En esta entrevista, Ricardo Morales, director de AgroDer, comparte su trayectoria y analiza la urgencia de acelerar la producción agrícola sostenible. Destaca cómo la innovación tecnológica, las estrategias de manejo responsable y el acceso equitativo a prácticas regenerativas pueden transformar el futuro del campo.
Además, se abordan los principales obstáculos para lograr sostenibilidad, desde políticas públicas hasta indicadores de medición eficaces. Ricardo también presenta la propuesta de valor de AgroDer, reflexionando sobre el papel de los agricultores y la necesidad de una transición consciente hacia sistemas más resilientes y productivos.
Este episodio gira alrededor de una pregunta que ya no admite postergaciones: cómo acelerar la producción agrícola sostenible sin caer en discursos vacíos ni recetas mágicas. La conversación con Ricardo Morales pone el tema sobre la mesa con claridad y sin maquillaje. Desde el inicio queda claro que la sostenibilidad no es una moda ni un sello bonito para vender mejor, sino una condición básica para que el campo siga produciendo en los próximos años. No se trata de salvar al planeta en abstracto; se trata de que los sistemas agrícolas sigan funcionando.
Ricardo comparte su trayectoria y cómo esa experiencia lo llevó a entender que muchos de los problemas actuales del agro no son nuevos, pero sí se han acumulado. Durante décadas se priorizó producir más, más rápido y con menos mano de obra, apoyándose de forma casi automática en insumos químicos. El resultado está a la vista: suelos degradados, pérdida de fertilidad natural y sistemas cada vez más frágiles frente al clima y al mercado. Aquí no hay acusaciones, hay diagnóstico. Así se trabajó y así se llegó hasta aquí.
Uno de los puntos centrales es el uso intensivo de fertilizantes y pesticidas. No se niega su papel histórico en el aumento de rendimientos, pero se reconoce el costo oculto. Ricardo lo plantea sin rodeos: cuando el suelo deja de ser un sistema vivo y se convierte en un simple soporte inerte, la dependencia externa se vuelve permanente. Cada ciclo exige más insumos para sostener rendimientos que, aun así, empiezan a estancarse. La sostenibilidad comienza en el suelo, y cualquier estrategia que lo ignore está condenada a fallar.
La conversación también entra en el tema tecnológico, pero con los pies bien puestos en la tierra. Hay tecnología disponible, sí, y mucha. Sensores, plataformas de datos, agricultura de precisión, monitoreo remoto. El problema no es la ausencia de soluciones, sino el acceso real a ellas. En muchas regiones, la conectividad es limitada y la asistencia técnica insuficiente. Además, no toda tecnología está pensada para todos los contextos productivos. La brecha tecnológica no es solo económica; también es formativa y cultural.
Ricardo insiste en que la adopción tecnológica debe tener sentido agronómico y económico. No sirve incorporar herramientas si el productor no entiende qué decisión tomar con esa información o si la inversión no se justifica en su escala productiva. Aquí aparece un concepto clave: apropiación. La tecnología útil es la que se integra al manejo diario y mejora decisiones concretas, no la que queda como un adorno en la presentación de un proyecto.
Otro factor que limita la transición hacia sistemas sostenibles es la presión económica. Muchos productores trabajan con márgenes mínimos y bajo una lógica de corto plazo impuesta por el mercado. En ese contexto, cualquier cambio que implique inversión o riesgo se percibe como una amenaza. Ricardo lo explica con crudeza: pedir sostenibilidad sin revisar los incentivos es una contradicción. No se puede exigir visión de largo plazo a quien apenas logra cerrar el ciclo actual. La sostenibilidad también es un problema de estructura económica.
El episodio entra entonces en el terreno de las políticas públicas. No desde una postura ideológica, sino práctica. Falta alineación entre discursos institucionales y herramientas concretas. Se habla de sostenibilidad, pero los indicadores que se miden y se premian siguen siendo los de siempre: volumen, rendimiento, superficie. Mientras no se mida salud del suelo, eficiencia en el uso de recursos o resiliencia del sistema, el mensaje seguirá siendo confuso. Lo que no se mide, no se gestiona.
En este punto, Ricardo presenta el enfoque de AgroDer. Más que una empresa o un proyecto, se plantea como una propuesta de valor orientada a acompañar procesos de transición. No promete soluciones instantáneas, sino procesos graduales, medibles y adaptados a cada realidad productiva. La idea central es clara: la sostenibilidad no se impone, se construye. Y se construye con datos, con acompañamiento técnico y con decisiones informadas.
Un aspecto relevante es el énfasis en la agricultura regenerativa. No como etiqueta, sino como enfoque. Se habla de devolverle funcionalidad al suelo, mejorar la biodiversidad, optimizar el uso del agua y reducir dependencias externas. Ricardo subraya que esto no implica volver al pasado ni renunciar a la productividad. Al contrario, los sistemas regenerativos bien manejados pueden ser más estables y competitivos en el tiempo. El problema es que requieren un cambio de lógica, y eso siempre incomoda.
El cambio climático aparece como telón de fondo permanente. Sequías más frecuentes, lluvias desordenadas, temperaturas extremas. Frente a ese escenario, muchos productores reaccionan apagando incendios: más riego, más insumos, decisiones de emergencia. Ricardo plantea que esa reacción es comprensible, pero peligrosa. La resiliencia no se construye en la emergencia, se diseña antes. Sistemas diversos, suelos sanos y manejo adaptativo son herramientas mucho más eficaces que cualquier insumo de última hora.
También se aborda la brecha de conocimiento. Hay información, pero no siempre llega bien al campo. Muchas veces es excesivamente técnica, descontextualizada o pensada desde realidades muy distintas. Ricardo insiste en la importancia de traducir conocimiento en prácticas concretas. Capacitar no es solo informar; es acompañar la implementación, medir resultados y ajustar. Sin transferencia efectiva, la innovación se queda en el papel.
A lo largo del episodio se refuerza una idea: el agricultor no es el problema, es parte central de la solución. Pero para que eso ocurra, necesita herramientas, incentivos y confianza. La transición hacia una producción sostenible no puede basarse en culpa ni en imposiciones. Debe basarse en evidencia, rentabilidad y sentido común. Cuando un productor ve resultados reales, el cambio deja de ser ideológico y se vuelve práctico.
Hacia el cierre, queda claro que acelerar la producción agrícola sostenible no significa correr sin dirección. Significa tomar decisiones más inteligentes, medir lo que importa y dejar de postergar lo evidente. No hay atajos, pero sí caminos claros. Como conductor, Olmo Axayacatl acompaña una conversación que evita la grandilocuencia y se enfoca en lo que realmente mueve al sector: producir bien, hoy y mañana.
El episodio deja una sensación clara: la sostenibilidad ya no es opcional. Es una condición operativa. Y quien antes lo entienda, tendrá más margen de maniobra. Quien lo siga viendo como una exigencia externa, llegará tarde. Así de simple.
