Episodio 201: Uso de las algas marinas en la agricultura

Uso de las algas marinas en la agricultura

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La agricultura enfrenta presión por producir más con menos impacto ambiental. En este contexto surge el interés por bioestimulantes naturales, fertilidad del suelo, productividad agrícola y nuevas estrategias agronómicas. La conversación parte de un hecho que refleja el creciente interés global por el campo: inversiones de figuras tecnológicas como Bill Gates y empresas vinculadas a Microsoft.

A partir de ahí se explora una alternativa que gana terreno en distintos sistemas productivos: algas marinas, biofertilizantes, estimulación vegetal y manejo sostenible. El análisis profundiza en su composición, formas de aplicación y efectos en cultivos, mostrando por qué instituciones y empresas agrícolas consideran a estos organismos un recurso con gran potencial.

El punto de partida es una noticia que generó debate en el sector agrícola: Bill Gates se convirtió en el mayor propietario de tierras de cultivo en Estados Unidos tras adquirir cerca de 98 mil hectáreas distribuidas en varios estados. Estas tierras están asociadas principalmente a la empresa de inversión Cascade Investment. Aunque no se conoce con certeza el destino de todas esas superficies, el movimiento refleja algo importante: la agricultura se percibe cada vez más como un sector estratégico para el futuro.

La inversión también se conecta con iniciativas previas de la fundación de Gates orientadas a promover una agricultura más productiva y sostenible en regiones con pequeños agricultores. Esa combinación de tecnología, capital y agricultura muestra cómo el sector comienza a atraer perfiles que antes no estaban ligados directamente al campo.

Después de ese contexto, la atención se centra en un tema que está creciendo con fuerza dentro de la agricultura moderna: el uso de organismos biológicos para mejorar la producción agrícola. Durante décadas el aumento de rendimiento se apoyó en el uso intensivo de agroquímicos. Sin embargo, ese modelo ha generado impactos ambientales importantes y ha impulsado la búsqueda de alternativas que mantengan la productividad reduciendo riesgos ecológicos.

En ese escenario aparecen las algas como una herramienta prometedora. Su uso agrícola no es nuevo. Desde el siglo XIX, agricultores de zonas costeras comenzaron a recoger grandes masas de algas arrastradas por el mar y las incorporaban al suelo. Con el tiempo observaron que esos materiales generaban mejoras visibles en los cultivos y en las propiedades del suelo.

Antes de profundizar en sus efectos, conviene entender qué son las algas. Se trata de organismos fotosintéticos relativamente simples que viven en ambientes acuáticos o muy húmedos. La clasificación puede variar según el enfoque científico, pero de manera general se reconocen tres grandes grupos: microalgas, macroalgas y algas consideradas plantas vasculares.

Las microalgas representan un grupo enorme, con alrededor de 50 mil especies conocidas. Pueden vivir tanto en agua dulce como en agua salada y sólo una parte de ellas ha sido estudiada con detalle. Dentro de este grupo aparecen organismos conocidos como diatomeas, algas amarillas o cianobacterias, estas últimas también llamadas algas verde-azules.

Las macroalgas son menos numerosas en términos de especies, pero tienen gran relevancia en aplicaciones agrícolas. Su clasificación suele basarse en el color. Existen algas verdes, algas rojas y algas pardas, que son las que han tenido mayor uso dentro de la agricultura. Entre ellas destaca Ascophyllum nodosum, una especie ampliamente utilizada para elaborar bioestimulantes comerciales.

El tercer grupo incluye organismos más complejos conocidos como carófitos, que se encuentran con frecuencia en orillas de lagos y ríos.

El interés agrícola por las algas está directamente relacionado con su composición química. Estos organismos contienen una combinación muy amplia de compuestos biológicos. Entre ellos aparecen fitohormonas, reguladores del crecimiento, minerales, aminoácidos, vitaminas, antioxidantes, proteínas, polisacáridos y diversos ácidos orgánicos.

La presencia de todos estos componentes explica por qué las algas pueden influir en múltiples procesos fisiológicos de las plantas. No se trata de un único compuesto responsable del efecto, sino de una interacción compleja entre muchos de ellos. Esa interacción genera respuestas que se reflejan en crecimiento, desarrollo y tolerancia al estrés.

Sin embargo, la forma en que se procesan las algas influye mucho en su eficacia. Durante la recolección, el secado o la extracción pueden perderse algunos de los compuestos activos. Por esa razón la industria trabaja constantemente en mejorar los métodos de procesamiento.

Los procesos de extracción suelen incluir la ruptura de las células para liberar los componentes de interés. Esto puede hacerse mediante métodos químicos, presión, enzimas, microondas o fluidos supercríticos. En algunos casos el procedimiento es más simple: las algas se secan, se pulverizan y el polvo resultante se utiliza directamente en aplicaciones agrícolas.

Entre las especies utilizadas destacan varias. Una de las más conocidas es la espirulina, que en realidad es una cianobacteria. Se ha usado durante décadas en distintos sectores, desde la alimentación animal hasta la industria farmacéutica.

Aun así, las macroalgas pardas siguen siendo las más utilizadas en agricultura. Además de Ascophyllum nodosum, también se emplean especies del género Fucus, Laminaria, Sargassum, Turbinaria o Ecklonia. Algunas algas rojas y verdes también se utilizan como bioestimulantes.

Con estas materias primas se elaboran diferentes productos comerciales. Las formulaciones más comunes son extractos líquidos y presentaciones en polvo o trozos secos. Los extractos líquidos se aplican generalmente por vía foliar o directamente al suelo. En algunos casos también se utilizan en tratamientos de semillas o aplicaciones poscosecha.

Desde la década de 1950 el uso directo de algas frescas fue sustituido gradualmente por extractos concentrados. Estos productos ganaron popularidad porque permiten una aplicación más precisa y muestran respuestas fisiológicas claras en los cultivos.

Los efectos que se atribuyen a las algas son numerosos. La literatura científica menciona beneficios que abarcan prácticamente todas las etapas del desarrollo vegetal. Entre los más destacados se encuentran la estimulación de la germinación, el aumento del crecimiento radicular, la mejora del desarrollo foliar y el adelanto en la maduración de frutos.

También se ha observado que algunos extractos pueden retrasar la senescencia de las plantas, lo que prolonga el periodo productivo. Otro efecto importante es el fortalecimiento frente a diferentes tipos de estrés.

Las plantas pueden enfrentar estrés por sequía, salinidad, temperaturas extremas o heladas. En estos casos, ciertos compuestos presentes en las algas activan mecanismos fisiológicos que ayudan a la planta a tolerar esas condiciones adversas.

Además, algunos extractos estimulan las defensas naturales contra plagas y enfermedades. Se han reportado reducciones en infestaciones de nematodos y en ataques de insectos como pulgones, ácaros o mosca blanca.

El potencial también se ha estudiado frente a patógenos. Investigaciones han mostrado efectos contra enfermedades causadas por hongos y bacterias como fusarium, botrytis o alternaria, que generan pérdidas económicas significativas en distintos cultivos.

Las algas también influyen en el suelo. Determinados compuestos favorecen la diversidad microbiana y mejoran la estructura del suelo. Esto es especialmente relevante en terrenos degradados por manejo intensivo.

A diferencia de muchos fertilizantes químicos, los nutrientes presentes en las algas se liberan de forma más gradual. Además contienen una mezcla equilibrada de macro y microelementos. En suelos con problemas de sodio intercambiable también se han utilizado para ayudar en procesos de recuperación.

Los resultados experimentales respaldan estos efectos. En cultivos de cebolla se han observado incrementos en biomasa, área foliar y eficiencia en el uso del agua después de aplicar extractos de algas. En hortalizas como tomate, chile o berenjena también se han reportado mejoras en crecimiento y productividad.

Otros estudios han documentado aumentos en rendimiento en cultivos como maíz o canola, así como reducción de infecciones por ciertos patógenos. Incluso se han observado cambios positivos en la actividad microbiana del suelo cuando se aplican extractos alrededor de las raíces.

En conjunto, todos estos resultados muestran que las algas tienen un papel potencial como biofertilizantes, bioestimulantes, promotores de crecimiento y herramientas para mejorar la resiliencia de los cultivos.

Aun así, el campo de investigación sigue siendo amplio. Existen miles de especies de algas y muchas de ellas aún no han sido estudiadas desde el punto de vista agrícola. Comprender sus propiedades, desarrollar métodos de extracción eficientes y diseñar productos comerciales adecuados será clave para aprovechar completamente su potencial en los próximos años.