En este episodio les presento la entrevista que le hice a Moisés Moreno, del equipo de marketing de AMVAC. Durante la conversación Moisés nos presenta las bases detrás de su iniciativa Smart Soil, un iniciativa bien interesante con la cual la empresa busca impulsar la regeneración del suelo.
Una empresa puede equilibrar su cartera combinando agroquímicos convencionales con productos regenerativos como bioestimulantes o biocontroladores. La clave está en ofrecer soluciones integradas, construir una narrativa coherente y capacitar al equipo técnico y comercial para acompañar al productor.
A lo largo de este episodio se desarrolla una conversación directa y técnica sobre cómo integrar productos regenerativos dentro de una cartera comercial sin perder eficacia agronómica ni viabilidad económica. El intercambio con Moisés deja claro que la regeneración del suelo no es un discurso aspiracional, sino una estrategia que se puede estructurar, medir y vender cuando se entiende desde el sistema completo.
El punto de partida es el suelo. No como concepto romántico, sino como el principal activo productivo. Desde ahí se explica por qué Ambac decide ordenar su portafolio y construir una iniciativa como Smart Soil: había demasiadas soluciones dispersas que resolvían problemas aislados, pero pocas que dialogaran entre sí. El objetivo fue claro desde el inicio: pasar de vender productos sueltos a ofrecer programas técnicos integrados, con lógica agronómica y respaldo en datos.
Moisés comparte su trayectoria con naturalidad. Formación agronómica sólida, experiencia en nutrición vegetal, paso por distintas empresas y un viraje progresivo hacia marketing estratégico. No como alejamiento del campo, sino como una forma distinta de incidir en él. La idea es simple: sin campo no hay marketing, y sin estrategia no hay impacto sostenido. Esa visión explica por qué la iniciativa nace desde una lectura técnica y no desde una moda comercial.
Ambac se presenta como una empresa con un portafolio amplio: desinfección de suelos, insecticidas, fungicidas, herbicidas, nutrición, bioestimulación y ahora biológicos. El reto no era tener más productos, sino darles sentido en conjunto. Smart Soil surge justamente para resolver ese desorden funcional. No se trata de reemplazar lo químico, sino de equilibrarlo con herramientas biológicas y nutricionales que ayuden a prevenir, amortiguar o revertir problemas de suelo.
El primer caso que detonó la iniciativa fue el fusarium en agave. Un problema complejo, sistémico y recurrente. El análisis no se quedó en el patógeno, sino que incorporó malezas hospedantes, estrés radicular, microbiología del suelo y capacidad de recuperación de la planta. A partir de ahí se diseñó un programa que combina fungicidas, activadores radiculares, microorganismos benéficos y bioestimulación. La lógica no fue erradicar, sino reconstruir el equilibrio.
Aquí aparece uno de los pilares más relevantes del episodio: el diagnóstico como punto de partida obligatorio. Smart Soil no arranca con una receta, sino con análisis fitopatológicos, fitobenéficos y nutricionales. En etapas más recientes, se suma el análisis metagenómico a través de Solena, lo que permite identificar organismos que antes no podían medirse. Esto eleva el nivel técnico del programa y reduce la improvisación.
La diferencia frente a otros enfoques de manejo de suelo no está en un producto específico, sino en la capacidad de integrar múltiples tecnologías bajo un mismo criterio técnico. Tener química, biológicos, nutrición y bioestimulación dentro del mismo portafolio facilita construir estrategias coherentes y ajustables. No hay una sola solución, hay alternativas según el diagnóstico y el objetivo agronómico.
Actualmente existen entre 35 y 40 protocolos desarrollados, adaptables por cultivo y por problemática. Un mismo cultivo puede tener varios esquemas según el tipo de estrés predominante. Pepino, por ejemplo, no se aborda igual si el problema es patógeno fúngico o plaga de suelo. La flexibilidad del programa es clave para su adopción.
Los cultivos donde Smart Soil tiene mayor avance son berries —especialmente frambuesa y fresa—, además de aguacate, pepino, tomate, banano y caña de azúcar. No es casualidad: son sistemas intensivos, sensibles al suelo y con alto valor económico. Ahí, un error de manejo se paga caro, y una mejora sostenida se nota rápido.
La implementación no recae sólo en el agricultor. Hay un fuerte énfasis en capacitación interna: promotores, representantes y equipo de marketing. La lógica es clara: no se puede recomendar lo que no se entiende. Más adelante, la intención es ampliar la capacitación a aliados externos, siempre manteniendo el respaldo técnico del laboratorio.
Uno de los desafíos más comunes es lograr que el agricultor adopte el paquete completo y no sólo piezas sueltas. La respuesta es seguimiento. No promesas, no milagros. Acompañamiento en campo, explicación clara de qué esperar después de cada aplicación y medición constante de resultados. Aunque los cambios microbiológicos no siempre se ven, sí se traducen en mayor vigor, mejor desarrollo radicular y productividad más estable.
El éxito del programa, desde la visión de Ambac, se medirá por su presencia real en campo y su capacidad de generar información útil. En el futuro se plantea integrar plataformas digitales, sensores, análisis continuos e incluso inteligencia artificial para acelerar diagnósticos y recomendaciones. No como sustituto del agrónomo, sino como herramienta de soporte para decisiones más rápidas y precisas.
El equilibrio entre soluciones químicas y biológicas se aborda sin rodeos. La base es capacitación constante. Muchas moléculas conocidas siguen siendo mal usadas o mal dosificadas. Corregir eso ya es un avance enorme en sostenibilidad. A partir de ahí, se introducen nuevas tecnologías con demostraciones en campo y seguimiento cercano. El agricultor decide, pero decide mejor cuando entiende.
El cierre del episodio deja un mensaje claro: la regeneración del suelo no se impone, se construye. Requiere datos, presencia, disciplina técnica y visión de largo plazo. Smart Soil no pretende ser una etiqueta verde, sino un marco operativo para hacer agricultura más eficiente, más responsable y más rentable.
El agradecimiento final refuerza la idea central del podcast: esto es un trabajo colectivo. Capacitación, colaboración y constancia. Sin adornos, sin discursos grandilocuentes. Sólo campo, datos y decisiones mejor tomadas.

