Episodio 545: La comunicación agrícola en momentos difíciles con Marco Díaz

La comunicación agrícola en momentos difíciles con Marco Díaz

El agro en México no vive su mejor momento, pues hay malestar en diversos frentes. Es por ello que invité a mi amigo Marco Díaz, de Semillero Agropodcast, a hablar sobre el papel que juega la comunicación en momentos como este. Marco es comunicador de profesión, por lo que comprende a la perfección la situación.

Durante nuestra conversación, Marco también nos da más contexto sobre la Revista Comentarios y sobre Semillero Agropodcast, sus dos grandes proyectos en temas de comunicación agrícola. Además, nos platica cuáles son algunas de las claves que, desde su perspectiva, permiten mejorar la comunicación de las empresas del agro.


¿Cómo puede una mejor comunicación ayudar a resolver los problemas del agro?

La relación entre la agricultura y la comunicación ha sido históricamente subestimada, quizá porque se asume que los cultivos crecen a partir de procesos biológicos más que de intercambios humanos. Sin embargo, cuando los sistemas agrícolas enfrentan presiones climáticas, económicas o sociales, la fragilidad se vuelve evidente. En ese punto emerge con claridad el papel de una comunicación estratégica, capaz de articular conocimiento técnico, expectativas sociales y toma de decisiones. La complejidad del agro contemporáneo no se explica solo en términos de rendimientos o tecnologías; requiere entender cómo circula la información y quién la interpreta, porque de ello depende que las soluciones científicas se traduzcan en mejoras tangibles.

A medida que los sistemas agrícolas se vuelven más intensivos y dependientes de datos, la desconexión entre productores, instituciones y consumidores se amplifica. Esa distancia genera percepciones distorsionadas sobre prácticas productivas, riesgos sanitarios o impactos ambientales. Una mala interpretación puede desencadenar decisiones erróneas, desde políticas públicas poco efectivas hasta rechazos injustificados a innovaciones tecnológicas. Por ello, una comunicación transparente no solo transmite resultados, sino que construye confianza. Y sin confianza, incluso las herramientas más sofisticadas —sensores remotos, modelos predictivos o semillas mejoradas— pierden eficacia en el terreno.

La presión por producir alimentos suficientes para una población creciente intensifica estas tensiones. Los agricultores deben interpretar información climática, precios volátiles y nuevas regulaciones, mientras traducen esos datos en decisiones diarias. Sin un flujo comunicativo claro, los riesgos aumentan. La variabilidad climática, por ejemplo, exige comprender pronósticos y escenarios, pero también adaptarlos a condiciones locales. Cuando instituciones científicas emiten alertas sobre El Niño o sobre la expansión de una plaga, el mensaje puede perder fuerza si no está contextualizado para las realidades de cada región. Una comunicación efectiva conecta escalas: del laboratorio a la parcela, de la parcela al mercado, del mercado al consumidor.

La dimensión sociocultural también representa un desafío. En muchas regiones agrícolas, el conocimiento tradicional convive con innovaciones tecnológicas que no siempre se explican con sensibilidad hacia la experiencia campesina. Proyectos que ignoran esta diversidad suelen fracasar, porque la información llega de forma vertical y poco dialogada. En cambio, cuando se promueven espacios de diálogo horizontal, los agricultores se vuelven colaboradores activos en la construcción del conocimiento. Ese enfoque favorece la adopción de prácticas más sostenibles, desde la gestión integrada de plagas hasta el uso eficiente del agua. La comunicación no se limita entonces a transmitir instrucciones; ayuda a tejer relaciones y a legitimar la participación de quienes trabajan la tierra.

A nivel institucional, la comunicación adquiere un valor estratégico cuando traduce la ciencia agrícola en instrumentos de política pública. Un estudio sobre fertilidad de suelos o sobre emisiones de metano no genera impacto por sí mismo; requiere mediaciones narrativas y visuales que permitan a los tomadores de decisiones entender sus implicaciones. La divulgación científica, cuando se ejerce con rigor, no simplifica los conceptos hasta desvirtuarlos, sino que los vuelve accesibles para quienes deben asignar recursos, diseñar incentivos o vigilar su cumplimiento. En contextos donde los recursos son limitados, la claridad comunicativa evita que los debates se contaminen con información fragmentada o interpretaciones sesgadas.

La comunicación interna dentro de las propias empresas del sector agroalimentario también es crucial. La coordinación entre áreas técnicas, comerciales y operativas determina en gran medida la capacidad de respuesta ante contingencias. Si la unidad de campo detecta síntomas tempranos de una enfermedad vegetal, pero la información se diluye camino arriba, la reacción será tardía. Al contrario, protocolos de reporte bien estructurados permiten actuar de inmediato, contener brotes y reducir pérdidas. Los sistemas digitales de gestión, acompañados de capacitación adecuada, fortalecen esta red comunicativa. Sin embargo, incluso la tecnología más avanzada requiere de una cultura organizacional que valore la circulación oportuna de la información.

Las crisis alimentarias muestran con especial claridad la importancia de comunicar con precisión. Cuando surge una plaga invasora, como Spodoptera frugiperda, o una enfermedad que amenaza cultivos básicos, la información debe viajar rápido pero sin sacrificar exactitud. Exagerar el riesgo provoca pánico y decisiones precipitadas; minimizarlo retrasa la acción y agrava el daño. La región donde ocurre el brote, el grado de infestación y las alternativas de control deben presentarse de forma equilibrada. La sociedad necesita información para comprender lo que está en juego, pero la operación técnica exige mensajes específicos que orienten prácticas inmediatas. La comunicación eficaz distingue entre ambos niveles sin generar contradicciones.

En el ámbito del mercado, la narrativa sobre los alimentos influye directamente en la valorización de los productos agrícolas. Cuando los consumidores no comprenden los procesos detrás de la producción, las percepciones se llenan de mitos o expectativas irreales. Informar sobre métodos de cultivo, uso responsable de agroinsumos, certificaciones sanitarias o esfuerzos de reducción de huella ambiental contribuye a decisiones de compra más conscientes. Esto no significa producir propaganda, sino abrir ventanas hacia la complejidad del sistema alimentario. Una ciudadanía mejor informada demanda calidad, pero también impulsa innovaciones que benefician a toda la cadena.

La digitalización ha ampliado exponencialmente las posibilidades de comunicación, pero también ha multiplicado la desinformación. Las redes sociales, aunque útiles para difundir alertas o compartir buenas prácticas, pueden convertirse en focos de rumores que confunden a productores y consumidores. Combatir esa distorsión requiere estrategias de alfabetización digital que permitan evaluar la fiabilidad de las fuentes. Las instituciones agrícolas, tanto públicas como privadas, deben asumir la responsabilidad de generar contenido verificable, comprensible y actualizado. Cuando los mensajes se alinean con evidencia científica sólida, las comunidades rurales disponen de una base más estable para tomar decisiones.

En las zonas donde el acceso a la conectividad es limitado, la comunicación interpersonal sigue siendo la herramienta central. Técnicos de campo, líderes comunitarios y organizaciones locales cumplen un rol fundamental en la transmisión del conocimiento. Su trabajo evidencia que la comunicación no depende solo del canal, sino de la relación entre quien transmite el mensaje y quien lo recibe. Allí donde el vínculo es fuerte, la información fluye con rapidez y se convierte en acción. Por eso es crucial fortalecer las capacidades comunicativas de los actores locales, dotándolos de recursos pedagógicos y habilidades narrativas que potencien su labor.

La academia agrícola también enfrenta el reto de comunicar más allá de los círculos especializados. Las investigaciones sobre microbiomas del suelo, edición genética o manejo de recursos hídricos poseen una complejidad técnica que suele dificultar su difusión. Sin embargo, cuando los científicos explican los mecanismos fundamentales sin sacrificar precisión, se abre un puente hacia el público general y hacia quienes implementan las innovaciones. La comunicación científica rigurosa no es un adorno, sino una extensión natural de la investigación. A través de ese puente, la sociedad comprende mejor la relevancia del conocimiento agrícola y apoya su desarrollo.

Finalmente, una mejor comunicación en el agro no surge de un único modelo, sino de múltiples prácticas que convergen para reducir incertidumbre y mejorar la acción colectiva. Cuando los mensajes fluyen con claridad, las soluciones se implementan con mayor rapidez. Cuando las voces locales se integran al diálogo, las innovaciones se adaptan a contextos reales. Y cuando la ciencia se explica con precisión y respeto, las decisiones se vuelven más coherentes con los desafíos que enfrentan los sistemas alimentarios. La agricultura, que depende de ciclos naturales y dinámicas humanas, encuentra en la comunicación un recurso tan esencial como el agua o la luz.

  • FAO. (2019). The State of Food and Agriculture.
  • Lundgren, J. G., & Fausti, S. W. (2015). Trading biodiversity for pest problems.
  • ONU. (2021). Informe sobre sistemas alimentarios.
  • Pretty, J. (2018). Sustainable intensification of agriculture.
  • Rogers, E. (2003). Diffusion of innovations.
  • Schut, M. et al. (2016). Systems approaches in agricultural innovation.
    World Bank. (2020). Agricultural digital technologies report.

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