La conversación gira alrededor de inocuidad agrícola, responsabilidad social, certificaciones internacionales y la manera en que una organización como Eleven Rivers busca elevar el estándar del campo mexicano. Edgar Ramírez explica cómo los productores pueden proteger al consumidor, al trabajador y al medio ambiente sin perder competitividad en mercados exigentes.
También se explora el origen de Eleven Rivers, una iniciativa impulsada por agricultores de Sinaloa que decidieron organizarse para mejorar sus procesos. A partir de la experiencia de Edgar Ramírez, se entiende cómo la auditoría interna, la mejora continua y el cumplimiento normativo pueden transformar la reputación agrícola de toda una región.
La conversación inicia con la presentación de Edgar, ingeniero bioquímico formado en la Universidad Autónoma de Sinaloa, quien trabaja como coordinador de auditoría interna en Eleven Rivers. Su labor consiste en supervisar que las empresas agrícolas mantengan buenas prácticas relacionadas con inocuidad y responsabilidad social. Desde su perspectiva, estos dos temas se han convertido en pilares indispensables para la agricultura moderna.
Eleven Rivers surge como respuesta a un problema concreto dentro del sector agrícola. Un grupo de productores sinaloenses identificó que los incidentes relacionados con contaminación alimentaria podían afectar gravemente la reputación de toda la región. A partir de esa preocupación decidieron organizarse para crear una estructura que vigilara y fortaleciera las prácticas de producción.
La organización comenzó en 2009 con una idea clara: mantener a las empresas agrícolas alineadas con las normas que garantizan alimentos seguros y condiciones laborales adecuadas. En lugar de limitarse a reaccionar ante problemas, el objetivo era anticiparlos. Así nació un sistema de acompañamiento técnico que revisa constantemente las operaciones de los productores.
En la práctica, el trabajo consiste en realizar auditorías internas semanales dentro de las empresas agrícolas. Estas auditorías evalúan desde las prácticas en campo hasta las condiciones de los empaques, los sistemas de gestión de calidad y el cumplimiento de normativas laborales. De esta forma se detectan fallas antes de que una auditoría oficial las señale.
Uno de los conceptos centrales es la inocuidad alimentaria. Edgar explica que producir alimentos implica una responsabilidad directa con la salud del consumidor. Un producto agrícola puede contaminarse por múltiples factores: manipulación inadecuada, mala higiene, agua contaminada o instalaciones deficientes.
Por esa razón, prácticas aparentemente simples como el lavado de manos adquieren una enorme importancia. En contextos como la pandemia de COVID, muchas de estas medidas se volvieron más visibles, pero en realidad forman parte de la base de cualquier sistema de inocuidad.
El segundo eje del trabajo de Eleven Rivers es la responsabilidad social. Este concepto abarca todos los impactos que una empresa agrícola genera en su entorno. Incluye el trato a los trabajadores, el cuidado del medio ambiente y la responsabilidad con los consumidores.
Una empresa agrícola socialmente responsable debe garantizar condiciones dignas de trabajo, cumplir con la legislación laboral y asegurar que las personas que participan en la producción estén protegidas. También debe gestionar adecuadamente residuos, evitar contaminación ambiental y cuidar los recursos naturales.
Edgar explica que muchas veces los agricultores perciben estas prácticas como gastos adicionales. Sin embargo, el enfoque de Eleven Rivers consiste en mostrar que en realidad se trata de inversiones estratégicas.
Por ejemplo, si un productor no ofrece buenas condiciones a sus trabajadores, es probable que esos trabajadores no regresen en la siguiente temporada. Eso implica nuevos costos de contratación, capacitación y adaptación. A largo plazo, resulta más caro descuidar a la fuerza laboral.
Algo similar ocurre con el medio ambiente. Si una empresa contamina su agua o sus suelos, eventualmente tendrá que invertir más dinero para recuperar esos recursos o enfrentar sanciones legales. Prevenir el problema siempre resulta más económico que corregirlo.
Además, los mercados internacionales exigen cada vez más certificaciones. Muchos compradores piden estándares específicos de inocuidad o responsabilidad social. Cumplir con esos requisitos se vuelve una condición necesaria para acceder a ciertos clientes.
En ese contexto, Eleven Rivers no funciona como una certificadora. Más bien actúa como un organismo de verificación y acompañamiento. Las empresas agrícolas obtienen certificaciones con organismos externos, pero Eleven Rivers revisa constantemente que se mantengan en cumplimiento.
Entre los esquemas más comunes se encuentran PrimusGFS, GlobalG.A.P. y el sistema nacional de reducción de riesgos del SENASICA en temas de inocuidad. En responsabilidad social aparecen certificaciones como SMETA o programas de empresa agrícola responsable.
El papel de Eleven Rivers consiste en asegurar que las empresas mantengan los estándares requeridos por esas certificaciones. Si detectan desviaciones, se corrigen antes de que las auditorías oficiales ocurran.
La organización también tiene un componente colectivo importante. No se trata de una empresa tradicional creada por inversionistas externos, sino de una iniciativa impulsada directamente por productores. Ellos forman el consejo directivo que toma las decisiones estratégicas.
Ese consejo define las líneas de acción y nombra al director de la organización. A partir de ahí se contratan especialistas técnicos que realizan las auditorías y el trabajo operativo.
Este modelo tiene una ventaja importante. Aunque los productores financian la organización, el equipo técnico trabaja de forma independiente para evitar conflictos de interés. Esto permite señalar errores y proponer mejoras con mayor objetividad.
Uno de los beneficios más claros de esta estructura es la diferenciación en el mercado. La idea es que los compradores internacionales reconozcan que una empresa vinculada con Eleven Rivers mantiene altos estándares de producción.
A largo plazo, la meta es que el propio estado de Sinaloa sea identificado como una región que produce alimentos seguros y responsables. En otras palabras, construir una reputación colectiva basada en buenas prácticas.
Los cultivos que actualmente forman parte de este sistema son principalmente hortalizas frescas. Entre ellos destacan tomate, chile, pepino y berenjena. También se está comenzando a trabajar con frutas como el limón, y existe interés en integrar sectores como el mango.
Las auditorías se aplican sin importar el sistema de producción. Puede tratarse de campo abierto, invernaderos, hidroponía o malla sombra. Lo importante es que el producto esté destinado al consumo fresco.
Otro tema que aparece es la disponibilidad de mano de obra agrícola. En Sinaloa, muchos trabajadores provienen de estados como Oaxaca, Guerrero o Veracruz. También llegan personas de zonas serranas del propio estado.
Sin embargo, existen desafíos importantes. Uno de ellos es la eliminación del trabajo infantil, que reduce la cantidad de personas disponibles para ciertas labores. Otro problema son factores sociales como la violencia en algunas regiones, que puede provocar que los trabajadores abandonen las zonas agrícolas.
Estos factores muestran que la agricultura no depende únicamente de cuestiones técnicas. También está profundamente influida por realidades sociales y económicas.
Actualmente, Eleven Rivers trabaja con alrededor de treinta productores que representan más de la mitad de la producción agrícola del estado. El plan es expandirse gradualmente para incluir también a productores más pequeños.
La organización se financia exclusivamente con aportaciones de los propios agricultores. No recibe recursos gubernamentales ni subsidios externos. Esto refuerza la idea de que se trata de una iniciativa creada desde el propio sector productivo.
Aunque productores de otros estados han mostrado interés en participar, por ahora el proyecto está limitado a Sinaloa. La intención es consolidar primero el modelo en la región antes de considerar una expansión.
Edgar describe el papel de la organización con una metáfora clara. Eleven Rivers funciona como un seguro preventivo para los agricultores. La idea es evitar crisis relacionadas con contaminación alimentaria, conflictos laborales o incumplimientos regulatorios.
Si algún problema llega a surgir, la organización ya tiene evidencia de las prácticas implementadas y puede respaldar a los productores. Pero el objetivo principal sigue siendo evitar que esos problemas ocurran.
En ese sentido, el trabajo diario se enfoca en algo muy simple pero poderoso: mantener a los agricultores dentro de las reglas y mejorar constantemente sus procesos.
A través de auditorías, capacitación y seguimiento continuo, Eleven Rivers busca que la producción agrícola sinaloense sea reconocida por tres valores clave: inocuidad, calidad y responsabilidad social.

