Episodio 086: ¿Podemos prescindir de la mitad de los suelos agrícolas?

Podemos prescindir de la mitad de los suelos agrícolas

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La agricultura moderna enfrenta un dilema central: producir alimentos suficientes sin destruir los ecosistemas. Un análisis liderado por Josep Peñuelas plantea que gran parte de la superficie agrícola mundial, cerca de 576 millones de hectáreas, podría dejar de cultivarse sin reducir la producción global si se gestionaran mejor fertilizantes, agua y suelos.

Este planteamiento ha despertado debate entre investigadores y organismos internacionales. Mientras científicos como James Gerber analizan los efectos climáticos del sistema alimentario, especialistas como Carol Collins advierten riesgos sociales. La pregunta central es clara: ¿podría la humanidad producir lo mismo usando menos tierra agrícola?

Un análisis reciente plantea una afirmación que, de entrada, resulta provocadora: la humanidad podría producir los mismos alimentos usando sólo la mitad del suelo agrícola actual. La idea surge a partir de un modelo global que analiza cómo se utilizan las tierras de cultivo y qué tan eficiente es esa distribución.

El punto de partida es comprender el peso que tiene la agricultura dentro del sistema ambiental global. El sistema alimentario completo genera aproximadamente un tercio de las emisiones de gases de efecto invernadero del planeta, mientras que la agricultura consume cerca del 70 % del agua dulce utilizada por la humanidad. Estas cifras explican por qué cada vez más investigadores se preguntan si el modelo actual de producción es realmente el más eficiente.

El equipo encabezado por Josep Peñuelas llegó a una conclusión contundente: aproximadamente 576 millones de hectáreas cultivadas en el mundo no serían necesarias si la producción agrícola estuviera mejor distribuida. En otras palabras, existe una enorme cantidad de tierra cultivada que aporta poco a la producción total, mientras otras zonas mucho más productivas concentran la mayor parte del rendimiento.

Para llegar a esta conclusión se analizaron 16 de los cultivos más importantes del planeta, entre ellos arroz, trigo, maíz, soya, caña de azúcar, papa y algodón. Al estudiar su rendimiento en diferentes regiones se identificó que más del 20 % de las áreas agrícolas no se utilizan de manera adecuada, es decir, producen menos de lo que podrían producir en otras condiciones.

La propuesta no consiste simplemente en abandonar tierras agrícolas. El planteamiento es reorganizar la producción global. Si los cultivos se concentraran en los lugares donde las condiciones climáticas, edáficas y tecnológicas permiten mayor productividad, entonces sería posible reducir drásticamente la superficie cultivada sin disminuir la producción total de alimentos.

Este escenario tendría consecuencias ambientales significativas. La tierra que dejara de cultivarse podría regresar a ecosistemas naturales. Según los cálculos del estudio, esa restauración permitiría reducir las emisiones globales de dióxido de carbono hasta en un 29 %, debido a que la vegetación recuperada absorbería grandes cantidades de carbono atmosférico.

Además, habría un impacto importante sobre el uso del agua. Actualmente el riego agrícola representa la mayor parte del consumo de agua dulce del planeta. Si la producción se concentrara en zonas más eficientes, el uso de agua para irrigación podría disminuir entre un 20 % y un 35 %.

Sin embargo, cuando se pasa del modelo teórico a la realidad aparecen múltiples complicaciones. James Gerber, investigador especializado en emisiones agrícolas, subraya que restaurar bosques y ecosistemas sería beneficioso para el clima. No obstante, implementar una reorganización global de la agricultura no es un proceso sencillo.

Uno de los temas más delicados es el manejo de fertilizantes. Para mantener altos niveles de producción en superficies más pequeñas sería necesario optimizar el uso de nutrientes, principalmente nitrógeno y fósforo. Aquí aparece una paradoja importante.

Por un lado, una aplicación más eficiente de fertilizantes aumentaría el rendimiento agrícola. Pero al mismo tiempo, concentrar la producción en zonas específicas podría generar presiones intensas sobre el suelo si la fertilización no se maneja correctamente.

El problema actual es que los nutrientes agrícolas se distribuyen de manera muy desigual. En algunas regiones se aplican grandes cantidades de fertilizantes, mientras en otras apenas se utilizan. Esta disparidad provoca que algunas tierras reciban exceso de nutrientes y otras permanezcan subfertilizadas, lo que reduce la eficiencia global del sistema agrícola.

Según los investigadores, el objetivo no sería utilizar más fertilizantes, sino redistribuirlos de forma más inteligente, aplicándolos donde realmente pueden generar mayor rendimiento. La clave estaría en lograr una fertilización precisa: dosis correctas, en el momento adecuado y en el lugar exacto donde las plantas pueden aprovecharla.

Otro aspecto importante del estudio es la identificación de las regiones donde sería más factible liberar tierras agrícolas. Entre las zonas señaladas aparecen el oeste de Estados Unidos, partes de Asia Central, el sur de Asia y algunas regiones de Rusia, áreas donde las condiciones climáticas o de suelo limitan la productividad agrícola.

También se mencionan problemas específicos en regiones tropicales. En Brasil, por ejemplo, el cultivo de soya ha impulsado la deforestación en áreas de la Amazonía. Desde la perspectiva ecológica del estudio, cultivar en bosques tropicales altamente biodiversos resulta ambientalmente costoso, especialmente cuando existen regiones más aptas para la producción.

África presenta una situación distinta. Allí el problema no es la sobreexplotación de suelos fértiles, sino la falta de nutrientes disponibles, particularmente fósforo. Esto provoca que muchos agricultores cultiven en condiciones muy limitadas, obteniendo rendimientos bajos incluso después de invertir esfuerzo y recursos.

Por esa razón, algunos investigadores sugieren que la producción agrícola africana debería concentrarse en los suelos más fértiles disponibles. Sin embargo, esta idea introduce un debate social profundo.

Reducir la superficie agrícola mundial implicaría decidir qué regiones continúan produciendo y cuáles dejarían de hacerlo. Esa decisión tendría enormes implicaciones económicas, políticas y sociales.

Carol Collins, bioingeniera vinculada a programas internacionales contra el hambre, advierte que una reorganización agrícola de este tipo podría excluir a millones de pequeños productores del sistema alimentario global. Actualmente existen alrededor de 500 millones de pequeños agricultores en el mundo, muchos de los cuales dependen completamente de sus tierras para subsistir.

Además, cerca de 1 300 millones de personas viven en tierras marginales o secas, donde la agricultura es difícil pero sigue siendo la principal fuente de alimento e ingresos. Si la producción se concentrara únicamente en regiones altamente productivas, estas poblaciones podrían quedar aún más marginadas.

Por lo tanto, la discusión no se limita a una cuestión técnica o ambiental. También involucra preguntas sobre equidad y desarrollo. Si el sistema alimentario global se reorganizara bajo criterios estrictamente productivos, existe el riesgo de profundizar las desigualdades entre países y regiones.

Otro desafío es la coordinación global. Para que un modelo de este tipo funcione sería necesario que productores, gobiernos y organizaciones internacionales trabajaran bajo objetivos comunes. En la práctica, cada país tiene prioridades distintas, condiciones climáticas propias y sistemas agrícolas muy diferentes.

Esto significa que lograr una estrategia global coherente requeriría acuerdos internacionales complejos. Incluso dentro de un mismo país los sistemas agrícolas pueden variar enormemente en función del clima, la cultura productiva y los recursos disponibles.

A pesar de estas dificultades, el estudio plantea una idea importante: el sistema agrícola mundial todavía tiene un enorme margen para mejorar su eficiencia. Gran parte de los problemas actuales no se deben únicamente a la falta de tierra, sino a la forma en que se utilizan los recursos.

Una agricultura que gestione mejor el agua, los nutrientes y la distribución de cultivos podría reducir su impacto ambiental sin comprometer la seguridad alimentaria. No obstante, alcanzar ese escenario exige cambios profundos en la manera en que se planifica la producción agrícola.

En teoría, si todos los productores del mundo aplicaran fertilizantes con precisión, optimizaran el riego y cultivaran en las zonas más adecuadas, la humanidad podría producir incluso más alimentos utilizando menos superficie agrícola.

Pero la pregunta decisiva permanece abierta: cómo coordinar un esfuerzo global de esa magnitud entre países, agricultores y sistemas productivos tan distintos.

Por ahora, la idea sigue siendo una posibilidad teórica. Convertirla en realidad requeriría décadas de transformación agrícola, avances tecnológicos y acuerdos internacionales. Mientras tanto, el debate continúa creciendo alrededor de un punto central: la eficiencia en el uso del suelo será una de las claves del futuro de la agricultura mundial.