Hay diversas investigaciones científicas que han obtenido resultados muy prometedores con el uso de frecuencias ultrasónicas como herramienta para combatir plagas agrícolas. Por este motivo decidí presentarte algunos resultados que se han obtenido, con frutas y hortalizas.
En este sentido, la tecnología de aplicación de ultrasonidos puede ser una alternativa sustentable al uso de agroquímicos, aunque claro, tiene sus limitaciones, y es que no todas las plagas responden de la misma manera a las frecuencias ultrasónicas.
En este episodio exploro una pregunta concreta y cada vez más frecuente en el agro: ¿se pueden eliminar o controlar plagas agrícolas mediante el uso de ultrasonidos? La respuesta corta es que no es una solución universal todavía, pero la evidencia científica muestra que es una alternativa prometedora, con ventajas claras frente a los métodos tradicionales, especialmente en términos de sustentabilidad.
El punto de partida es Japón. Ahí se están validando investigaciones que utilizan ultrasonidos para reducir poblaciones de plagas en cultivos específicos. Los resultados más sólidos hasta ahora se han observado en fresa y cebolla. En estos cultivos, los investigadores lograron reducir de forma estadísticamente significativa la deposición de huevos de ciertas polillas, uno de los principales problemas fitosanitarios.
La clave del método no está en “matar” directamente a la plaga, sino en algo más sutil: la imitación de los ultrasonidos emitidos por sus depredadores naturales. Al percibir estas señales, las polillas evitan depositar huevos en el cultivo, lo que reduce la presión de la plaga desde el origen. Este enfoque cambia la lógica tradicional del control químico, que actúa cuando el daño ya está presente.
Aquí aparece la primera gran limitante. El ultrasonido es altamente específico. Funciona para ciertas especies, en determinados cultivos, y bajo condiciones muy concretas. Por ejemplo, la mosca de la fruta no fue repelida en estos ensayos, ya que percibe frecuencias distintas o no responde a este tipo de estímulos. Esto limita el alcance inmediato de la tecnología, pero también abre una oportunidad.
Desde un punto de vista comercial y técnico, esta especificidad implica que no habrá un solo dispositivo “para todo”. Lo más probable es el desarrollo de soluciones personalizadas por plaga y cultivo, lo que exige mayor investigación, pero también genera valor añadido. No es una desventaja absoluta; es una característica del sistema.
La mayor fortaleza del ultrasonido aparece cuando se analiza desde la sustentabilidad. No contamina agua ni suelo, no deja residuos y no representa un riesgo para la salud humana ni para la biodiversidad. Las plagas perciben los ultrasonidos; las personas no. Esto elimina uno de los grandes conflictos actuales del agro: la presión social y regulatoria sobre el uso de pesticidas.
Para entender mejor el potencial real, reviso estudios previos. Uno de los más relevantes es el trabajo de Hansen (2001), enfocado en el control de plagas superficiales en manzana. En este caso, se evaluó el efecto del ultrasonido sobre la polilla del codling (Cydia pomonella), la araña roja (Tetranychus urticae) y los trips (Frankliniella occidentalis).
Los resultados muestran que la eclosión de huevos de la polilla disminuye conforme aumenta el tiempo de exposición al ultrasonido. Sin embargo, hay un límite. Incluso con exposiciones prolongadas, la mortalidad de huevos no superó el 60%. Esto es importante porque demuestra que el ultrasonido no es una bala de plata. Aumentar el tiempo no garantiza un control total.
En el caso de la araña roja y los trips, la mortalidad también aumentó con mayor exposición, pero nuevamente hasta cierto punto. Además, el ultrasonido no logró remover la escama de San José (Quadraspidiotus perniciosus) de la superficie del fruto. Esto refuerza una conclusión clave: no todas las plagas son susceptibles a este método.
Hasta aquí, el ultrasonido aparece como una herramienta parcial para el manejo integrado de plagas, no como un reemplazo inmediato y total de los pesticidas. Pero el panorama se amplía cuando se analizan otros usos complementarios.
Durante la investigación surge un ángulo adicional muy interesante: el uso de ultrasonidos para reducir residuos de pesticidas en productos agrícolas frescos. Un estudio sobre limpieza asistida por ultrasonidos (UAC) muestra que esta tecnología puede mejorar de forma significativa la seguridad alimentaria.
Los ultrasonidos, aplicados como método de limpieza, permiten remover residuos químicos de la superficie de frutas y hortalizas con gran rapidez. Su principal ventaja es la velocidad del tratamiento, lo que los hace viables para aplicaciones comerciales, especialmente en cadenas de postcosecha donde el tiempo es crítico.
Este enfoque no elimina la necesidad de un manejo responsable de pesticidas, pero sí puede reducir la carga residual en los alimentos que llegan al consumidor. Además, se puede combinar con otros métodos para aumentar su eficacia.
Otro estudio va todavía más lejos al combinar ultrasonidos con corriente eléctrica de baja intensidad en tomate. En este trabajo se probaron distintos niveles de corriente y diferentes tratamientos ultrasónicos, tanto por separado como en conjunto, para eliminar residuos de captán, tiametoxam y metalaxil.
Los resultados son relevantes. La reducción de residuos alcanzó hasta el 94–95% para algunos ingredientes activos, y alrededor del 69% para otros. Cada compuesto requirió una combinación específica de ultrasonido y corriente eléctrica para maximizar la eficiencia. Esto demuestra que no existe una fórmula única, pero sí un potencial tecnológico real.
Este tipo de soluciones, vistas como un paquete tecnológico, podrían convertirse en alternativas viables para reducir la dependencia de pesticidas, especialmente en etapas de postcosecha. No sustituyen por completo al control químico en campo, pero sí ayudan a mitigar sus efectos.
El mensaje central del episodio es claro. Los ultrasonidos no son una solución universal ni inmediata, pero representan una línea de innovación con fundamentos científicos sólidos. Su principal valor está en la sustentabilidad, la inocuidad y la posibilidad de integrarse a estrategias más amplias de manejo de plagas y seguridad alimentaria.
Todavía falta camino para que estas investigaciones se traduzcan en soluciones comerciales robustas y accesibles. Pero los resultados actuales justifican seguir invirtiendo en su desarrollo. En un contexto donde el agro necesita reducir impactos ambientales sin comprometer productividad, este tipo de tecnologías merece atención seria y crítica, no promesas exageradas ni descartes prematuros.
