Episodio 018: Uso de pesticidas en el control de fitopatógenos

En este episodio de Podcast Agricultura se aborda un problema silencioso que puede arruinar cualquier estrategia fitosanitaria: la resistencia a pesticidas, un fenómeno que surge cuando el uso repetido de una misma molécula permite que ciertos organismos sobrevivan y se reproduzcan. Comprender este proceso resulta clave para proteger cultivos y mantener la eficacia de los productos disponibles.

A lo largo del episodio se explica cómo funciona la selección genética en plagas, por qué el mal manejo de pesticidas acelera la resistencia, y qué prácticas ayudan a retrasarla. También se analiza el papel de la capacitación agrícola y la necesidad de aplicar principios de manejo integrado de plagas para evitar perder herramientas de control.


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El episodio gira alrededor de un problema central en la protección de cultivos: la aparición de resistencia a los plaguicidas dentro de las poblaciones de plagas y patógenos. Comprender este fenómeno permite explicar por qué ciertos productos que durante años funcionaron bien dejan de ofrecer resultados aceptables en campo.

La resistencia es, ante todo, una característica genética. En cualquier población de organismos existen individuos que poseen mutaciones que les permiten sobrevivir a la exposición de un pesticida. Estas mutaciones aparecen de manera natural. Cuando se aplica repetidamente un producto químico, los individuos susceptibles mueren mientras que aquellos con genes resistentes sobreviven y se reproducen.

Ese proceso genera una presión de selección. Con cada aplicación del mismo ingrediente activo, la proporción de individuos resistentes aumenta en la población. Gradualmente, el producto deja de controlar eficazmente a la plaga. El problema no radica en que el pesticida haya cambiado su formulación o perdido potencia, sino en que la población objetivo ha evolucionado.

En el campo esta situación suele interpretarse de otra manera. Muchos agricultores afirman que cierto producto “ya no funciona como antes”. Sin embargo, lo que ocurre en realidad es que las poblaciones de plagas han desarrollado resistencia, resultado directo del uso repetido de una misma molécula durante largos periodos.

El proceso de resistencia se acelera cuando se adoptan ciertas prácticas de manejo inadecuadas. Una de las más importantes es el uso continuo del mismo plaguicida o de otros que poseen mecanismos de acción muy similares. Al no variar las herramientas de control, la presión de selección se mantiene constante.

Otro factor importante es la aplicación incorrecta de las dosis. Tanto las dosis demasiado bajas como las excesivamente altas pueden favorecer el desarrollo de resistencia. Las dosis insuficientes permiten que sobrevivan individuos parcialmente tolerantes. Las dosis demasiado elevadas eliminan rápidamente a los susceptibles y dejan campo libre a los resistentes.

La calidad de la aplicación también influye. Cuando la cobertura es deficiente o el producto no llega adecuadamente a la superficie tratada, algunos individuos sobreviven al tratamiento. Esos sobrevivientes pueden portar genes que después se propagan en la población.

Un error frecuente consiste en intentar controlar las plagas exclusivamente mediante pesticidas. Cuando el manejo se basa únicamente en aplicaciones químicas, la presión de selección es constante y el sistema se vuelve insostenible a largo plazo.

Por esa razón se propone integrar otras herramientas dentro de la estrategia de control. Entre ellas destacan diferentes formas de trampeo, como trampas con vinagre o levadura, así como trampas de colores. Estas herramientas ayudan a reducir poblaciones sin recurrir de inmediato a productos químicos.

El objetivo principal del manejo de la resistencia consiste en prevenir o retrasar la acumulación de organismos resistentes dentro de las poblaciones de plagas. Mantener una alta proporción de individuos susceptibles permite conservar la eficacia de los pesticidas durante más tiempo.

En muchos casos se habla también de manejo de la susceptibilidad. El enfoque consiste en mantener dentro de la población una reserva suficiente de organismos sensibles a los pesticidas. De esa manera los genes de resistencia se mantienen en niveles bajos.

El desafío radica en encontrar un equilibrio. Por un lado se necesita proteger el cultivo para evitar pérdidas de rendimiento. Por otro lado se debe reducir la presión de selección que favorece la resistencia. Ese balance es una de las tareas más complejas del manejo fitosanitario.

Los principios para manejar la resistencia parecen sencillos cuando se describen de manera teórica. Sin embargo, llevarlos a la práctica resulta complicado porque cada sistema agrícola presenta condiciones distintas. Cada cultivo tiene plagas diferentes y cada región posee particularidades propias.

Por ello no existe una receta universal aplicable a todos los cultivos o regiones. El manejo efectivo depende de comprender la relación específica entre cultivo, plaga y ambiente. Sin ese conocimiento resulta difícil diseñar estrategias adecuadas.

En algunas ocasiones se piensa que la resistencia puede resolverse simplemente introduciendo un nuevo pesticida. Aunque la aparición de nuevos mecanismos de acción puede ayudar temporalmente, el problema no desaparece si las prácticas de manejo siguen siendo las mismas.

Además, la agricultura moderna enfrenta una gran diversidad de cultivos, plagas y productos disponibles. Cuando los agricultores de una misma región no coordinan sus estrategias de manejo, el uso desordenado de pesticidas puede provocar que las moléculas pierdan eficacia en muy poco tiempo.

La base para evitar este escenario es implementar un plan de manejo de resistencia. Dicho plan debe adaptarse a las plagas presentes, a los cultivos específicos y a las condiciones de cada región agrícola.

Este enfoque forma parte del manejo integrado de plagas, un sistema que combina múltiples estrategias para mantener las poblaciones por debajo del nivel de daño económico. Dentro de este sistema, los pesticidas no son la primera herramienta sino una medida que se utiliza cuando realmente es necesario.

Un principio fundamental del manejo integrado es usar pesticidas solo cuando otras alternativas no ofrecen resultados suficientes. Si existen métodos culturales, biológicos o mecánicos que puedan reducir la población de plagas, deben aplicarse antes de recurrir al control químico.

Por ejemplo, el uso de trampas o repelentes naturales puede disminuir la presión sobre el cultivo sin incrementar la presión de selección hacia la resistencia. Estos métodos ayudan a mantener bajo control las poblaciones sin depender exclusivamente de productos químicos.

La responsabilidad en este proceso recae en gran medida en los agrónomos. Quienes trabajan en asesoría técnica deben explicar a los productores cómo funciona la resistencia y por qué ciertas prácticas aparentemente económicas pueden generar problemas graves.

Uno de los obstáculos más importantes para implementar estas estrategias es el contexto socioeconómico de los agricultores. En muchas regiones los productores prefieren soluciones rápidas y de bajo costo, aunque a largo plazo resulten menos eficientes.

Aplicar grandes cantidades de un pesticida económico puede parecer una opción sencilla. Sin embargo, esa práctica acelera la selección de individuos resistentes y puede provocar que el producto deje de funcionar en poco tiempo.

En contraste, los programas de manejo de resistencia suelen requerir mayor planificación. Pueden implicar monitoreo constante, instalación de trampas, rotación de productos y capacitación técnica. Todo esto demanda más tiempo y organización.

Aun así, cuando se analiza el sistema en el largo plazo, el manejo adecuado de la resistencia resulta la alternativa más rentable. Mantener la eficacia de los pesticidas disponibles evita pérdidas de producción y reduce la necesidad de introducir nuevos productos constantemente.

Comprender la dinámica de la resistencia permite tomar decisiones más inteligentes en el manejo de plagas. No se trata simplemente de aplicar productos, sino de construir estrategias que mantengan el equilibrio dentro del sistema agrícola.

Al final, proteger los cultivos implica también proteger la eficacia de las herramientas disponibles. Cuando se aplican principios de manejo integrado y se utilizan los pesticidas de manera racional, es posible retrasar significativamente la aparición de resistencia y conservar durante más tiempo las soluciones de control fitosanitario.