Episodio 132: Comercio exterior de productos agrícolas con Laura Frías

Comercio exterior de productos agrícolas con Laura Frías

Descarga mi plantilla gratuita…

Prepara y ejecuta una conversación difícil en el trabajo


El comercio internacional puede transformar el destino de los productos del campo cuando se entiende cómo funcionan los protocolos sanitarios, los mercados internacionales y las reglas del comercio agrícola. Laura Frías comparte su experiencia trabajando en Asia y explica cómo se abren mercados para alimentos mexicanos.

En esta conversación se desmenuzan los procesos de exportación, el papel de SENASICA y las autoridades sanitarias, y las oportunidades que existen en países como China, Corea y Japón. Laura Frías muestra por qué el sector agrícola mexicano tiene condiciones únicas para competir globalmente.

El comercio internacional de productos agrícolas no empieza con un contenedor lleno de alimentos saliendo del país. Empieza mucho antes, con normas sanitarias, negociaciones entre gobiernos y una serie de procesos técnicos que determinan si un producto puede o no entrar a otro mercado. Comprender ese proceso permite ver con claridad por qué exportar alimentos puede tomar años de preparación.

Una parte fundamental son los protocolos fitosanitarios, que existen porque muchos productos agrícolas pueden transportar plagas o enfermedades. Cada país protege su agricultura mediante controles estrictos. En el caso de México, la institución encargada de verificar esos requisitos es SENASICA, que trabaja junto con dependencias del país importador para validar que el producto cumple con las condiciones necesarias.

El proceso suele iniciar cuando una empresa o un grupo de productores manifiesta su interés en exportar a un país específico. A partir de ahí se solicita un análisis de riesgo de importación, un estudio técnico que evalúa si el producto puede introducir plagas o enfermedades al país destino. Este análisis es largo y complejo. Puede tardar entre tres y cinco años, dependiendo del producto y del país.

Una vez iniciado ese análisis, autoridades sanitarias del país interesado visitan México. Revisan huertos, plantas de empaque y sistemas de control sanitario. Inspeccionan cada etapa de producción para verificar que el proceso cumple estándares internacionales. Después de estas visitas emiten un dictamen donde especifican riesgos encontrados y las adecuaciones necesarias.

Ese dictamen obliga a los productores o empresas a realizar cambios. Puede implicar modificar instalaciones, mejorar procesos de manejo sanitario o implementar nuevos controles de trazabilidad. Una vez realizados los ajustes se envía evidencia documental para demostrar que se cumplieron las recomendaciones.

Si todo se valida correctamente, se autoriza el protocolo de exportación, lo que significa que el producto puede ingresar al país destino. Sin embargo, ese permiso no se otorga de forma indefinida ni automática para cualquier productor. Primero se abre el mercado para el producto mexicano en general, y después cada planta o huerto debe obtener su certificación individual.

Este punto es clave. La apertura del mercado ocurre a nivel nacional. No se hace para una sola empresa ni para un productor específico. Cuando un país autoriza la entrada de un producto, reconoce que México tiene la capacidad de producirlo con estándares sanitarios adecuados. Posteriormente, las plantas y huertos que desean exportar deben certificarse para demostrar que cumplen las condiciones.

Por esa razón, la exportación agrícola muchas veces es un logro colectivo. Un ejemplo es el caso del limón persa, cuya apertura de mercado tardó casi seis años. Primero se consiguió la autorización del producto, y después se certificaron los huertos y empacadoras que querían participar.

Otro ejemplo importante ocurrió con productos cárnicos mexicanos. Lograr el acceso a mercados como China implicó negociaciones políticas y sanitarias durante años. En algunos casos, decisiones diplomáticas aceleraron procesos que normalmente hubieran tomado mucho más tiempo.

La política internacional también puede influir en el comercio agrícola. Cuando existe buena relación entre gobiernos, ciertos protocolos pueden resolverse más rápido. En otros casos, las negociaciones sanitarias avanzan lentamente debido a intereses económicos o medidas de protección de la industria local.

Ese tipo de medidas se observa también en el dumping y las acciones antidumping. Estas se aplican cuando un país considera que los productos importados se venden por debajo de su precio real, lo que puede afectar a productores locales. Aunque a veces son medidas legítimas, también pueden usarse como herramientas proteccionistas para limitar las importaciones.

Aun así, los tratados comerciales no siempre son indispensables para exportar. Un producto puede entrar a un mercado incluso sin tratado de libre comercio, aunque pagando aranceles más altos. El tratado simplemente facilita el comercio reduciendo impuestos o simplificando procedimientos.

Un concepto central en este proceso es el arancel, que es el impuesto que paga un producto al ingresar a otro país. Este impuesto se calcula generalmente como un porcentaje del valor del producto exportado. Dependiendo del mercado, ese arancel puede ser bajo o extremadamente alto.

A pesar de esos obstáculos, el comercio internacional puede ser muy rentable. Algunos mercados pagan precios muy superiores a los del mercado interno. Un ejemplo es el limón en Corea, donde el precio por pieza puede alcanzar valores que multiplican varias veces el precio en México.

Sin embargo, para aprovechar esas oportunidades los productores deben adaptarse a las exigencias del mercado. Muchos países tienen estándares de calidad extremadamente estrictos. No basta con producir alimentos; también es necesario cumplir especificaciones de tamaño, color, presentación y empaque.

En mercados asiáticos, por ejemplo, los compradores pueden exigir espárragos perfectamente rectos, de color uniforme y con medidas exactas. Estas exigencias no son caprichosas. Reflejan la cultura de consumo de esos países, donde la calidad visual y la consistencia del producto son muy valoradas.

Cuando los productores aceptan adaptarse a esas condiciones, pueden obtener contratos estables y precios más altos. Un caso ilustrativo ocurrió con una empresa mexicana que logró exportar espárragos a Corea después de ajustar su producción a los requisitos del comprador.

Existen también historias de empresas que comenzaron con volúmenes pequeños. Algunas iniciaron exportando apenas unas toneladas de café o aceite de aguacate. Con el tiempo, al consolidar relaciones comerciales, esas exportaciones crecieron hasta convertirse en negocios sostenidos.

Uno de los problemas más frecuentes no es técnico ni sanitario, sino cultural. Muchos productores prefieren vender en mercados conocidos antes que explorar mercados internacionales. A veces la decisión se basa en comodidad, desconocimiento o temor a procesos complejos.

Sin embargo, el mercado global es enorme. México tiene acceso comercial a decenas de países y cuenta con ventajas competitivas importantes. Su clima permite producir alimentos durante gran parte del año y sus costos de producción suelen ser menores que en muchos países desarrollados.

Por esa razón se afirma que México podría convertirse en el “cuerno de la abundancia” agrícola si invirtiera más en el sector. El potencial productivo existe. Lo que muchas veces falta es inversión, capacitación y visión estratégica para aprovecharlo.

También hace falta una cultura de valoración del propio producto. En algunos países, los consumidores prefieren productos nacionales incluso si son más caros. Esa percepción fortalece la identidad productiva y la reputación de la industria local.

En contraste, en México con frecuencia los productos de mayor calidad se destinan a exportación, mientras que el mercado interno recibe productos de menor calidad. Cambiar esa dinámica implicaría fortalecer tanto la producción como la percepción del valor de los alimentos mexicanos.

Para impulsar el comercio agrícola internacional se requieren tres elementos clave: inversión en el campo, apoyo institucional para abrir mercados y productores dispuestos a adaptarse a las exigencias del comercio global.

Las instituciones gubernamentales pueden facilitar el proceso mediante ferias internacionales, promoción comercial y apoyo técnico. Sin embargo, la iniciativa también debe surgir de los productores, quienes deben explorar oportunidades y confiar en la calidad de sus productos.

Exportar no es simplemente vender en otro país. Es construir relaciones comerciales, mantener estándares constantes y entender la dinámica de cada mercado. La verdadera dificultad no es exportar una vez, sino sostener la presencia en el mercado a lo largo del tiempo.

Cuando esa constancia se logra, los beneficios pueden ser significativos. Nuevos mercados significan mayor estabilidad económica, mejores precios y oportunidades de crecimiento para las empresas agrícolas.

El mensaje final es claro: el mundo es mucho más grande que el mercado local. Para quienes producen alimentos en México, mirar hacia afuera no es solo una posibilidad, sino una oportunidad real de crecimiento. La clave está en creer en el valor del propio producto y atreverse a competir en el escenario internacional.