Entender cómo acceder a mercados exigentes requiere dominar estándares como inocuidad, exportación y certificación internacional. En esta conversación, Elmer Arriaza explica de forma directa qué implica adoptar GlobalG.A.P. y por qué se ha convertido en una herramienta clave para productores que buscan competir en cadenas globales.
La claridad sobre procesos, costos y beneficios permite tomar decisiones informadas. Aquí se abordan requisitos técnicos, auditorías y apertura comercial, mostrando cómo Normex acompaña este proceso sin intervenir directamente. La certificación deja de ser una barrera y se convierte en una vía concreta hacia mercados más rentables.
La conversación gira en torno a un punto central: la certificación no surge porque el productor esté haciendo mal su trabajo, sino porque el mercado exige demostrar que se están cumpliendo estándares verificables. En ese contexto, la inocuidad deja de ser una intención y se convierte en un sistema documentado, auditado y validado por terceros.
Se entiende que la presión proviene principalmente de los mercados internacionales, especialmente Norteamérica y Europa, donde los requisitos son cada vez más estrictos. Esto obliga a los productores a adoptar prácticas consistentes y a mantenerse en un proceso continuo de actualización. La certificación aparece entonces como una forma de generar confianza y facilitar el acceso comercial.
GlobalG.A.P. se posiciona como la norma más reconocida a nivel mundial en producción primaria. Su principal fortaleza radica en que es un estándar global, aplicable a cualquier país, producto o escala productiva. Esto permite que un productor certificado pueda comercializar en prácticamente cualquier mercado sin necesidad de adaptarse a múltiples normativas locales.
Un elemento relevante es que se trata de una norma abierta. Esto significa que cualquier productor puede conocer previamente qué se le va a auditar. No hay criterios ocultos ni interpretaciones ambiguas. Esta transparencia facilita la preparación y reduce la incertidumbre, algo que no siempre ocurre con otros protocolos.
El desarrollo de esta certificación también responde a un proceso participativo. Se construye mediante consultas públicas, donde intervienen productores, organismos certificadores, supermercados y otros actores. Esto permite adaptar el estándar a distintas realidades sin perder su carácter global.
En términos de alcance, no se limita únicamente a la agricultura. Abarca producción vegetal, pecuaria y acuícola, además de incluir aspectos como transformación de producto, cadena de custodia y comercialización. Esta amplitud permite cubrir prácticamente toda la cadena agroalimentaria.
Para el productor, el principal beneficio no es necesariamente un mejor precio inmediato, sino la apertura comercial. La certificación funciona como una llave de acceso a mercados que de otra forma estarían cerrados. Con el tiempo, también puede traducirse en mejores condiciones comerciales y relaciones más estables con compradores.
Un concepto clave dentro del sistema es el GGN, un número único que identifica al productor certificado a nivel global. Este número no cambia, incluso si el productor deja de certificarse y decide retomarlo después. Funciona como una identidad permanente dentro del sistema.
El proceso para certificarse comienza con un acercamiento a un organismo certificador. A partir de ahí se define el alcance: superficie, productos, destinos y condiciones operativas. Con esta información se establece el costo y se programa la auditoría.
Es importante entender que el organismo certificador no puede asesorar directamente al productor. Su función es evaluar de manera imparcial. Sin embargo, sí puede ofrecer formación abierta, como talleres y capacitaciones, para ayudar a comprender los requisitos.
Antes de la auditoría, el productor debe haber implementado el sistema durante al menos tres meses, generando registros verificables. Esto implica que no se trata de un proceso inmediato, sino de una preparación previa que requiere disciplina y organización.
Durante la auditoría se evalúan tanto aspectos de campo como de oficina. Se revisan prácticas, registros, condiciones de trabajo y cumplimiento de criterios específicos. Dependiendo del caso, también pueden realizarse auditorías remotas, aunque esto depende del nivel de riesgo y la experiencia previa del productor.
Las no conformidades son parte natural del proceso. No se interpretan como fallas, sino como oportunidades de mejora. Sin embargo, existen distintos niveles. Las no conformidades menores pueden tolerarse en cierta medida, pero las mayores deben corregirse obligatoriamente para obtener la certificación.
En una primera auditoría, el productor tiene hasta tres meses para corregir estas desviaciones. En auditorías posteriores, el tiempo se reduce a 28 días, lo que refleja que ya debería existir un nivel más alto de cumplimiento.
El proceso de certificación, una vez completada la auditoría y corregidas las no conformidades, suele tardar entre 15 y 20 días hábiles. Durante ese tiempo se realizan validaciones administrativas y se emite el certificado.
Un aspecto relevante es que la certificación tiene una vigencia de un año. Esto obliga a mantener el cumplimiento de forma constante, ya que pueden realizarse auditorías de seguimiento, incluso no anunciadas. La lógica es asegurar que las buenas prácticas no se apliquen solo cuando hay inspección.
El sistema también ha evolucionado con el tiempo. Por ejemplo, durante la pandemia se incorporaron elementos relacionados con salud ocupacional y bioseguridad. Esto incluyó prácticas como el uso de sanitizantes y el manejo adecuado de residuos, integrándolos dentro de la evaluación de riesgos.
En el fondo, todo el sistema responde a un principio: garantizar que el producto que llega al consumidor es seguro. Esto implica no solo cuidar el proceso productivo, sino también demostrarlo con evidencia.
Para muchos productores, el cambio de mentalidad es uno de los mayores retos. Inicialmente se percibe como un gasto o una exigencia externa. Sin embargo, con el tiempo se reconoce como una inversión que fortalece la operación y abre oportunidades.
También se destaca el papel del consumidor, especialmente en mercados como el europeo, donde existe una mayor disposición a pagar por productos certificados. Esto refuerza la importancia de cumplir con estándares internacionales.
Finalmente, se entiende que el liderazgo de GlobalG.A.P. es difícil de desplazar. Aunque existen otros protocolos, pocos logran abarcar un espectro tan amplio de la cadena productiva con un enfoque verdaderamente global.
El resultado es un sistema que no solo regula, sino que ordena la producción, mejora procesos y conecta al productor con mercados más exigentes.


