Episodio 408: ¿Cómo afecta al agro la variación del tipo de cambio peso-dólar?

¿Cómo afecta al agro la variación del tipo de cambio peso-dólar?

Cuando el peso se fortalece o se debilita frente al dólar siempre hay quejas en el sector agroalimentario. Si se fortalece los agroexportadores disminuyen sus ingresos al vender más barato, aunque entonces las importaciones de insumos, maquinaria y tecnología bajan su precio.

Además, un peso extremadamente fuerte hace que menos inversionistas agrícolas lleguen a México, porque entonces su retorno sobre la inversión es menor; aunque un peso extremadamente débil puede poner contra las cuerdas al sector, debido al encarecimiento de insumos y otros elementos.

En este episodio analizo cómo la variación del tipo de cambio peso–dólar impacta directamente al sector agrícola, en especial a quienes producen y exportan alimentos. El tema no es nuevo, pero suele abordarse de forma superficial. Aquí lo desarmo paso a paso para entender por qué el movimiento del tipo de cambio genera ganadores y perdedores dentro del agro, y por qué casi nunca deja a todos satisfechos.

El punto de partida es el contexto reciente. En marzo y abril de 2020, en plena incertidumbre global, el tipo de cambio alcanzó casi 25 pesos por dólar. A partir de ahí comenzó una trayectoria descendente. En 2021 se movía alrededor de 21 pesos, en 2022 bajó a la zona de 20, y hacia 2023 el peso se apreció con fuerza, llegando incluso a romper la barrera de los 16 pesos por dólar en algunos momentos. Esta apreciación es la que hoy genera tantas conversaciones y tensiones en el sector agrícola.

Cuando se habla de que el peso se fortalece, se dice de forma sencilla que el dólar cuesta menos pesos. Ese movimiento tiene efectos distintos dependiendo del lugar que se ocupe dentro de la cadena agroalimentaria. No impacta igual a quien importa insumos que a quien exporta fruta, ni a quien invierte en maquinaria que a quien depende de vender en dólares para sostener su rentabilidad.

Empiezo por el efecto más visible del peso fuerte: la reducción en el costo de los insumos importados. México no es un productor relevante de fertilizantes ni de agroquímicos, pero sí es una potencia agrícola. Esto implica que buena parte de los insumos utilizados en el campo se compran en el extranjero y se pagan en dólares. Cuando el tipo de cambio baja, esos insumos se vuelven más baratos en pesos. En teoría, esto beneficia a una gran parte de los productores agrícolas.

Este abaratamiento de insumos no sólo afecta a fertilizantes y agroquímicos. También impacta en semillas, materiales especializados y otros componentes clave del sistema productivo. A largo plazo, incluso debería reflejarse en precios más bajos para el consumidor final. Todos somos consumidores, así que este efecto positivo no es menor, aunque muchas veces no se perciba de inmediato.

Sin embargo, esa es sólo una cara de la moneda. La otra aparece con fuerza en la agroexportación. Cuando el peso se aprecia, los ingresos por exportaciones en dólares disminuyen al convertirlos a pesos. El volumen exportado puede ser exactamente el mismo, la calidad idéntica y los estándares de inocuidad y responsabilidad social iguales, pero el retorno financiero baja simplemente por efecto cambiario.

Pongo ejemplos claros: berries, aguacate, mango, limón. Productos que se exportan masivamente desde México hacia Estados Unidos. Durante años, muchos productores y empresas se beneficiaron de un tipo de cambio alto. Vendían en dólares y, al convertirlos a pesos, obtenían un ingreso mayor que inflaba la rentabilidad. Con un peso fuerte, ese “colchón cambiario” desaparece.

Aquí es donde surge la presión. La rentabilidad se comprime, incluso si todo lo demás se mantiene constante. Para algunas empresas, esto significa ajustes. Para otras, significa entrar en una zona de riesgo. No se trata de que el negocio deje de ser viable de un día para otro, pero sí de que el margen se reduce y obliga a tomar decisiones más finas.

No todos los productores viven esta situación de la misma manera. Quienes dependen casi por completo de la exportación son los más expuestos. En cambio, quienes producen para el mercado interno o combinan ambos mercados pueden amortiguar mejor el impacto. Aun así, el tipo de cambio se convierte en una variable crítica que no controlan, pero que define gran parte de sus resultados.

El peso fuerte también tiene efectos positivos para la inversión en maquinaria y tecnología agrícola. México no produce toda la maquinaria ni toda la tecnología que el campo requiere. Mucha se importa. Con un dólar más barato, invertir en tecnología cuesta menos. Para empresas grandes y medianas, esto puede compensar parcialmente la pérdida por exportaciones. No elimina el problema, pero equilibra la balanza en algunos casos.

Este punto es relevante porque la tecnificación del agro suele presentarse como una necesidad para mejorar eficiencia. Un tipo de cambio bajo facilita ese proceso. El problema es que no todos los productores tienen la capacidad financiera para invertir, aunque la maquinaria sea más barata. El beneficio existe, pero no se distribuye de forma uniforme.

El tipo de cambio también influye en la dinámica de los mercados internacionales. Si el peso está débil y el dólar caro, los consumidores en Estados Unidos pueden comprar más producto mexicano con la misma cantidad de dólares. Esto favorece la demanda. Si el peso se fortalece, ocurre lo contrario: el producto mexicano se encarece en términos relativos y puede perder competitividad frente a otros orígenes.

Aquí entra un matiz importante. Vender más volumen a menor precio no siempre es la mejor estrategia. En algunos casos, vender menos a un precio más alto puede ser igual o incluso más rentable. El problema es que el tipo de cambio altera esa ecuación sin pedir permiso. Obliga a replantear estrategias comerciales y productivas.

Otro efecto clave del tipo de cambio está en la inversión extranjera. Cuando el peso está débil, producir en México resulta muy atractivo para empresas extranjeras. Los costos de producción son bajos en dólares y vender en el mercado estadounidense genera retornos elevados. Este fenómeno se ha repetido durante décadas en distintas industrias, incluida la agrícola.

Cuando el peso se fortalece, esa ventaja se reduce. Algunas inversiones dejan de ser tan rentables como se esperaba. En escenarios extremos, incluso pueden cerrarse operaciones. No porque el país deje de ser productivo, sino porque la rentabilidad proyectada ya no se cumple bajo el nuevo tipo de cambio.

Por eso el equilibrio es fundamental. Movimientos bruscos, ya sea hacia arriba o hacia abajo, generan incertidumbre. Los inversionistas no buscan sólo rentabilidad, también buscan estabilidad. Un tipo de cambio que sube y baja de forma violenta vuelve muy difícil planear a mediano y largo plazo.

En el caso actual, el peso se ha mantenido durante un tiempo en un rango relativamente estable entre 16 y 17 pesos por dólar. Esto permite cierto grado de adaptación. Los inversionistas entienden que no obtendrán los mismos márgenes que con un tipo de cambio de 20 o más, pero pueden ajustar sus modelos si perciben estabilidad.

El ejemplo extremo ayuda a entenderlo mejor. Si el tipo de cambio cayera de forma abrupta a 10 pesos por dólar, muchas inversiones saldrían del país, no sólo en agricultura, sino en prácticamente todas las industrias. Una moneda excesivamente fuerte también es un problema.

La conclusión es clara: el tipo de cambio nunca deja contentos a todos en el agro. Si sube demasiado, unos ganan y otros pierden. Si baja demasiado, el efecto se invierte. Es una variable que redistribuye tensiones dentro del sector, pero no puede eliminarse del análisis.

Este episodio busca justamente eso: entender el tipo de cambio no como un enemigo o un aliado absoluto, sino como una condición estructural con la que el agro tiene que convivir. No se puede controlar, pero sí se puede anticipar, analizar y gestionar mejor. Quien lo ignora, queda expuesto. Quien lo entiende, al menos puede tomar decisiones con mayor claridad.

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