El futuro del agro depende de decisiones que ya se están tomando hoy. En esta conversación con Carolina Gómez de Yara, se expone con claridad cómo la juventud rural, la innovación agrícola y la colaboración en la cadena se convierten en factores decisivos para sostener la producción de alimentos.
Se aborda una realidad directa: sin relevo generacional, no hay continuidad. A través de iniciativas como 35 menores de 35, se busca impulsar liderazgo joven, tecnificación del campo y sostenibilidad productiva, demostrando que el campo puede ser un espacio de crecimiento, impacto y desarrollo real para nuevas generaciones.
Se parte de una idea clara: la agricultura enfrenta múltiples desafíos que no pueden entenderse de forma aislada. La cadena agroalimentaria es extensa y diversa, y cada actor tiene una responsabilidad concreta. Desde la producción hasta el consumo, todos intervienen en un sistema que busca garantizar alimentos suficientes, accesibles y sostenibles.
Uno de los primeros puntos que se destacan es que muchos de los retos actuales no son nuevos. El acceso a alimentos, la tecnificación, la capacitación y el cuidado del suelo han estado presentes durante décadas. Sin embargo, su complejidad ha aumentado. Hoy no basta con producir más, sino hacerlo mejor, con menor impacto ambiental y mayor eficiencia.
En ese contexto, la colaboración se posiciona como un elemento central. No se trata de esfuerzos individuales, sino de una articulación efectiva entre productores, empresas, gobiernos y consumidores. Cada parte de la cadena tiene un rol que cumplir, y cuando ese rol se entiende, se reduce la sensación de desbordamiento ante tantos desafíos.
Se hace énfasis en temas clave como la conectividad en el campo. La falta de acceso a redes limita la toma de decisiones, el acceso a información y la posibilidad de integrarse a mercados más amplios. A esto se suma la necesidad de llevar conocimiento técnico y herramientas digitales que permitan mejorar la productividad.
La sostenibilidad también aparece como un eje transversal. No solo desde el punto de vista ambiental, sino también social y económico. Se requiere producir cuidando el suelo, reduciendo la huella de carbono y asegurando que la actividad agrícola sea rentable y digna para quienes la ejercen.
En medio de este panorama, surge un reto que concentra gran parte de la preocupación: la inclusión generacional. Si los jóvenes no permanecen en el campo, la continuidad de la producción alimentaria se pone en riesgo. La migración hacia las ciudades sigue siendo una constante, y revertirla implica generar condiciones atractivas en el entorno rural.
Aquí es donde iniciativas como “35 menores de 35” adquieren relevancia. Este proyecto busca identificar, reconocer y visibilizar a jóvenes agricultores que están haciendo bien las cosas. No se trata únicamente de premiar resultados productivos, sino de destacar liderazgo, innovación y compromiso con el entorno.
El perfil de estos jóvenes es diverso. Algunos continúan tradiciones familiares, otros han innovado cambiando cultivos o incorporando tecnología. Muchos combinan formación académica con experiencia práctica y regresan al campo con nuevas ideas. En todos los casos, hay un elemento común: la intención de transformar su realidad.
Se observa que estos jóvenes no solo producen, sino que también influyen en su entorno. Capacitan a otros, participan en asociaciones y adoptan prácticas sostenibles. Algunos cuentan con certificaciones que respaldan su trabajo, mientras que otros destacan por su capacidad de adaptación y aprendizaje.
El proceso de selección del ranking busca justamente capturar esa diversidad. Se consideran aspectos como el impacto en sostenibilidad, los resultados productivos, el uso de soluciones tecnológicas y la historia personal detrás de cada proyecto. También se valora la visión a futuro y la huella que cada participante quiere dejar.
Un elemento interesante es la evaluación emocional de las postulaciones. No solo se analizan datos técnicos, sino también motivaciones, aprendizajes y resiliencia. Historias de fracaso y reinvención tienen tanto peso como casos de éxito sostenido.
El impacto del programa no se limita al reconocimiento. También genera visibilidad, oportunidades de conexión y posicionamiento dentro del sector. Esto es relevante porque uno de los factores que motiva a los jóvenes es sentirse valorados y reconocidos en su entorno.
A pesar de estos avances, se reconoce que aún falta mucho por hacer. Para que los jóvenes permanezcan en el campo, se requiere acompañamiento constante. Esto incluye acceso a financiamiento, políticas públicas adecuadas, formación técnica y desarrollo de habilidades personales.
En este punto se introduce la importancia de las habilidades blandas. Se identifican tres como fundamentales: comunicación, liderazgo y negociación. La comunicación permite generar alianzas y transmitir ideas. El liderazgo facilita influir en otros y generar impacto. La negociación abre oportunidades de crecimiento y colaboración.
Estas habilidades complementan el conocimiento técnico y permiten a los productores posicionarse mejor en un entorno competitivo. También les ayudan a integrarse en redes, asociaciones y mercados más complejos.
Otro aspecto relevante es la percepción del agricultor como empresario. Se plantea que quienes trabajan la tierra no solo producen alimentos, sino que gestionan recursos, toman decisiones estratégicas y generan valor en sus comunidades. Reconocer este rol es clave para fortalecer su identidad y motivación.
Se destaca también el valor del entorno rural. Tener acceso a tierra se presenta como una oportunidad con un potencial significativo. Más allá de las dificultades, existe una riqueza en el campo que puede traducirse en desarrollo económico y social si se gestiona adecuadamente.
En términos de resultados, el programa ha tenido una participación creciente, aunque todavía con margen de expansión. Países como México y Colombia han mostrado mayor involucramiento, pero se busca ampliar la participación en toda la región.
Finalmente, se plantea una prioridad clara: fortalecer la presencia de jóvenes en el campo. Se considera que en ellos está la capacidad de innovación, adaptación y cambio que el sector necesita. Sin su participación activa, cualquier esfuerzo por mejorar la agricultura será insuficiente.
La conclusión es directa: el futuro del agro depende de decisiones presentes. Invertir en jóvenes, en conocimiento y en colaboración no es opcional, es una condición necesaria para garantizar la seguridad alimentaria en los próximos años.



