Episodio 400: Los transgénicos ya no asustan porque han probado su valía con José Mulet

Entrevisté al Dr. José Miguel Mulet Salort, profesor universitario de la Universidad de Valencia, quien también es un divulgador científico con múltiples libros publicados, entre ellos: Comer sin miedo y Transgénicos sin miedo, los cuales fueron la razón por la que quise conversar con él.

Durante la conversación el Dr. nos clarifica diversos temas relacionados con los cultivos transgénicos, un tema que en México sigue estando vigente, principalmente por cuestiones políticas, siendo que en Europa el debate ha estado muerto por años, como bien nos explica.


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Este episodio marca un cierre simbólico. Es el número 400 y también el final del cuarto año de Podcast Agricultura. Presento una conversación amplia y directa con José Miguel, investigador y divulgador desde Valencia, con una trayectoria sólida en biotecnología vegetal. La charla gira alrededor de agricultura, alimentación y, de forma central, los transgénicos, pero siempre conectando ciencia, política y realidad productiva.

El punto de partida es su origen. Creció en una región con fuerte tradición agrícola, con abuelos naranjeros y una cultura marcada por el campo, aunque transformada después por el turismo. Su formación no empezó en la agricultura aplicada, sino en química y biología molecular. El interés por los cultivos llegó cuando entendió que los transgénicos no solo eran una herramienta de laboratorio, sino una vía directa para resolver problemas reales, como sequía o plagas. Ahí aparece la primera idea clave: la biotecnología no surge como ideología, sino como herramienta.

Explica cómo su faceta de divulgador nació casi por accidente. La crisis económica de 2007–2008 redujo de forma drástica la financiación científica en España. Sin recursos para investigar, comenzó a escribir, a dar clases y a explicar ciencia en un blog. De ahí surgió su primer libro. Más adelante llegarían Transgénicos sin miedo y Comer sin miedo. Hoy mantiene ambos frentes, investigación y divulgación, aunque reconoce que la ciencia vuelve a ocupar más tiempo.

Entrando al tema central, plantea que el miedo a los transgénicos no se sostiene en argumentos claros. Cuando se pregunta por qué son malos, la mayoría no sabe responder. El debate, dice, es artificial y geográficamente muy localizado. No existe en Estados Unidos, China o África, donde la prioridad es producir y comer. Se construyó sobre todo en Europa y se exportó a países de habla hispana. Surgió cuando organizaciones ambientalistas necesitaban nuevas banderas, y coincidió con crisis alimentarias como la de las vacas locas, que sembraron desconfianza general hacia la comida.

Aclara una contradicción fundamental: Europa prohíbe casi toda la siembra de transgénicos, pero importa masivamente maíz y soya transgénicos para alimentar su ganado y para la industria textil. Solo un cultivo está autorizado para sembrarse, el maíz MON810, y principalmente en España. La pregunta es inevitable: ¿por qué no producir lo que ya se consume? La respuesta es política, no científica.

Subraya que los transgénicos han sido la tecnología agrícola de adopción más rápida en la historia. Hoy, alrededor del 90 % de la soya mundial y gran parte del algodón son transgénicos. Si eso es un fracaso, ironiza, es uno muy rentable. El agricultor no adopta una tecnología por ideología, sino porque le facilita el trabajo y mejora su rentabilidad. Nadie obliga a sembrar semillas transgénicas; se usan porque funcionan.

Se desmontan mitos recurrentes: que solo benefician a corporaciones, que empobrecen al agricultor o que generan daños a la salud. Tras más de 30 años de uso, no existe un solo caso documentado de daño sanitario o ambiental atribuible a transgénicos. Los mensajes han ido cambiando con el tiempo: primero cáncer, luego medio ambiente, después capitalismo, ahora identidad cultural del maíz. El problema es siempre distinto porque nunca aparece la evidencia.

México aparece como un caso especial. El debate sigue vivo por decisiones políticas recientes. Se plantea una paradoja clara: el país no produce suficiente maíz para su consumo y depende de importaciones transgénicas. Sin ese maíz, simplemente no habría tortillas suficientes. Mantener el rechazo es, en la práctica, convertir un alimento básico en un bien de lujo.

En el plano científico, se explica por qué el desarrollo de transgénicos ha quedado en manos de grandes empresas. No es por complejidad técnica, sino por regulación. Crear un transgénico es relativamente barato; autorizarlo es carísimo. Esa presión regulatoria expulsó a universidades y pequeñas empresas. Paradójicamente, quienes más criticaron la tecnología ayudaron a concentrarla.

Aparece entonces CRISPR, una herramienta más reciente, precisa y con menor carga simbólica negativa. No “suena mal”, no genera rechazo automático. Ahí es donde hoy se concentran muchas pequeñas empresas y proyectos públicos. La lección es clara: la regulación puede decidir quién innova y quién queda fuera.

Se aborda también la seguridad alimentaria. Los transgénicos son, probablemente, los alimentos más evaluados de la historia. En contraste, las variedades obtenidas por métodos tradicionales no pasan por controles equivalentes. Estudios masivos en alimentación animal, con millones de cabezas de ganado durante décadas, no muestran diferencias en salud. La evidencia es consistente.

Cuando se habla de biodiversidad y maíces nativos, la postura es directa. La pérdida de variedades no ocurre por la biotecnología, sino porque nadie las compra. No es responsabilidad del agricultor conservar variedades sin mercado. Esa tarea corresponde a científicos y gobiernos. Pedirle al productor que sacrifique ingresos es pedirle que sea pobre por decreto.

El episodio también cuestiona ideas idealizadas como “producir tu propia comida” o “consumir solo local”. Son posturas posibles solo para una minoría con tiempo, espacio y dinero. Las ciudades modernas existen gracias a la especialización. Pretender que todos cultiven su alimento es ignorar la realidad urbana y laboral.

En nutrición, se explica la evolución de los transgénicos. La primera generación se centró en resistencia a plagas y herbicidas. La segunda, en valor nutricional, como el arroz dorado, diseñado para combatir la deficiencia de vitamina A que causa ceguera infantil. La tercera generación va más allá de la alimentación: producción de vacunas, fármacos y moléculas industriales en plantas. Incluso algunas vacunas contra COVID se produjeron así.

Sobre agricultura orgánica y regenerativa, la visión es crítica. No son soluciones globales, sino opciones filosóficas de alto costo. No hay evidencia sólida de que sean más nutritivas. Además, enfrentan limitaciones técnicas severas, especialmente en el control de enfermedades. La agricultura regenerativa surge, en muchos casos, como un cambio de etiqueta cuando la orgánica estricta deja de ser viable.

El etiquetado transgénico se analiza desde la utilidad. Etiquetar por alergias salva vidas; etiquetar transgénicos responde más a una preferencia ideológica. La propuesta es clara: que quien quiera productos “libres de transgénicos” pague una certificación privada, como ocurre en otros países, sin trasladar el costo a toda la sociedad.

Hacia el cierre, se proyecta el futuro. En diez años, probablemente nadie hablará de transgénicos como tema polémico. Serán una tecnología más, integrada, invisible. El debate migrará a otros frentes, como la carne cultivada en laboratorio, tal como ya ocurre en Europa. La historia muestra que estas controversias se desplazan con el tiempo.

El mensaje final es sencillo y contundente: los transgénicos no son el problema. La preocupación real debería centrarse en dietas equilibradas, acceso a nutrientes y salud pública. Si existe el lujo de elegir, es señal de privilegio. La ciencia ya hizo su parte; ahora toca entenderla y usarla con responsabilidad.