Este es el último episodio del sexto año del podcast, y me he tomado la libertad de arrojar ideas cual gasolina a la leña, para dar mi opinión sobre lo que está sucediendo actualmente en al agro en México. A esto le sumé mi opinión sobre el rol que jugamos los profesionales agrícolas en todo este asunto.
En resumen: El sector primario está en crisis, pero esta crisis comenzó hace mucho tiempo, y nunca mejor dicho, estamos cosechando lo que hemos sembrado. Los problemas son estructurales y están tan ligados entre sí, que nada de lo que afrontamos actualmente se resolverá con una varita mágica.
Este episodio cierra el sexto año de Podcast Agricultura y lo hago como una reflexión amplia sobre el estado real del agro mexicano en 2025. No se trata de un cultivo, una región o una política específica, sino de entender por qué hoy vemos protestas, bloqueos y productores al límite. Parto agradeciendo a quienes han acompañado este proyecto hasta el episodio 550 y comparto que vienen cambios importantes en el podcast durante 2026, aunque se notarán más adelante. El cierre del año sirve para hacer una pausa y pensar con calma.
El detonante del episodio es un mensaje recibido en redes, una pregunta directa: por qué, si el campo siempre ha estado mal, ahora parece estar estallando. La respuesta corta es que una crisis crónica se convirtió en hemorragia. El campo mexicano arrastra décadas de abandono, pero en los últimos años muchos productores sienten que la situación empeoró de forma acelerada. Lo que hoy vemos no es un berrinche ni algo repentino, es la acumulación de problemas ignorados durante demasiado tiempo.
En 2025 hubo movilizaciones campesinas en al menos diez estados. Tractores bloqueando carreteras, productores desesperados y exigencias claras: precios de garantía más altos y apoyo urgente frente al alza de costos. Esto no aparece de la nada. El agro enfrenta múltiples desafíos al mismo tiempo: pobreza rural persistente, comercialización errática, conflictos por el agua, impacto climático y un rezago fuerte en modernización. Todos estos problemas están entrelazados y no se pueden resolver de manera aislada.
Uno de los ejes centrales es la rentabilidad rota. Producir alimentos ya no paga lo suficiente para vivir con dignidad. En los últimos cinco años, los costos de insumos como fertilizantes, diésel y semillas se incrementaron cerca de un 50%, mientras que los precios de venta de varios cultivos se estancaron o incluso cayeron. El maíz es un ejemplo claro: después del pico de 2022, su precio se desplomó. En estados como Sinaloa, se habló de precios que apenas cubren costos. Sembrar así equivale a trabajar gratis o incluso perder dinero.
A esto se suma una dependencia estructural de importaciones. Desde la firma del tratado de libre comercio en 1994, México apostó fuerte por el sector hortofrutícola de exportación y abrió su mercado de granos. El resultado es conocido: frutas y hortalizas mexicanas ganaron presencia en Estados Unidos, pero los granos nacionales quedaron expuestos a competir contra importaciones subsidiadas. En Estados Unidos producir es más barato por apoyos directos, infraestructura, crédito accesible y tecnología. Para muchos productores de granos, competir en esas condiciones es una batalla perdida.
Algunos plantean sacar los granos básicos del tratado o regular importaciones, pero eso implicaría riesgos enormes para la agroexportación. El modelo actual deja al productor nacional de granos en desventaja, mientras que otros sectores sí encuentran oportunidades. No es un escenario sencillo ni con salidas rápidas.
Otro punto clave son las políticas públicas erráticas. Durante años se subsidió la producción por hectárea, beneficiando sobre todo a productores grandes. Después, a partir de 2019, esos esquemas se eliminaron y se apostó por apoyos directos al pequeño campesino. Se pasó de un extremo al otro. El problema no es apoyar a unos u otros, sino la incapacidad histórica de construir políticas que consideren a todo el sistema agrícola. El agro necesita enfoques integrales, no parches ideológicos.
También hablo de la desconexión técnica. Muchas decisiones se toman sin datos, sin métricas y sin criterios económicos claros. En parcela todavía se aplican insumos “a ojo”, sin análisis de suelo ni monitoreo real de plagas. Esto eleva costos, degrada recursos y reduce la rentabilidad. El campo está atrapado en un círculo vicioso donde producir es cada vez más riesgoso y menos rentable.
En este contexto, aparece una idea dura pero realista: la crisis funciona como un filtro. Algunos productores quedarán en el camino y otros sobrevivirán porque tienen números claros, cuidan costos y entienden su negocio. Sin romantizar ni demonizar, aclaro algo importante: el campesino no es pobre por flojo ni el agroempresario es un villano por definición. Ambos son figuras necesarias y complementarias dentro del sistema agrícola.
El problema del campesino no es falta de ganas, es falta de sistemas que funcionen. Enfrenta precios bajos, clima adverso, inseguridad, burocracia y poco acceso a crédito, tecnología y mercados justos. Exigirle innovación o sustentabilidad cuando está al borde de la quiebra es absurdo. Un productor quebrado no puede ser sostenible. Muchos siguen usando prácticas tradicionales porque no pueden darse el lujo de experimentar.
Por otro lado, el agroempresario aporta visión empresarial, inversión y cadenas de suministro, especialmente en agroexportación. Esa figura es clave, siempre que no caiga en prácticas depredadoras. El problema es que los gobiernos suelen elegir a quién apoyar, cuando ambos perfiles forman parte del mismo sistema. Sin campesinos no hay alimentos básicos; sin agroempresarios no hay empleo ni divisas.
En medio de todo esto está la academia, que debería ser el puente entre teoría y práctica. Las universidades agrícolas cumplen bien formando en lo teórico, pero existe una brecha enorme con la realidad del campo. Los egresados carecen de experiencia práctica y, sobre todo, de habilidades humanas: comunicación, liderazgo, ventas. Además, el sistema educativo premia no equivocarse, cuando en el campo decidir implica riesgo constante. La investigación, además, suele valorarse más por publicaciones que por impacto real en parcelas.
Lejos de verlo como algo negativo, planteo que aquí hay oportunidades. Quien desarrolle habilidades que otros no tienen puede diferenciarse rápidamente. Aprender comunicación, traducir lo técnico a lo económico y acompañar procesos completos, no solo “recetar”, se vuelve crucial.
Para quienes se preguntan qué puede hacer un solo profesional agrícola en esta crisis, dejo tres ideas claras. Primero, traducir lo técnico en decisiones económicas y hablar siempre en términos de costo-beneficio. Segundo, acompañar procesos reales en campo, construir confianza, escuchar antes de proponer. Tercero, medir impacto, no actividad. Importa más mejorar rentabilidad, reducir costos o usar menos agua que contar visitas o horas trabajadas.
A veces, incluso, la mejor recomendación es no hacer nada: no aplicar un insumo, no sembrar más hectáreas, no crecer ese año. Eso requiere criterio, confianza y mucha comunicación.
Cierro afirmando que el agro mexicano no está en crisis desde hace meses, sino desde hace décadas. Hoy simplemente nos alcanza a todos. Aunque no todos seamos agricultores, todos somos consumidores. Lo que pasa en el campo termina reflejándose en nuestros alimentos y en nuestros bolsillos. Este episodio es una invitación a dejar de ver el problema como ajeno y empezar a entenderlo como un sistema del que todos formamos parte.

