Episodio 335: ¿Agricultura tecnificada o agricultura de subsistencia?

¿Agricultura tecnificada o agricultura de subsistencia?
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La discusión sobre agricultura tecnificada, productividad agrícola y política pública se vuelve cada vez más urgente cuando se intenta definir el rumbo del campo. En este análisis se examina cómo decisiones impulsadas por gobiernos federales y datos del INEGI influyen directamente en millones de productores.

También se aborda la tensión entre agricultura de subsistencia, exportaciones agrícolas y desarrollo rural, mostrando cómo enfoques impulsados por FIRA o iniciativas como Brixton Ventures Lab reflejan una visión fragmentada. El objetivo es entender por qué elegir un solo modelo limita el potencial del sector agrícola.

El punto de partida es una pregunta que parece simple, pero que en realidad encierra un problema estructural: qué tipo de agricultura se debe apoyar. Durante años se ha intentado responder eligiendo entre agricultura tecnificada o agricultura de subsistencia, como si fueran opciones excluyentes. Sin embargo, esa forma de plantearlo conduce a un error que se ha repetido en distintas administraciones y decisiones públicas .

Se observa un patrón claro. En ciertos periodos, el enfoque se inclina hacia los pequeños productores, priorizando esquemas de apoyo vinculados a la subsistencia. En otros momentos, el impulso se dirige hacia la agricultura tecnificada, especialmente aquella orientada a exportación. El problema no está en apoyar uno u otro, sino en hacerlo de manera aislada, descuidando el resto del sistema.

La agricultura tecnificada tiene un papel evidente. Genera divisas, dinamiza economías regionales y posiciona productos en mercados internacionales. Es, en muchos sentidos, la punta de lanza del sector. Pero centrarse únicamente en este modelo implica ignorar una realidad contundente: una gran proporción de productores en el país trabaja en condiciones de subsistencia.

Cuando se analiza esta base productiva, aparece un dato clave. Más de la mitad de los agricultores se encuentran en este segmento. Esto significa que millones de personas dependen de esquemas de producción de baja escala, muchas veces con limitaciones tecnológicas, financieras y de acceso a mercados. Dejar fuera a este grupo no solo es un error productivo, también es un riesgo social.

Aquí surge una idea central: no se trata de elegir entre modelos, sino de reconocer que cada uno cumple una función distinta dentro del sistema agrícola. La agricultura tecnificada aporta eficiencia, volumen y competitividad internacional. La agricultura de subsistencia, por su parte, sostiene comunidades, asegura acceso básico a alimentos y mantiene una estructura social que no puede reemplazarse fácilmente.

Este tipo de polarización no es exclusivo de este tema. Se repite en múltiples debates dentro del sector. Uno de los más conocidos es el de agricultura convencional frente a agricultura orgánica. Nuevamente, se plantea como una dicotomía, cuando en realidad ambos enfoques tienen espacio y función.

Ningún país tiene la capacidad de producir únicamente bajo esquemas orgánicos, pero tampoco puede ignorar la necesidad de avanzar hacia prácticas más sostenibles. De la misma forma, la agricultura convencional no debe verse como un enemigo, sino como una herramienta que, bien gestionada, contribuye a la producción de alimentos a gran escala.

El problema de fondo es la tendencia a dividir el sector en bandos opuestos. Esta fragmentación genera conflictos innecesarios y limita la posibilidad de avanzar. En lugar de construir soluciones integrales, se generan debates que frenan decisiones estratégicas.

Si se amplía la perspectiva, el panorama es aún más claro. Existen múltiples formas de agricultura que no deberían competir entre sí, sino complementarse. Agricultura vertical, urbana, extensiva, intensiva. Cada una responde a contextos específicos, recursos disponibles y objetivos distintos.

Por ejemplo, los huertos urbanos no sustituyen la producción en campo abierto. Su función es distinta. Contribuyen a la seguridad alimentaria local, promueven conciencia sobre el origen de los alimentos y pueden mejorar la disponibilidad en zonas urbanas. Pero no tienen la capacidad de abastecer grandes volúmenes por sí solos.

De igual forma, la agricultura extensiva sigue siendo indispensable para producir alimentos a escala. Pensar que una puede reemplazar completamente a la otra es ignorar limitaciones técnicas, espaciales y económicas.

A partir de esto se plantea una visión más amplia. El reto del sector agrícola en las próximas décadas es de tal magnitud que no se puede prescindir de ningún modelo. La demanda de alimentos seguirá creciendo, mientras los recursos disponibles, como agua y suelo, son cada vez más limitados.

Por ello, la prioridad debería ser clara: producir más con menos recursos. Este principio aplica sin importar el tipo de agricultura. Ya sea en sistemas intensivos, extensivos, urbanos o tecnificados, el objetivo converge en eficiencia y sostenibilidad.

Otro aspecto relevante es la percepción que existe dentro del propio sector. Frecuentemente, cuando se impulsa una política o iniciativa que beneficia a un grupo, surge resistencia desde otro. Si se abren mercados de exportación, aparecen críticas. Si se apoyan pequeños productores, también.

Esta reacción refleja una mentalidad de competencia interna, donde el avance de un segmento se percibe como una pérdida para otro. Sin embargo, la realidad es distinta. El fortalecimiento de cualquier parte del sistema tiende a generar efectos positivos en el conjunto.

Cuando la agricultura de exportación crece, genera empleo, infraestructura y flujo económico. Cuando la agricultura de subsistencia mejora, reduce desigualdad y fortalece la estabilidad social. Ambos resultados son necesarios y complementarios.

En medio de estos extremos, también existe un grupo que suele quedar fuera del debate: los productores medianos. Ellos enfrentan retos propios, muchas veces sin recibir la atención suficiente. Esto refuerza la idea de que el enfoque no debe centrarse en polos opuestos, sino en todo el sistema.

Finalmente, aparece un elemento cultural que influye en estas dinámicas. La tendencia a dividir, a tomar partido, a establecer bandos. Este enfoque puede ser útil en otros contextos, pero en el sector agrícola limita la colaboración y la construcción de soluciones integrales.

Lo que se requiere es un cambio de enfoque. Pasar de la confrontación a la cooperación. Entender que el desarrollo del sector depende de integrar capacidades, no de excluirlas. Que apoyar a un grupo no significa abandonar a otro.

La conclusión es directa. La pregunta inicial está mal planteada. No es agricultura tecnificada o agricultura de subsistencia. Es cómo lograr que ambas, junto con todos los demás modelos, funcionen de manera articulada.

Solo así se podrá enfrentar el verdadero desafío: garantizar la producción de alimentos en un contexto de creciente demanda y recursos limitados.

Olmo Axayacatl Bastida Cañada

Soy Olmo Axayacatl y ayudo a ingenieros agrónomos con 3-7 años de experiencia, que sienten que ya saben mucho técnicamente pero que no los reconocen ni les dan más responsabilidades. Los ayudo a comunicar mejor su valor, ganar visibilidad dentro de su organización y dar el salto a puestos de decisión. El agro avanza cuando su gente también avanza.