La conversación gira en torno a agricultura protegida, políticas públicas agrícolas, formación de agrónomos y futuro del sector agroalimentario. A partir de la experiencia de Cuauhtémoc Vázquez, actual director de Sociedad Mexicana de Especialistas en Agricultura Protegida, se examinan decisiones, errores y oportunidades que están moldeando el desarrollo de esta industria.
También se aborda cómo instituciones como FAO, SAGARPA y INIFAP han influido en la planificación agrícola. La charla permite entender por qué muchos proyectos fracasan, qué papel juegan los agrónomos y cuáles son las competencias profesionales que realmente se necesitan para impulsar la productividad y competitividad del campo.
La conversación comienza revisando la trayectoria profesional de Cuauhtémoc. Su experiencia incluye trabajo con organismos internacionales, instituciones públicas y proyectos de extensión agrícola. Esa combinación de ámbitos le permitió observar cómo se diseñan y ejecutan políticas públicas relacionadas con el campo, así como las diferencias entre la planeación institucional y la realidad de los productores.
Uno de los primeros puntos que resalta es que dentro del ámbito gubernamental muchas actividades están enfocadas en planeación. Gran parte del trabajo consiste en diseñar programas, estrategias y políticas que después deberán traducirse en acciones técnicas en el territorio. Desde esa perspectiva, Cuauhtémoc ha coordinado equipos relativamente grandes, con decenas de técnicos involucrados directa o indirectamente en la implementación de proyectos.
Esa experiencia le permite identificar dos problemas distintos dentro del ejercicio profesional del agrónomo.
Por un lado están los agrónomos que trabajan directamente con productores. En ese nivel observa una carencia importante en habilidades blandas. El conocimiento técnico suele ser sólido, pero cuando se trata de explicar cambios, persuadir a un productor o modificar prácticas arraigadas, muchos profesionales encuentran dificultades.
Trabajar con productores implica más que conocimientos agronómicos. Requiere habilidades de comunicación, empatía e inteligencia emocional. El extensionista debe ser capaz de explicar que la realidad agrícola local forma parte de un sistema más amplio relacionado con mercados, seguridad alimentaria y dinámicas globales. Sin esas herramientas, la transferencia tecnológica se vuelve complicada.
Cuauhtémoc señala que esas habilidades no siempre se enseñan en las universidades. Muchos agrónomos las desarrollan con la experiencia, y en ocasiones lo hacen de manera incorrecta, generando hábitos que dificultan la interacción con productores.
El segundo problema aparece en el nivel de planeación. Ahí identifica una desconexión entre políticas públicas y realidad del campo. En muchos casos, los programas se diseñan inspirándose en modelos extranjeros sin considerar las condiciones locales.
Esto ocurre porque organismos internacionales, como FAO, suelen trabajar en contextos muy distintos, especialmente en países con menor infraestructura institucional. Cuando esas mismas estrategias se aplican en México sin adaptaciones suficientes, los resultados no siempre son los esperados.
Un ejemplo claro aparece en programas gubernamentales que distribuyeron invernaderos a pequeños productores. Aunque en el papel los proyectos parecían bien estructurados, en la práctica muchos terminaron abandonados.
Cuauhtémoc explica que uno de los problemas principales fue la falta de acompañamiento técnico adecuado. Los proyectos se aprobaban, se construía la infraestructura y el apoyo técnico llegaba cuando el ciclo productivo ya estaba iniciado o a punto de terminar. En algunos casos el técnico solo tenía un mes para orientar al productor.
En agricultura, ese tiempo es insuficiente. Implementar nuevas tecnologías requiere acompañamiento constante, aprendizaje progresivo y varios ciclos productivos para consolidar conocimientos.
Otro factor relevante es que los tiempos administrativos del gobierno no coinciden con los tiempos agrícolas. Los procesos burocráticos pueden tardar meses, mientras que las decisiones agronómicas deben ajustarse a calendarios productivos específicos.
Además, cuando un productor acostumbrado al cultivo en campo abierto recibe un invernadero, enfrenta un cambio radical en su forma de producir. La agricultura protegida implica intensificación productiva, control ambiental y manejo técnico diferente.
Ahí aparece un obstáculo adicional: la resistencia al cambio.
Muchos productores mantienen prácticas que han utilizado durante años. Convencerlos de adoptar nuevos métodos requiere demostrar resultados. Si el extensionista logra captar su atención y demostrar mejoras concretas, la adopción puede expandirse rápidamente entre otros productores.
En ese proceso surge un concepto interesante que Cuauhtémoc menciona: los desviados positivos. Son productores que adoptan prácticas diferentes a las de su entorno y logran mejores resultados. Esos casos pueden convertirse en ejemplos que motivan a otros a cambiar.
También comparte experiencias regionales donde la agricultura protegida ha crecido de forma significativa. En algunas zonas de Puebla, por ejemplo, pequeños productores comenzaron con invernaderos de mil o dos mil metros cuadrados y con el tiempo expandieron sus superficies hasta alcanzar alrededor de una hectárea o más por productor.
Ese tipo de crecimiento muestra que la tecnología puede funcionar cuando se adapta correctamente a las condiciones locales y existe aprendizaje continuo.
En cuanto al futuro del sector, Cuauhtémoc considera que la agricultura protegida seguirá expandiéndose. Existen varias razones para ello.
Primero, la disponibilidad de tierra fértil es limitada. Segundo, el cambio climático introduce incertidumbre en la producción agrícola tradicional. Y tercero, la demanda global de alimentos continúa creciendo.
En ese contexto, la agricultura protegida ofrece una ventaja importante: producir más utilizando menos recursos. Por esa razón, la describe como una de las estrategias que pueden contribuir a enfrentar los desafíos alimentarios del futuro.
Sin embargo, advierte que el éxito depende de entender la producción como un modelo de negocio agroempresarial. La inversión inicial puede ser alta, por lo que es necesario definir mercados, cultivos y estrategias comerciales antes de iniciar un proyecto.
Durante varios años el cultivo dominante dentro de los invernaderos fue el jitomate. A ese fenómeno se le llegó a llamar “jitomatización” de la agricultura protegida. Con el tiempo comenzaron a diversificarse los cultivos.
Actualmente también destacan pimientos, pepinos, berenjena, higo y especialmente berries, cuyo crecimiento ha sido muy rápido en los últimos años.
Incluso plantea que en el futuro algunos cultivos básicos podrían producirse en sistemas protegidos si se logran aumentos significativos en rendimiento por planta. Menciona el caso de un especialista mexicano que ha alcanzado rendimientos extraordinarios en maíz mediante manejo intensivo.
En términos tecnológicos, considera que aún existen áreas de innovación. La automatización y los robots ya están presentes en algunos países, aunque su adopción en México dependerá de factores económicos y laborales.
También identifica oportunidades en sistemas de calefacción y enfriamiento más eficientes para invernaderos.
Curiosamente, otra tendencia puede ser la simplificación. En algunos casos, estructuras más sencillas como macrotúneles han demostrado ser adecuadas para ciertos cultivos, especialmente berries.
Esto refleja una lección importante: no siempre la tecnología más sofisticada es la mejor opción. La clave está en adaptar la infraestructura a las condiciones climáticas y productivas de cada región.
La conversación también aborda el desarrollo profesional de los agrónomos. Cuauhtémoc señala que muchos programas universitarios todavía preparan a los estudiantes para un mercado laboral que ya no existe.
Durante décadas, el sector público absorbía a muchos egresados. Actualmente esa realidad cambió. El sector privado, el emprendimiento agroempresarial y la especialización técnica son caminos cada vez más relevantes.
Por ello insiste en que la formación debe incluir liderazgo, comunicación, autoconocimiento e inteligencia emocional. Estas habilidades permiten gestionar equipos, resolver conflictos y generar cambios dentro de los sistemas productivos.
Finalmente se aborda el tema de la organización gremial de los agrónomos. Aunque existen asociaciones regionales o temáticas, no hay una organización nacional fuerte que represente al sector profesional.
Otros gremios, como el de médicos veterinarios, han logrado consolidar estructuras que influyen en decisiones regulatorias y políticas públicas. En agronomía todavía falta construir una representación similar.
En ese contexto surge la iniciativa de la Sociedad Mexicana de Especialistas en Agricultura Protegida. La organización busca generar espacios de colaboración, difusión de innovación, capacitación y consultoría para productores y empresas.
Entre sus actividades se encuentran cursos, asesoría técnica, difusión de conocimientos y construcción de redes entre especialistas. El objetivo es fortalecer el intercambio de experiencias y contribuir al desarrollo del sector.
En conjunto, la conversación deja una conclusión clara: el futuro del campo depende tanto de la tecnología como de la capacidad de las personas para aprender, adaptarse y colaborar dentro de sistemas productivos cada vez más complejos.

