Episodio 003: Glifosato, el herbicida más polémico

El debate sobre el glifosato, el herbicida más utilizado del mundo, sigue creciendo entre agricultores, científicos y gobiernos. En este episodio se analiza cómo funciona esta molécula, por qué genera tanta controversia y qué implicaciones tiene para la agricultura moderna y la producción de alimentos.

También se revisa la historia del compuesto, desde su descubrimiento hasta su expansión global. Se abordan decisiones políticas, datos de uso y posturas científicas, incluyendo referencias a Monsanto, Bayer y organismos internacionales que han evaluado su impacto y su papel dentro de los sistemas agrícolas actuales.


Conoce las Perspectivas Agroalimentarias 2026 del Grupo Consultor de Mercados Agrícolas
Regístrate sin costo

El glifosato es considerado el herbicida más polémico del mundo, pero al mismo tiempo es el más utilizado. Su presencia está tan extendida que se encuentra en prácticas agrícolas de prácticamente todos los continentes. Comprender qué es, cómo funciona y por qué genera debate resulta esencial para entender parte de la agricultura moderna.

Desde una perspectiva técnica, el glifosato es el ingrediente activo presente en numerosos herbicidas comerciales. Su mecanismo de acción consiste en bloquear la ruta del shikimato, un proceso bioquímico que permite a las plantas sintetizar aminoácidos aromáticos esenciales. Al inhibir esta vía metabólica, la planta pierde la capacidad de producir compuestos indispensables para su crecimiento y termina muriendo.

Esta característica explica por qué el herbicida ha sido considerado selectivo desde el punto de vista biológico. La ruta del shikimato está presente en plantas, bacterias y algunos microorganismos, pero no existe en animales. Esa diferencia ha sido utilizada durante años como argumento para sostener que el compuesto tiene baja toxicidad en humanos.

Sin embargo, la discusión científica no ha sido simple. Existen investigaciones que sugieren posibles efectos en la salud humana, aunque muchas de ellas han sido cuestionadas por problemas metodológicos. La dificultad radica en distinguir entre causalidad y correlación. Es decir, demostrar que una sustancia provoca directamente un efecto específico en el organismo humano no es lo mismo que encontrar coincidencias estadísticas entre exposición y enfermedad.

A pesar de la controversia, el glifosato sigue siendo una herramienta central en la agricultura. Se utiliza principalmente para controlar malezas, pero también tiene aplicaciones particulares en algunos cultivos. En el caso de la caña de azúcar, por ejemplo, puede emplearse para favorecer la acumulación de sacarosa antes de la cosecha.

Su uso se multiplicó especialmente con la introducción de cultivos genéticamente modificados. Algunas variedades agrícolas fueron desarrolladas para resistir el glifosato, lo que permite aplicar el herbicida en el campo sin dañar el cultivo principal. De esta manera se eliminan las malezas mientras la planta cultivada continúa creciendo.

Este sistema tecnológico cambió profundamente el manejo de los cultivos. La posibilidad de aplicar un herbicida de amplio espectro sin afectar la producción agrícola facilitó el control de malezas y simplificó muchas labores en el campo.

La historia del glifosato se remonta a mediados del siglo XX. La molécula fue sintetizada por primera vez en 1950 por el químico Henry Martin, quien trabajaba en una empresa farmacéutica. En ese momento no se encontró una aplicación clara para el compuesto, por lo que su potencial permaneció sin aprovechar durante varios años.

La situación cambió en 1970 cuando John Franz, químico orgánico de Monsanto, descubrió sus propiedades herbicidas. Este hallazgo llevó a la comercialización del producto en 1974 bajo el nombre de Roundup. Desde entonces comenzó una expansión gradual que terminaría convirtiendo al glifosato en uno de los productos agrícolas más utilizados del planeta.

El crecimiento de su uso se aceleró en la década de los noventa. Entre 1994 y 1996, Monsanto introdujo cultivos genéticamente modificados capaces de resistir el herbicida. Este sistema, conocido como Roundup Ready, integró semillas modificadas y herbicidas dentro de un mismo modelo productivo.

Otro momento importante ocurrió en el año 2000, cuando expiró la patente original del glifosato. A partir de ese momento comenzaron a aparecer numerosos productos genéricos fabricados por distintas empresas. La disponibilidad del ingrediente activo aumentó y su uso se extendió aún más en distintos países.

Actualmente el glifosato continúa asociado históricamente a Monsanto, aunque la empresa fue adquirida por Bayer en 2018. Esta adquisición trasladó parte del debate público y legal hacia la nueva compañía propietaria.

Las cifras globales ayudan a dimensionar la magnitud del fenómeno. Se estima que 8.600 millones de kilogramos de glifosato han sido aplicados en el mundo desde su introducción. De ese total, aproximadamente 1.600 millones de kilogramos se han utilizado en Estados Unidos, lo que representa cerca del 19 % del consumo mundial.

Un dato particularmente relevante es que dos terceras partes de ese volumen en Estados Unidos se aplicaron durante la última década. Esto refleja cómo el uso del herbicida ha crecido de manera significativa en tiempos recientes.

A pesar de su amplia utilización, la sustancia tiene una característica que suele mencionarse en su defensa: su vida media relativamente corta en el suelo. Se calcula que permanece alrededor de 22 días, lo que significa que no tiende a acumularse durante largos periodos en el ambiente.

La controversia alrededor del glifosato también se alimenta de comparaciones con otros productos químicos. Existen herbicidas y pesticidas considerados más tóxicos que continúan utilizándose en distintas regiones del mundo. Un ejemplo mencionado con frecuencia es la atrazina, que actúa mediante mecanismos menos específicos y puede afectar procesos biológicos en organismos distintos de las plantas.

Otro caso es el paraquat, un herbicida extremadamente tóxico para los seres humanos. A pesar de su peligrosidad, sigue empleándose en algunos sistemas agrícolas. Estas comparaciones generan preguntas sobre por qué el debate público se ha concentrado con tanta intensidad en el glifosato.

El tema también tiene dimensiones políticas y sociales. En varios países se discuten posibles restricciones o prohibiciones. Europa ha sido uno de los escenarios más activos en este debate.

En Francia, por ejemplo, el presidente Emmanuel Macron prometió eliminar el uso del glifosato por parte del gobierno. El compromiso incluía retirar el herbicida de aplicaciones no agrícolas, como el control de malezas en espacios urbanos.

Sin embargo, la implementación de esa promesa ha enfrentado dificultades. Una de las razones principales es la falta de alternativas que puedan sustituir completamente al glifosato en diferentes contextos. Agricultores franceses han señalado que eliminarlo sin soluciones equivalentes podría complicar el manejo de cultivos.

La discusión refleja un problema más amplio. La agricultura contemporánea depende en gran medida de herramientas químicas para mantener niveles altos de productividad. Reducir o eliminar una de esas herramientas implica replantear prácticas agrícolas completas.

Desde la perspectiva de algunos científicos, esta dependencia es una realidad difícil de modificar rápidamente. Robin Mesnage, toxicólogo del King’s College, ha señalado que el glifosato se ha vuelto una pieza importante dentro de los sistemas agrícolas actuales.

Esto no significa que la sustancia esté libre de cuestionamientos. La evaluación de riesgos ha cambiado con el tiempo. En 1993 la EPA y la Organización Mundial de la Salud clasificaron el glifosato como una sustancia de baja toxicidad, postura que fue reiterada en el año 2000.

No obstante, en 2015 la OMS lo clasificó como probablemente cancerígeno, ubicándolo en el grupo 2A. Esta categoría incluye actividades y exposiciones que presentan evidencia limitada de carcinogenicidad en humanos.

La clasificación suele generar interpretaciones exageradas. Estar en el grupo 2A no significa que la sustancia cause cáncer de forma directa o inevitable. En esa misma categoría se encuentran profesiones o hábitos cotidianos, como trabajar como peluquero o realizar turnos nocturnos que alteran los patrones de sueño.

Aun así, la decisión alimentó el debate global. Gobiernos, organizaciones ambientales, agricultores y empresas comenzaron a discutir con mayor intensidad el futuro del herbicida.

Otro aspecto relevante es la regulación del uso urbano. En algunos lugares se ha restringido su aplicación fuera de la agricultura. La intención es limitar la exposición en espacios públicos donde el control de malezas puede realizarse mediante métodos alternativos.

El panorama actual muestra una combinación compleja de factores científicos, económicos y políticos. Por un lado, el glifosato sigue siendo una herramienta central en la producción agrícola. Por otro, la presión social y regulatoria continúa aumentando.

Esta tensión explica por qué el herbicida permanece en el centro de la discusión. La agricultura necesita soluciones eficaces para controlar malezas y garantizar la producción de alimentos para una población mundial creciente. Al mismo tiempo, la sociedad exige evaluaciones rigurosas sobre los posibles efectos ambientales y sanitarios de las tecnologías utilizadas en el campo.

El resultado es un debate abierto que probablemente continuará durante muchos años. Mientras tanto, el glifosato permanece como uno de los ejemplos más claros de cómo una tecnología agrícola puede transformarse en un tema científico, político y social al mismo tiempo.