Hace años, durante una tormenta, un agricultor me comentó que su papá decía que cuando caían tormentas eléctricas la cosecha era más buena. Eso me dejó pensando que debería existir una forma de “electrificar” el suelo, para mejorar la producción, al fin y al cabo las plantas comen aniones.
Pues bien, hace poco salió la noticia de que con electricidad es posible aumentar la producción en hidroponía, lo que me hizo recordar aquel comentario bajo la tormenta. Y en este episodio analizo el surgimiento de una nueva tecnología, que podría revolucionar la producción agrícola.
Este episodio gira alrededor de una pregunta concreta: si la electricidad puede aumentar la producción agrícola. El punto de partida no es un laboratorio, sino una experiencia de campo que ocurrió hace varios años, durante una visita técnica en un día lluvioso y con tormenta eléctrica. En medio de esa tormenta surgió una frase sencilla, casi anecdótica, transmitida de generación en generación: después de las tormentas eléctricas, la cosecha parecía mejorar. Esa observación quedó guardada por mucho tiempo, hasta que una noticia reciente la trajo de vuelta con fuerza.
La reflexión inicial conecta esa experiencia con un principio básico de la nutrición vegetal. Las plantas no “comen” en el sentido común del término, sino que absorben iones con carga positiva y negativa. Desde ahí surge una inquietud lógica: si los nutrientes son cargas eléctricas, ¿tendría sentido pensar que la electricidad pueda influir directamente en su aprovechamiento? Esa pregunta da pie a todo el análisis posterior.
El detonante es un estudio reciente desarrollado en Suecia, en la Universidad de Linköping, donde se diseñó un sustrato experimental llamado E-Soil. Este sustrato integra estimulación eléctrica de bajo voltaje directamente en la zona radicular. Los resultados iniciales fueron llamativos: plántulas de cebada cultivadas en este medio mostraron un aumento del 50 % en crecimiento en apenas 15 días. El dato es relevante no solo por el porcentaje, sino por la velocidad con la que se alcanzó ese incremento.
El E-Soil está compuesto principalmente por celulosa combinada con un polímero conductor conocido como PEDOT. Esta mezcla permite conducir electricidad de forma segura hacia las raíces sin riesgos asociados a alto voltaje. El consumo energético es bajo, lo que abre la puerta a pensar en aplicaciones sostenibles. No se trata de “electrocutar” plantas, sino de generar un estímulo eléctrico controlado y constante.
Uno de los puntos más interesantes es que, aunque los resultados son claros, los mecanismos biológicos todavía no se comprenden del todo. La hipótesis principal apunta a que la estimulación eléctrica mejora la forma en que las plantas procesan el nitrógeno. No solo crecerían más rápido, sino que usarían los nutrientes con mayor eficiencia. Esto implica un impacto directo en el metabolismo vegetal, en la absorción, transporte y aprovechamiento interno de los elementos esenciales.
El contexto en el que se desarrolló este estudio no es menor: la hidroponía. De por sí, la producción hidropónica ya es reconocida como un sistema altamente eficiente en el uso del agua, con ahorros que pueden llegar al 70 u 80 % en comparación con sistemas tradicionales, dependiendo del cultivo y las condiciones. La combinación de hidroponía con un sustrato eléctricamente activo como el E-Soil podría potenciar aún más la sostenibilidad del sistema, marcando un antes y un después en este tipo de producción.
A partir de ahí surge una pregunta lógica: ¿es esta la primera vez que se intenta algo así? La respuesta es no. Existe un campo de estudio llamado electrocultura, que analiza cómo los campos eléctricos influyen en el crecimiento vegetal. Aunque hoy parece novedoso, sus raíces son antiguas. Ya en los siglos XVIII y XIX, científicos como Luigi Galvani y Charles Darwin realizaron experimentos exploratorios con electricidad y plantas. No eran estudios sistemáticos como los actuales, pero sentaron bases conceptuales.
Fue durante el siglo XX cuando la electrocultura empezó a tomar forma como disciplina más estructurada, principalmente en Europa y América del Norte. Desde entonces, distintos investigadores han evaluado cómo campos eléctricos suaves pueden influir en la germinación de semillas, el desarrollo de raíces y la absorción de nutrientes. También se ha observado un aumento en la actividad de ciertas enzimas, lo que sugiere efectos directos sobre procesos fisiológicos clave.
Entre las instituciones más relevantes en este campo destaca la Universidad de Wageningen, en Países Bajos. Ahí se han estudiado los efectos de campos electromagnéticos con distintas intensidades y frecuencias, evaluando su impacto en germinación, crecimiento radicular y nutrición. Los resultados no son concluyentes en todos los casos, pero sí muestran patrones que justifican seguir investigando.
Otra referencia importante es el Instituto Tecnológico de Massachusetts, donde se ha trabajado con señales eléctricas para mejorar la eficiencia fotosintética. En estos estudios se han utilizado electrodos insertados en sustratos, analizando la respuesta de las plantas a nivel celular. El enfoque es más fisiológico y biofísico, buscando entender qué ocurre dentro de los tejidos cuando hay estimulación eléctrica.
También en Australia, en la Universidad de Queensland, se han desarrollado investigaciones enfocadas en cómo la electricidad afecta la absorción de agua y nutrientes, así como la salud general de las plantas. Un aspecto particularmente interesante es el estudio del papel de los campos eléctricos en la protección contra patógenos y en la estimulación de respuestas defensivas, algo que abre un panorama distinto al del simple crecimiento.
Todo este recorrido deja claro que la electrocultura no es una moda pasajera, sino un campo emergente con bases científicas que apenas empieza a consolidarse. Los resultados actuales son prometedores, especialmente en sistemas hidropónicos, donde las variables pueden controlarse con mayor precisión. El uso de sustratos basados en polímeros y biopolímeros parece más viable que intentar aplicar electricidad directamente en suelos agrícolas convencionales.
Pensar en aplicaciones en suelo abierto es más complejo. En hidroponía se puede medir el volumen de sustrato, calcular la energía necesaria y dirigirla de forma uniforme a las raíces. En suelo agrícola, la heterogeneidad complica mucho ese control. Aun así, no resulta descabellado imaginar que en el futuro se desarrollen enmiendas poliméricas conductoras que se apliquen de manera similar a las compostas, con el objetivo de mejorar la conductividad eléctrica del suelo y, con ello, la eficiencia de absorción radicular.
El uso de polímeros tendría ventajas claras frente a materiales metálicos. Incorporar metales para aumentar la conductividad podría implicar riesgos de contaminación e intoxicación. Un polímero adecuado, idealmente biodegradable y seguro, evitaría ese problema y permitiría avanzar sin comprometer la inocuidad de los alimentos.
Hacia el cierre, el episodio recuerda que la electricidad, lejos de ser ajena a la agricultura, siempre ha estado presente, ya sea en tormentas, en el suelo o en los procesos fisiológicos de las plantas. Hoy, la diferencia es que empieza a entenderse y a controlarse con mayor precisión. El camino todavía es largo, pero los primeros pasos ya están dados.
Finalmente, se agradecen comentarios de la audiencia y se refuerza la importancia del intercambio de ideas y observaciones prácticas. La agricultura avanza cuando la experiencia de campo y la investigación científica se encuentran. Este episodio es un ejemplo claro de cómo una observación sencilla puede conectarse con desarrollos tecnológicos de frontera y abrir nuevas preguntas para el futuro del agro.
