El sistema agroalimentario actual parece diseñado bajo una lógica contradictoria: si a todos los productores les va bien, los precios caen y, paradójicamente, todos pierden. Una buena temporada general puede derivar en una sobreoferta, lo que desploma los precios y perjudica tanto a agricultores como a comercializadores por igual.
En cambio, cuando una región enfrenta sequías, plagas o conflictos, otras se benefician al aprovechar la escasez para vender más y a mejores precios. Esta dinámica, profundamente arraigada en el sistema capitalista, ha normalizado desigualdades estructurales, donde el éxito de unos depende inevitablemente de la desgracia de otros.
El episodio parte de una idea incómoda pero necesaria: cuando en el agro a todos les va bien en producción, casi siempre a nadie le va bien en precios. Esta reflexión no nace de una teoría abstracta, sino de revisar datos duros. Al analizar las exportaciones de tomate mexicano hacia Estados Unidos, los precios sorprenden por lo bajos durante las primeras trece semanas del año. No es un error de Excel ni una mala lectura de estadísticas. Los números son correctos. La realidad es otra: fue una temporada productivamente buena para todos.
Al contrastar los precios actuales con los del año anterior, la diferencia salta a la vista. Todo estaba en orden desde el punto de vista técnico, pero los precios no cuadraban con lo que normalmente se espera. Tras confirmar la información con alguien responsable de producción bajo invernadero, llega la frase clave: a nadie le fue mal esta temporada. Esa afirmación, que en teoría debería ser positiva, explica justamente el problema. Cuando las principales regiones productoras funcionan sin sobresaltos, el mercado se inunda de producto y los precios se desploman.
Aquí aparece el primer punto central: la sobreoferta castiga incluso cuando nadie falla. No hubo heladas en Sinaloa, ni huracanes en Florida, ni sequías severas en California. Todo fluyó. Y ese “todo bien” terminó siendo “todo barato”. El sistema no premia la estabilidad colectiva; la castiga. Al final, todos venden más volumen, pero a precios que erosionan la rentabilidad de productores y, en muchos casos, benefician más a intermediarios que al origen.
En un año “normal” casi siempre ocurre algo que rompe el equilibrio. Alguna región pierde producción y otra capitaliza. Cuando Florida o California tienen problemas, México entra fuerte. Cuando Sinaloa sufre heladas, otros estados o países toman ventaja. Esa lógica se repite cultivo tras cultivo. No es exclusiva del tomate. Es estructural. El agro funciona, en gran medida, bajo una dinámica donde la desgracia de unos sostiene la rentabilidad de otros.
Este patrón no se limita a regiones dentro de un país. Se replica entre países. El aguacate es un ejemplo claro. Si México tiene una mala temporada, California aprovecha, y el efecto rebota hasta Sudamérica. Perú, Chile o Colombia colocan fruta a mejores precios porque alguien más dejó un hueco. El mercado no pregunta por causas ni contextos; sólo responde a volumen disponible.
El sistema agroalimentario global parece construido sobre una premisa incómoda: para que a alguien le vaya bien, alguien más tiene que irle mal. Cuando todos producen bien al mismo tiempo, el sistema entra en tensión. El sentido común diría que un año productivo debería ser motivo de celebración colectiva. En la práctica, ocurre lo contrario. La abundancia se convierte en castigo económico.
Esta lógica se repite también en granos básicos. Una sequía que afecta a un gran productor de maíz dispara los precios internacionales. Otros países exportadores ven crecer sus ingresos. No hay un mecanismo real de solidaridad que amortigüe el golpe para quien perdió. El productor afectado asume el costo. El resto capitaliza. Así de simple. Así de crudo.
Desde esta perspectiva, el agro se comporta muchas veces como un juego de suma cero. Si alguien pierde, otro gana. El viejo dicho de “a río revuelto, ganancia de pescadores” aplica con precisión quirúrgica. No es una revelación nueva. Es un principio que ha acompañado a la producción y comercialización agrícola desde hace siglos. Cambian los cultivos, cambian los países, pero la lógica persiste.
Un ejemplo histórico ayuda a dimensionar esta realidad. Durante la gran hambruna irlandesa del siglo XIX, causada por el tizón tardío de la papa, millones de personas murieron o emigraron. Mientras tanto, las exportaciones agrícolas del país —cereales y carne— continuaron. Había comida, pero no para todos. El agro siguió siendo negocio incluso en medio de una catástrofe humanitaria. Duro, sí. Real, también.
Ejemplos más recientes refuerzan el patrón. En 2012, la sequía en el cinturón maicero de Estados Unidos redujo drásticamente la producción y elevó los precios globales. Brasil y Argentina, con buenas cosechas ese mismo año, fueron los grandes ganadores. Exportaron más, ganaron cuota de mercado y mayores ingresos mientras otros se recuperaban.
Algo similar ocurrió con el café entre 2012 y 2014. La roya devastó cultivos en Centroamérica. Miles de pequeños caficultores perdieron su sustento. Colombia, que había invertido en variedades resistentes, ocupó el espacio dejado en el mercado y fortaleció su posición exportadora. Preparación técnica, sí. Pero también aprovechamiento de una debilidad ajena.
Más recientemente, el conflicto entre Rusia y Ucrania en 2022 redujo la oferta mundial de trigo, maíz y aceite de girasol. Los precios subieron de forma abrupta. India, Australia y Estados Unidos incrementaron exportaciones y vendieron más caro. La escasez generada por una guerra se tradujo en ganancias para otros. El sistema no distingue entre tragedia y oportunidad.
Todo esto conduce a una afirmación incómoda pero honesta: el agro, antes que nada, es un negocio. No es una postura moral, es una descripción funcional. Bajo la lógica actual, aprovechar la debilidad de otros es parte del juego. No porque sea deseable, sino porque así está diseñado el sistema. Nadie deja pasar la oportunidad porque sabe que, cuando le toque estar del lado débil, los demás tampoco tendrán piedad.
La ley de oferta y demanda actúa rápido. Cuando hay sobreproducción, los precios caen. Cuando hay escasez, suben. No es el único factor, pero sí uno de los más determinantes. En ese ajuste, quienes más sufren suelen ser los productores. Los márgenes se comprimen justo en el eslabón más vulnerable de la cadena.
La pregunta final surge sola: ¿es posible cambiar esta dinámica? La respuesta es poco alentadora. No se trata de un problema exclusivo del agro. Es una consecuencia directa del sistema económico global. Mientras el mundo funcione bajo una lógica capitalista —explícita o disfrazada—, este comportamiento seguirá repitiéndose. Cambia la velocidad, cambia el discurso, pero la esencia permanece.
Antes el pez grande se comía al chico. Hoy, el pez rápido se come al lento. En ambos casos, gana quien mejor aprovecha el momento. El sistema agroalimentario, tal como existe hoy, no está diseñado para que a todos les vaya bien al mismo tiempo. Entenderlo no significa celebrarlo. Significa dejar de sorprenderse cuando ocurre.
Este episodio no ofrece soluciones mágicas ni finales complacientes. Plantea una visión crítica, abierta al debate. El tema es complejo y no admite respuestas simples. Compartir esta mirada es una invitación a pensar el agro sin romanticismos, con datos, contexto y memoria histórica. Porque ignorar cómo funciona el sistema no lo va a cambiar. Entenderlo, al menos, permite decidir cómo moverse dentro de él.

