Episodio 127: Primeros invernaderos en México

Primeros invernaderos en México

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La historia de los invernaderos en México revela cómo innovación agrícola, adaptación tecnológica y visión empresarial transformaron la producción intensiva. A partir de experiencias impulsadas por personas como Ernesto Matsumoto y referencias técnicas de Felipe Sánchez del Castillo y Esaúd Moreno Pérez, se entiende cómo comenzó el desarrollo moderno del cultivo protegido.

El crecimiento del cultivo bajo cubierta no fue inmediato. Surgió mediante experimentos tempranos, transferencia tecnológica internacional y la expansión de modelos productivos que después dominaron la horticultura mexicana. Casos vinculados con Eduardo Bartó y regiones como Texcoco muestran cómo pequeños inicios terminaron impulsando una industria completa.

Para entender cómo comenzó la agricultura protegida en México, es necesario retroceder hasta las primeras décadas del siglo XX. Ahí aparecen las primeras referencias documentadas sobre estructuras destinadas a cultivar plantas bajo condiciones controladas. Se menciona que el primer invernadero comercial del país se construyó alrededor de 1920 en la colonia Roma de la Ciudad de México.

Pocos años después, en 1927, surgió un segundo invernadero en Tacubaya. Ambos estaban relacionados con la familia Matsumoto, que más tarde tendría un papel importante en la introducción de nuevas tecnologías en la horticultura bajo cubierta. En ese momento el concepto de producir en invernadero todavía era algo experimental en el país.

Durante varias décadas el avance fue lento. No existía una industria establecida ni una adopción generalizada. Sin embargo, a principios de la década de 1950 comenzó a aparecer un desarrollo más claro de esta tecnología, principalmente enfocado en la producción de flores de corte.

Las primeras instalaciones relevantes para este propósito se ubicaron cerca del municipio de Texcoco, en el Estado de México. En esa zona se establecieron invernaderos dedicados a la producción de crisantemos, rosas y tulipanes holandeses. Este proceso marcó uno de los primeros momentos en que el cultivo protegido comenzó a mostrar potencial económico real.

Entre los pioneros se encuentran Eduardo Bartó y Ernesto Matsumoto. Cada uno desarrolló modelos distintos de invernadero que reflejaban influencias tecnológicas de diferentes países.

El caso de Eduardo Bartó resulta particularmente interesante. Su invernadero tenía aproximadamente dos hectáreas de superficie, una escala considerable para la época. La estructura utilizaba cubierta de vidrio y estructura metálica, muy alineadas con la tecnología que se empleaba en Holanda durante esos años.

Además, el sistema incorporaba ventiladores y calefacción mediante estufas, algo que demuestra que incluso en esa etapa temprana ya existía interés por controlar el ambiente interno. La meta era lograr mejores condiciones para la producción de flores de alta calidad.

Por otro lado, el modelo desarrollado por Ernesto Matsumoto introdujo una modificación clave. En lugar de usar vidrio, empleó cubierta de polietileno de bajo costo. Esta adaptación provenía de los invernaderos japoneses de la época y representaba una alternativa mucho más accesible.

Ese cambio resultó fundamental. El uso de plástico reducía significativamente los costos de construcción, lo que más tarde permitiría que más productores adoptaran esta tecnología.

A partir de estos primeros proyectos ocurrió algo típico en el desarrollo agrícola: los trabajadores que participaban en las empresas comenzaron a aprender el funcionamiento de los invernaderos. Con el tiempo varios de ellos se independizaron y replicaron los modelos que ya conocían.

Este fenómeno provocó una expansión gradual de la floricultura bajo cubierta en la región. El conocimiento técnico se transmitía de manera práctica y los sistemas se adaptaban según las condiciones locales.

Uno de los lugares donde este proceso se volvió especialmente visible fue el municipio de Villaguerrero. Durante la década de 1960 el modelo de invernadero de Matsumoto se trasladó a esa zona, lo que impulsó el desarrollo de un importante sector florícola regional.

Villaguerrero terminó convirtiéndose en una de las áreas más representativas de la producción ornamental en México. Incluso hoy mantiene una fuerte presencia en este mercado.

En paralelo, otros productores comenzaron a experimentar con diferentes estructuras. A principios de la década de 1970, empresarios de Texcoco como Antonio Junco y Chilo Burgues tomaron una decisión que aceleró el crecimiento del cultivo protegido.

Ellos transformaron estructuras que originalmente funcionaban como gallineros en invernaderos de vidrio. Aunque la adaptación parecía sencilla, en realidad permitió ampliar la superficie disponible para producción bajo cubierta.

Durante las décadas de 1970 y 1980 el número de invernaderos aumentó de manera notable. La expansión no se limitó únicamente a Texcoco. También se extendió a otras regiones del Estado de México como Villa Guerrero, Coatepec de Harinas e Ixtapan de la Sal.

En esas zonas comenzaron a surgir empresas que orientaban su producción hacia mercados de exportación florícola. Un ejemplo representativo fue la empresa Visa Flor, que consolidó el papel de estas regiones como centros importantes de producción ornamental.

Mientras tanto, el uso de invernaderos para hortalizas tardó un poco más en desarrollarse. Los primeros proyectos comerciales de este tipo aparecieron hasta la década de 1980.

Uno de los casos destacados fue la empresa Campus, ubicada en Tequisquiapan, en el estado de Querétaro. Esta empresa llegó a operar cerca de 30 hectáreas de invernaderos donde se producía principalmente jitomate destinado al mercado internacional.

Este proyecto marcó una transición importante. La agricultura protegida ya no se enfocaba solo en flores, sino también en cultivos hortícolas con alta demanda en exportación.

Poco tiempo después surgió otra empresa relevante en el municipio de Colón, también en Querétaro. Se trataba de Agros, que inició con alrededor de cuatro hectáreas de invernaderos de vidrio con tecnología proveniente de Holanda.

Con el paso del tiempo la empresa amplió su infraestructura utilizando invernaderos de polietileno. Este crecimiento demuestra cómo la industria fue incorporando distintas tecnologías según las necesidades productivas.

Durante ese mismo periodo apareció otro avance significativo. En Sinaloa, cerca de Culiacán, se creó una empresa hidropónica dedicada a producir jitomate para exportación. Este sistema representaba una nueva etapa en la intensificación agrícola.

La hidroponía permitió mejorar el control del cultivo y aumentar la eficiencia productiva, lo que más tarde se convertiría en una característica común de muchos invernaderos modernos.

A partir de la década de 1990 comenzó una expansión mucho más acelerada de las superficies bajo cubierta. El crecimiento fue tan rápido que incluso las estadísticas disponibles muestran variaciones dependiendo de la fuente.

Sin embargo, existe un dato que ilustra bien la magnitud del cambio. Alrededor de 1990 se estimaba que México tenía cerca de 500 hectáreas de invernaderos. Para 2015 la superficie había alcanzado aproximadamente 10 mil hectáreas de agricultura protegida.

Si se incluyen estructuras como casas sombra y macrotúneles, algunas estimaciones indican que la superficie total podría superar las 20 mil hectáreas.

Según datos del CIAB en 2014, la distribución de la superficie protegida en México mostraba diferentes tipos de estructuras. Aproximadamente el 63 % correspondía a invernaderos, mientras que el resto se dividía entre casas sombra, macrotúneles y microtúneles.

Aunque los invernaderos pueden encontrarse en prácticamente todo el país, existen estados donde su presencia es mayor. Entre ellos destacan Jalisco, Estado de México, Morelos, Puebla, Querétaro y Michoacán.

En contraste, las casas sombra se concentran principalmente en el noroeste, especialmente en estados como Sinaloa, Sonora y Baja California.

En cuanto a cultivos, el predominio ha sido claro durante muchos años. El jitomate representa aproximadamente 70 % de la superficie cultivada bajo estructuras protegidas. Después aparecen el pepino con cerca de 13 % y el pimiento morrón con alrededor de 10 %.

Sin embargo, la diversificación agrícola ha comenzado a modificar estas proporciones. Durante la última década han ganado espacio cultivos como los berries, que utilizan ampliamente macrotúneles para su producción.

Finalmente, el desarrollo de la agricultura protegida en México también puede observarse en el tamaño de algunas empresas actuales. Existen compañías que operan superficies comparables con las de otros países líderes en este sector.

Un ejemplo es NaturalSuite, anteriormente conocida como Desert Glory, que llegó a contar con aproximadamente 500 hectáreas de invernaderos hidropónicos dedicados a la producción de jitomate cherry para exportación.

Otro caso es BioNatur, ubicada en el Estado de México, que opera más de 100 hectáreas destinadas principalmente a jitomate bola.

Además de estas compañías, existen muchas otras empresas que superan las 50 hectáreas de producción bajo invernadero. En varios casos utilizan tecnología de alta precisión para producir jitomate, pimiento y otros cultivos dirigidos al mercado internacional.

Todo este desarrollo muestra que la agricultura protegida en México no surgió de forma repentina. Fue el resultado de décadas de experimentación, adaptación tecnológica y crecimiento gradual que comenzó con unos pocos invernaderos pioneros y terminó convirtiéndose en una industria de gran escala.