin comprometer la calidad ni el rendimiento.

Muchos productores buscan reducir gastos, pero pocos analizan en profundidad dónde está el verdadero margen de mejora. Identificar los costos invisibles, optimizar procesos y replantear prácticas tradicionales puede marcar una diferencia clave en un negocio donde cada peso cuenta.

A lo largo de este episodio pongo sobre la mesa una inquietud que atraviesa a prácticamente todo el agro: el aumento constante de los costos de producción mientras los precios de venta avanzan con muletas. Insumos, maquinaria, combustibles, mano de obra; todo sube. La queja es real y, en buena medida, justa. Pero la pregunta clave no es solo cómo abaratar costos, sino si estamos atacando el problema correcto. Esa duda marca todo el hilo de la reflexión.

Arranco recordando que la producción agrícola, en su versión comercial, es un negocio. Decirlo incomoda a algunos, pero es un hecho. Y como todo negocio, la pregunta por los costos es obligatoria. El problema es que en el agro rara vez tiene una respuesta sencilla. Muchos buscan gastar menos y producir igual o más, pero pocos encuentran una solución realmente satisfactoria. No porque no lo intenten, sino porque los factores en juego son múltiples y están profundamente conectados.

El primer factor es la tierra. Tener tierras propias es, sin rodeos, una ventaja enorme. Conozco casos de productores que sostienen su operación casi exclusivamente porque no pagan renta. Si tuvieran que hacerlo, la historia sería muy distinta. Ahora bien, para quienes rentan, la idea de mudarse a regiones con tierras más baratas parece tentadora. En el papel suena lógico; en la práctica, suele ser una trampa. Donde la tierra es barata, normalmente faltan servicios, infraestructura y apoyos especializados. Al final, lo que se ahorra en renta se pierde —y a veces con intereses— en ineficiencias, retrasos y costos ocultos.

En las regiones agrícolas consolidadas, especialmente las de monocultivo o con un cultivo dominante, las rentas son altas. Pero ahí está todo: proveedores, técnicos, refacciones, maquinaria, conocimiento acumulado. Es un ecosistema productivo completo. Pagas más por la tierra, sí, pero produces con menos fricción. Basta salir de esas zonas para entender lo que significa no encontrar un simple cople para el sistema de riego cuando lo necesitas.

Luego está la maquinaria y el equipo. Desde el punto de vista económico, la teoría es clara: rentar suele ser mejor que poseer. Muchas máquinas pasan meses paradas, perdiendo valor. El problema es que la teoría no siempre sobrevive al campo. Cuando el equipo rentado no llega a tiempo, toda la operación se detiene. He visto labores paradas, cuadrillas completas esperando y decisiones de emergencia que terminan saliendo carísimas.

Recuerdo el caso de un productor de zarzamora en Los Reyes, Michoacán. La colchadora prometida nunca llegó. Con las plántulas listas y el tiempo encima, no quedó más que acolchar a mano. El resultado fue un acolchado mal instalado, con una vida útil mucho menor. Pero aun así, era preferible eso a perder las plántulas. No fue una decisión buena, fue la menos mala. Estas historias explican por qué muchos agricultores, cuando pueden, compran maquinaria aunque sepan que no es lo más eficiente en números fríos.

En el tema de los insumos —fertilizantes y agroquímicos— está uno de los mayores drenajes de dinero. Los precios reaccionan a guerras, decisiones políticas, problemas logísticos globales. El agricultor queda atrapado en dinámicas que no controla. Tras darle muchas vueltas al asunto, la única vía realmente viable para comprar más barato es la compra por volumen. El problema es organizativo, no técnico. Los pequeños y medianos productores tendrían que unirse, y ahí es donde chocan los egos, las desconfianzas y los conflictos personales. En teoría funciona; en la práctica, pocas veces se sostiene.

Algunos intentan caminos más riesgosos, como la importación directa desde Asia. Los precios pueden parecer de risa… hasta que algo se atora en la aduana. Entonces aparecen costos imprevistos, intermediarios, retrasos y un riesgo que la mayoría no está en condiciones de asumir. A unos pocos les funciona; para la gran mayoría, no es el camino.

Con la mano de obra no hay mucho que discutir. Pagar menos no es una opción inteligente ni ética. La rotación se dispara, la capacitación cuesta tiempo y dinero, y los errores propios del aprendizaje terminan saliendo más caros. Además, hay una convicción clara: salarios justos para los jornaleros no son negociables. Aquí no está la palanca para bajar costos.

Llegados a este punto, la pregunta es inevitable: ¿está perdida la batalla para reducir los costos de producción? A primera vista, parecería que sí. Pero ahí es donde entra la parte más incómoda y, a la vez, más relevante: la operación diaria. Ahí es donde no solo se gana dinero, sino donde se pierde sin darse cuenta.

Compras a destiempo, movimientos innecesarios de personas y maquinaria, falta de mantenimiento que luego se paga con reparaciones más caras, labores mal hechas. Son fugas pequeñas, constantes, invisibles. Las vi una y otra vez asesorando productores. Duelen, pero no tanto como abrir la cuenta bancaria y ver menos dinero del esperado.

Una anécdota lo ilustra bien. En un campo de Los Reyes, el encargado iba al pueblo cada vez que faltaba algo: un cople, combustible, un pesticida. Cada viaje tomaba alrededor de una hora. Le pregunté por qué no planificaba mejor. Su respuesta fue honesta: esas salidas eran su escape, su distracción. El costo real de esas vueltas nunca estaba sobre la mesa, pero existía, y era alto.

Aquí aparece una gran oportunidad para quienes venden al agro: no basta con hablar de características técnicas. Hay que mostrar, con números, cuánto dinero se pierde por estas ineficiencias. El agricultor entiende el lenguaje del dinero. Si no siente el dolor en cifras, no hay acción.

Un ejemplo concreto: en un rancho que asesoraba, calculamos cuánto se perdía cuando el regador dejaba la bomba encendida de más. Por cada 10 minutos extra, la pérdida rondaba los 7 mil pesos, considerando agua, fertilizantes de alta gama y energía. Era un cálculo conservador. Aun así, el agricultor quedó sorprendido. Nunca había visto esa fuga de dinero.

Este ejercicio puede hacerse en cualquier campo. Mil pesos perdidos dos veces por semana se convierten en ocho mil al mes. Multiplícalo por hectáreas, por meses, por ciclos. Ahí está el dinero que se va sin hacer ruido.

Por eso, más que obsesionarse con abaratar costos —algo que tiene límites muy claros—, la clave está en mejorar la eficiencia. No se trata de medidas absurdas ni de controlar al extremo a la gente. Hay fugas mucho más grandes: sistemas de riego con pérdidas visibles, sobre fertilización, tiempos muertos. Caminas por el rancho y no parece dinero… hasta que haces las cuentas.

Cierro con una observación que se repite una y otra vez: cuando el agricultor está presente en su campo, los costos bajan y la eficiencia sube. Cuando no lo está, ocurre lo contrario. No es magia. Es atención, decisiones oportunas y control real de la operación. Ahí, y no en recetas milagro, está la diferencia.

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