Durante décadas, América Latina apostó por exportar lo más rentable y dejar de producir lo esencial. La lógica era clara: vender caro, importar barato. Pero el mundo cambió. Hoy, la autosuficiencia alimentaria y la seguridad estratégica pesan más que las ganancias inmediatas.
En este nuevo orden global, depender de otros para lo básico es una vulnerabilidad. Mientras los países desarrollados cierran filas y priorizan lo propio, las naciones proveedoras enfrentan riesgos crecientes. Replantear qué y para quién producimos ya no es una opción económica, sino una decisión geopolítica urgente.
Este episodio parte de una pregunta directa y sin rodeos: ¿se agotó el modelo agrícola de importar lo barato y exportar lo caro? La respuesta no es binaria, pero sí contundente. Durante décadas, gran parte de América Latina —México incluido— apostó por una lógica que funcionó muy bien: dejar de producir lo básico, comprarlo a bajo precio afuera y concentrarse en exportar frutas y hortalizas de alto valor. Fue una estrategia racional, eficiente y rentable. El problema no es lo que hicimos, sino que el contexto que hacía viable ese modelo ya no existe.
El mundo cambió. No de golpe, pero sí de forma profunda. La globalización dejó de ser el eje rector del comercio internacional y empezó a dar paso a un sistema de bloques. No es una teoría futurista ni una exageración: es un proceso en marcha. En este nuevo escenario, la autosuficiencia alimentaria dejó de ser un tema romántico o ideológico y se convirtió en una decisión geopolítica urgente. Depender de otros para lo esencial ya no se ve como eficiencia, sino como vulnerabilidad.
Durante años, importar granos baratos y exportar productos hortofrutícolas caros fue una ecuación perfecta. Permitió que países latinoamericanos desarrollaran industrias agrícolas altamente competitivas. Aguacate, berries, tomate, mango, pepino y muchos más encontraron mercados dispuestos a pagar bien. Esa especialización no fue un error; fue una respuesta brillante a las condiciones del momento. Hicimos exactamente lo que había que hacer.
El problema aparece cuando esa ecuación empieza a romperse. En un mundo dividido en bloques, los grandes exportadores de granos ya no venderán necesariamente al mejor postor, sino al socio políticamente conveniente. Aquí está el punto crítico: la seguridad estratégica pesa más que el precio. Si tu proveedor de alimentos básicos se alía con tu enemigo, el comercio deja de ser un simple intercambio económico y se convierte en un riesgo.
Los países desarrollados lo entendieron rápido. Por eso están impulsando políticas para fortalecer su producción agrícola interna y reducir su dependencia externa. No porque sea más barato, sino porque es más seguro. La lógica es simple, aunque incómoda: no puedes quedar a merced de un proveedor que mañana podría cerrarte la llave por razones políticas.
En este contexto, el modelo agroexportador latinoamericano sigue funcionando, pero con un nivel de riesgo mucho mayor. El comercio internacional de alimentos no va a desaparecer —eso es imposible—, pero será más volátil, más condicionado y más politizado. Producir solo lo que más deja ya no es tan buena idea cuando lo básico depende de decisiones ajenas.
México es un caso especialmente sensible. La cercanía con Estados Unidos fue, durante décadas, una ventaja competitiva enorme. Sigue siéndolo, pero también se ha convertido en una fuente de vulnerabilidad. Tener un solo mercado dominante simplifica las cosas… hasta que deja de hacerlo. Poner todos los huevos en la misma canasta siempre funciona, hasta que la canasta se mueve.
Otros países como Chile, Perú o Colombia lograron diversificar más sus mercados. México, en cambio, construyó gran parte de su estrategia agroalimentaria mirando casi exclusivamente al norte. Eso explica muchos de los beneficios obtenidos, pero también muchos de los riesgos actuales. Cuando tu principal socio comercial empieza a imponer condiciones más duras, el margen de maniobra se reduce drásticamente.
Aquí conviene aclarar algo importante: no se trata de decir que el modelo fue un error. Al contrario. Con la información y las condiciones de hace 20 o 30 años, fue la mejor decisión posible. Incluso me atrevo a decir que no se pudo haber hecho mejor. El problema no es el pasado; es insistir en aplicar las mismas recetas en un entorno completamente distinto.
Hoy, la discusión no es si seguir exportando productos de alto valor —eso seguirá siendo clave—, sino cómo equilibrar esa estrategia. Diversificar mercados ya no es un lujo, es una necesidad. Fortalecer el consumo interno dejó de ser un discurso político y se volvió un elemento de estabilidad. Y replantear qué producimos y para quién ya no es opcional.
El dilema es claro. Podemos seguir apostando casi exclusivamente por un modelo agroexportador, aceptando un riesgo creciente, o empezar desde ahora una transición gradual hacia un esquema más equilibrado. Este segundo camino no implica cerrar fronteras ni abrazar un proteccionismo extremo. Implica algo mucho más pragmático: reducir vulnerabilidades sin destruir lo que sí funciona.
Fortalecer la producción nacional de granos, invertir en infraestructura agroindustrial y fomentar políticas alimentarias que impulsen mercados locales no significa renunciar a la exportación. Significa blindarla. Significa no depender al 100% de un solo proveedor para lo esencial ni de un solo cliente para lo rentable.
Nada de esto es fácil ni rápido. Hablar de autosuficiencia parcial en granos no es cosa de uno o dos sexenios. Son procesos que toman décadas. Pero en comercio internacional, dos o tres décadas no son tanto tiempo. Esperar a que el nuevo orden mundial esté completamente definido para reaccionar es la mejor forma de llegar tarde.
Existe, claro, una pequeña posibilidad de que las grandes potencias decidan reconstruir puentes en lugar de levantar murallas. Estados Unidos, Europa, China, India o Rusia podrían optar por una cooperación más abierta. Es posible, pero es poco probable. Y las decisiones estratégicas no se toman con base en deseos, sino en realidades.
La realidad es que el mundo ya se está dividiendo en bloques. Y esa división está cambiando las reglas de producción, distribución y comercialización de alimentos. México ya empezó a sentir los primeros efectos: presiones comerciales, condicionamientos y uso del sector agroalimentario como moneda de cambio en negociaciones más amplias. Esto no es una anomalía; es el nuevo estándar.
Este tipo de condicionamientos siempre existieron, pero hoy son más visibles y agresivos. Las políticas proteccionistas dejaron de ser excepcionales y se volvieron parte del paisaje. Negarlo no ayuda. Resistirse tampoco. Adaptarse a tiempo es la única jugada inteligente.
El mensaje final es simple y directo. El verdadero riesgo no está en que el modelo esté cambiando. El riesgo está en no reconocerlo y seguir operando como si nada pasara. El modelo de importar lo más barato y exportar lo más caro no desaparece, pero sí entra en una fase de ajuste profundo. Quien lo entienda y actúe desde ahora tendrá margen. Quien espere confirmaciones absolutas, pagará el costo.
No es momento de nostalgia. Es momento de visión. Y en agricultura, como en el campo, el que siembra tarde, cosecha poco.

