La agricultura protegida en México ha tenido un gran desarrollo, pasando en cinco décadas de apenas unas cuantas hectáreas a más de 77,000 hectáreas. Estamos hablando de superficie de invernaderos, túneles, mallas y casas sombra, las cuales se han vuelto indispensables para ciertos cultivos.
El tomate es el cultivo que más superficie presenta bajo agricultura protegida, y otras hortalizas son pepino y pimiento. En el caso de frutas la manzana es la que más destaca, aunque las berries también son relevantes (fresa, zarzamora, frambuesa y arándano).
El episodio se centra en el desarrollo de la agricultura protegida en México, un proceso largo, gradual y muchas veces poco entendido fuera del sector. El punto de partida es claro: la agricultura protegida no es una moda reciente, sino el resultado de décadas de adaptación tecnológica, aprendizaje productivo y cambios en los modelos comerciales del campo mexicano.
El origen de esta forma de producir se remonta mucho más atrás de lo que normalmente se piensa. Las primeras referencias al uso de invernaderos en México aparecen en la década de 1930. En ese momento, el concepto ya era conocido y se aplicaba principalmente en la floricultura, especialmente con fines ornamentales. El invernadero era visto como una herramienta para plantas decorativas, no como un sistema productivo de alimentos a gran escala.
Durante varias décadas, el uso de estas estructuras permaneció limitado. Fue hasta la década de 1970 cuando se presentó un cambio relevante. En regiones como Texcoco, Villa Guerrero y Morelos comenzaron a instalarse invernaderos con un enfoque claramente comercial. Estas primeras estructuras fueron impulsadas por inmigrantes japoneses y alemanes y estaban destinadas, sobre todo, a la producción de flores de corte y plantas ornamentales. Eran construcciones robustas, hechas de concreto, herrería y cristal, muy distintas a las estructuras ligeras que hoy dominan el paisaje agrícola.
Paralelamente, los invernaderos empezaron a utilizarse para la producción de plántulas de hortalizas. Este uso marcó un punto importante: el paso de lo ornamental a lo alimentario. Las plántulas producidas bajo cubierta se destinaban al trasplante en campo abierto, mejorando uniformidad y sanidad. Más adelante, entre 1970 y 1980, algunos empresarios dieron el siguiente paso y comenzaron proyectos de producción de hortalizas bajo cubierta con fines de exportación, inspirados en modelos que ya funcionaban en otras regiones del mundo.
A partir de ahí, la agricultura protegida inició un crecimiento constante. En la década de 1970 se registraban alrededor de 100 hectáreas. Para 1980, la superficie había aumentado a 300 hectáreas. Hacia 1999, al cierre del siglo pasado, se contabilizaban 721 hectáreas. El avance era lento, pero sostenido.
El verdadero salto ocurre en las últimas décadas. Para 2023, el INEGI estima 77,417 hectáreas de agricultura protegida en México. En medio siglo, el país pasó de unas cuantas decenas de hectáreas a decenas de miles. Esto representa un crecimiento promedio cercano a 1,550 hectáreas por año, aunque entre 2003 y 2022 el ritmo fue aún mayor, con incrementos anuales cercanos a 2,700 hectáreas.
Aquí aparece un punto técnico importante: las discrepancias entre fuentes. Mientras el INEGI reporta más de 77 mil hectáreas para 2023, el SIAP reporta alrededor de 52,853. Parte de la diferencia se explica por la inclusión o exclusión de ciertos sistemas, especialmente las mallas antigranizo utilizadas en manzana, que representan cerca de 12 mil hectáreas. Aun así, los números no cuadran del todo, lo que evidencia los retos estadísticos para medir con precisión este tipo de agricultura.
Cuando se analizan los tipos de estructuras utilizadas, se observa que la agricultura protegida en México no está dominada por invernaderos de alta tecnología. La estructura más común es la malla sombra, que representa cerca del 40% de la superficie, unas 20 mil hectáreas. Le siguen los macrotúneles con aproximadamente 31% y, en tercer lugar, los invernaderos con alrededor del 29%. En total, existen más de 30 mil unidades de producción que utilizan algún sistema de agricultura protegida.
En cuanto a cultivos, el jitomate destaca como el principal producto bajo estos sistemas. Su liderazgo no sorprende por su valor comercial y su demanda constante. Después aparece la manzana, un cultivo que suele pasarse por alto cuando se habla de agricultura protegida. Miles de hectáreas están cubiertas con malla antigranizo, lo que técnicamente constituye una forma de protección. A esto se suman el pepino, el chile y las berries como fresa, zarzamora y arándano.
Este punto es clave: la agricultura protegida no se limita a invernaderos. Incluye cualquier sistema que proteja el cultivo de factores climáticos adversos, como granizo, exceso de radiación o viento. En el caso de la manzana, la protección contra granizo es fundamental para asegurar calidad y rendimiento, especialmente en regiones del norte del país.
La distribución geográfica de la agricultura protegida revela una fuerte concentración regional. La región centro-occidente es la más importante, con 49% de la superficie nacional. Incluye estados como Aguascalientes, San Luis Potosí, Guanajuato, Querétaro, Michoacán, Colima y Jalisco. Esta concentración responde a una combinación de clima, cercanía a mercados, infraestructura y tradición productiva.
La región noroeste ocupa el segundo lugar con cerca del 30% de la superficie, destacando estados como Sinaloa, Sonora, Nayarit y Baja California. El centro del país aporta alrededor del 15%, mientras que el noreste apenas alcanza el 5%. El sur-sureste es la región menos representada, con solo 2% de la superficie nacional, a pesar de contar con condiciones climáticas que podrían favorecer ciertos sistemas protegidos.
El episodio deja claro que el crecimiento de la agricultura protegida ha sido desigual. No todas las regiones ni todos los productores han tenido acceso a la tecnología, la inversión o los mercados necesarios para adoptar estos sistemas. Aun así, el avance es notable y refleja una transformación profunda del modelo agrícola mexicano.
En conjunto, este recorrido histórico y estadístico muestra que la agricultura protegida en México es el resultado de décadas de adaptación, no de decisiones aisladas. Ha evolucionado desde estructuras rudimentarias para flores hasta sistemas complejos que abastecen mercados nacionales e internacionales. El reto hacia adelante no es solo seguir creciendo en superficie, sino mejorar la calidad de la información, la eficiencia productiva y la sostenibilidad de estos sistemas en un contexto de agua limitada, cambio climático y mercados cada vez más exigentes.

