Platiqué con Víctor Olivares sobre un tema que suele resultar ajeno al sector agro, pero que es fundamental para el desarrollo de agronegocios que buscan aumentar su rentabilidad: las campañas pagadas en redes sociales, cuyo propósito es impulsar el reconocimiento de marca.
Asimismo, conversamos sobre otro aspecto de índole digital: la automatización de procesos. Hoy en día existen numerosas herramientas, muchas de ellas gratuitas o de bajo costo, que los agronegocios pueden aprovechar para automatizar tareas específicas, logrando así una mayor eficiencia en cada una de ellas.
Este episodio se mete de lleno en un tema incómodo para muchos agronegocios, pero absolutamente decisivo: el marketing digital bien pensado y la automatización de procesos como palancas reales de rentabilidad. Desde el inicio queda claro que no se trata de modas ni de “estar en redes por estar”, sino de entender que hoy lo digital es una extensión directa del negocio agrícola, con impacto directo en ventas, eficiencia y supervivencia.
Presento la conversación con Víctor Olivares en un momento clave. El agro suele dominar la producción, pero tropieza al comunicar, difundir y convertir ese valor en ingresos. Aquí se habla sin rodeos: meter dinero en anuncios sin estrategia es tirar billetes al viento. Y sí, duele escucharlo, pero alguien tenía que decirlo.
Víctor explica con claridad qué es una estrategia de difusión: no es publicar todos los días ni darle clic al botón brillante de “promocionar”. Es saber a quién se le habla, dónde vive digitalmente y qué problema concreto se le resuelve. El viejo enfoque de spray and pray —disparar anuncios esperando que algo funcione— ya no sirve. Hoy la competencia es brutal, los algoritmos son más exigentes y el dinero rinde menos si no se usa con inteligencia.
En el agro, esto se vuelve aún más crítico. Muchos negocios son pequeños o medianos, con presupuestos limitados y urgencias reales. Por eso Víctor insiste en una idea sencilla pero poderosa: la difusión orgánica es obligatoria, aunque sea básica y mal hecha al principio. No tener presencia digital es peor que tenerla imperfecta. La difusión pagada, en cambio, debe entrar solo cuando hay un objetivo claro: generar leads, activar una base existente o llegar a un nicho específico.
Aquí aparece uno de los grandes choques de realidad del episodio. Antes se podían lograr maravillas con presupuestos mínimos. Hoy, competir implica enfrentarse a marcas gigantes que invierten millones. El costo de adquisición de clientes sube porque sube la competencia, porque los anuncios basura saturan las plataformas y porque muchos negocios siguen pautando sin segmentar. Resultado: impresiones sin clics, clics sin ventas y frustración generalizada.
La conversación aterriza esto con ejemplos muy claros. Anuncios que aparecen en ciudades donde el negocio no existe. Campañas que presumen millones de impresiones sin un solo cliente real. Presupuestos pequeños quemados en minutos. Todo por no definir bien a la audiencia ni el objetivo. El problema no es la publicidad pagada; el problema es usarla a ciegas.
Cuando el diálogo se mueve al terreno B2B, la complejidad sube. En empresas agrícolas grandes, la estrategia exige autoridad, confianza y paciencia. Víctor comparte cómo se trabajó durante años combinando SEO, Google Ads y LinkedIn para posicionar conocimiento técnico, generar intención de compra y clasificar clientes por niveles. No fue magia ni rapidez: fue método, equipo y presupuesto alineados a un objetivo claro.
Pero el episodio no se queda en las grandes ligas. Se baja al terreno del pequeño y mediano agronegocio, donde la pregunta es directa: ¿vale la pena pagar anuncios? La respuesta es contundente: sí, pero solo después de tener presencia, claridad y foco. No basta con querer vender más. Hay que definir a quién, cómo y para qué. De lo contrario, se vuelve a apostar al rojo.
Uno de los grandes aportes del episodio aparece cuando se habla de automatización. Aquí el tono se vuelve práctico, casi quirúrgico. Automatizar no es sofisticación; es sentido común. Hay agronegocios perdiendo horas —y dinero— en procesos que podrían resolverse en minutos. Reportes manuales, correos repetitivos, seguimientos mal hechos. Tiempo tirado que nadie cuestiona porque “así se ha hecho siempre”.
Víctor lo dice sin maquillaje: trabajar sin pensar es trabajar doble. La optimización empieza observando qué tareas se repiten, qué información no se aprovecha y qué procesos digitales pueden simplificarse. Muchas veces no es un tema de grandes inversiones, sino de detenerse a diseñar bien una sola vez lo que hoy se hace mal todos los días.
El tema de la resistencia del personal aparece inevitablemente. Automatizar genera miedo. Sin embargo, la postura es clara: si un puesto puede ser reemplazado por software, el problema no es el software. El valor humano no está en apretar botones, sino en interpretar, decidir y aportar criterio. La automatización libera tiempo para tareas de mayor valor, no debería eliminarlo.
Aquí entran los ejemplos más cotidianos y reveladores. Mensajes que llegan por redes y se contestan horas después —o nunca—. Respuestas a newsletters que nadie ve. Clientes interesados que se enfrían por falta de seguimiento. Todo eso es automatizable hoy, con herramientas accesibles y de bajo costo.
Los chatbots ocupan un lugar central en esta parte del episodio. La percepción negativa es común, especialmente cuando están mal implementados. Pero cuando se usan como lo que deben ser —recepcionistas digitales— cambian por completo el juego. Informan, filtran, notifican y derivan. No venden por sí solos, pero ahorran tiempo, mejoran la atención y evitan pérdidas invisibles.
Víctor es claro al poner límites: un chatbot no hace milagros. Funciona si está bien diseñado, con información correcta y un objetivo definido. Para tareas informativas, segmentación inicial y atención 24/7, es una herramienta sólida y barata. Incluso para un agronegocio pequeño, la inversión mensual es mínima comparada con el costo de tener a alguien cubriendo esas funciones.
Hacia el cierre, el mensaje se vuelve casi una advertencia. El mundo digital está lleno de vendedores de humo. Promesas fáciles, resultados inmediatos, soluciones mágicas. Aquí la recomendación es simple y directa: dudar, investigar y entender qué se está comprando. El marketing digital ya no es juego; es negocio. Y como cualquier negocio en el agro, exige planeación, análisis y criterio.
Este episodio deja una idea muy clara sobre la mesa: el agro no puede seguir viendo lo digital como algo secundario. La estrategia, la difusión y la automatización no son lujos, son herramientas de supervivencia. Todo está al alcance. La pregunta real no es si se puede hacer, sino si se está dispuesto a hacerlo bien.

