En esta conversación, Héctor Adame nos platicó sobre el desarrollo de un producto de nutrición para los suelos, que surgió como resultado de un proceso detonado por la curiosidad y la necesidad de procesar los desechos orgánicos de forma rápida y eficiente.
En este sentido fue que desarrolló FOCA Systems, un fertiabono orgánico que está teniendo bastante éxito —en cuestiones agrícolas, sí, pero también en el cuidado de pastos y céspedes, así como en plantas ornamentales. En este episodio nos explica los pormenores de su proyecto y de su producto.
¿Por qué la recirculación de los residuos orgánicos es esencial?
El ser humano construyó su civilización sobre una base biológica que rara vez reconoce: el flujo circular de la materia orgánica. Desde los primeros asentamientos agrícolas hasta las megaciudades contemporáneas, la prosperidad económica se ha sustentado en la extracción de recursos naturales y en la expulsión de desechos fuera de los límites visibles del sistema. Sin embargo, ese modelo lineal —extraer, producir, consumir y desechar— ha alcanzado su límite físico y moral. La recirculación de los residuos orgánicos emerge hoy como una necesidad no solo ecológica, sino social y económica, capaz de redefinir las estructuras productivas, laborales y energéticas del siglo XXI.
La economía moderna ha tratado los residuos como un costo, no como un activo. Cada año, el mundo genera más de 2,000 millones de toneladas de desechos urbanos, de los cuales cerca del 45 % son de origen orgánico. En países en desarrollo, esta cifra puede superar el 60 %. En términos económicos, se trata de una pérdida monumental de materia prima y de energía potencial, pues esos residuos contienen carbono, nitrógeno, fósforo y agua: los mismos elementos que sostienen la agricultura y la industria alimentaria. En lugar de reincorporarlos al circuito productivo, los enterramos o incineramos, multiplicando los costos de gestión y las emisiones. La ineficiencia metabólica de este sistema equivale a una hemorragia de recursos en plena crisis ambiental y social.
En este escenario, la recirculación de los residuos orgánicos se perfila como un motor de economía circular. Su principio es simple: lo que un sector desecha, otro puede utilizar. Las cadenas agroindustriales, por ejemplo, generan toneladas de subproductos —cáscaras, bagazos, estiércoles— que, procesados mediante compostaje, biodigestión o vermicultura, pueden transformarse en fertilizantes, biogás o sustratos agrícolas. Este proceso no solo reduce costos, sino que crea empleos locales en zonas rurales y periurbanas. Cada planta de compostaje o digestión anaerobia se convierte en un nodo productivo capaz de articular agricultores, recolectores, transportistas y técnicos, generando valor agregado donde antes solo había desecho.
La dimensión social de este proceso es profunda. En muchas regiones del mundo, el manejo de residuos orgánicos está en manos de sectores vulnerables: pepenadores, cooperativas, campesinos sin tierra. Integrar su labor a un marco formal de economía circular implica reconocer su papel como agentes ecológicos y económicos, no como marginales del sistema. En América Latina, diversas cooperativas han demostrado que la gestión comunitaria de residuos puede ser tan eficiente como la pública o privada, y más equitativa. Cuando los residuos se transforman en insumos, también lo hace la dignidad de quienes los manipulan: se convierten en productores de fertilidad y energía.
La agricultura, por su parte, enfrenta una paradoja estructural. Mientras los residuos urbanos se acumulan en vertederos, los suelos agrícolas se empobrecen por falta de materia orgánica. Este divorcio entre campo y ciudad representa una fractura económica de gran magnitud. Reintegrar los residuos al suelo no solo restaura su fertilidad, sino que reduce la dependencia de fertilizantes químicos importados, cuyo costo se ha disparado en los últimos años. En términos macroeconómicos, cerrar este ciclo podría representar un ahorro sustancial en divisas y una mayor soberanía alimentaria, al fortalecer la capacidad productiva interna.
Desde la perspectiva energética, la recirculación abre una vía hacia la bioeconomía. Los residuos orgánicos contienen un poder calorífico que puede transformarse en biogás, biometano o bioetanol, sustituyendo parcialmente a los combustibles fósiles. En Europa, miles de plantas de digestión anaerobia alimentan redes locales de energía y calefacción; en Asia, sistemas más simples proporcionan gas doméstico a comunidades rurales. Estos modelos reducen las emisiones, descentralizan la energía y fortalecen la autonomía económica local. Cuando la materia se recircula, también lo hace la riqueza: los beneficios permanecen en el territorio.
Las ciudades, sin embargo, son el eslabón más rezagado de esta transición. El urbanismo contemporáneo se diseñó para expulsar residuos, no para metabolizarlos. Pero la presión demográfica y ambiental obliga a repensar esta lógica. Surgen así los ecosistemas urbanos circulares, donde los residuos orgánicos se recolectan de forma diferenciada y se procesan dentro del mismo entorno urbano. Restaurantes, mercados y viviendas se convierten en proveedores de biomasa que alimenta microplantas de compostaje o biodigestores. Este modelo no solo reduce costos de transporte y disposición, sino que genera empleo y conciencia cívica. Cada kilo de residuo que se transforma localmente evita externalidades costosas: contaminación, emisiones, enfermedades.
El impacto económico de estas transformaciones puede ser notable. Según estimaciones del World Economic Forum, la transición hacia una economía circular en el sector de residuos podría generar más de 4 millones de empleos netos en el mundo para 2030. Pero más allá de las cifras, lo esencial es el cambio de paradigma: pasar de una economía extractiva a una regenerativa. En una sociedad donde la productividad se mide por la velocidad del consumo, recircular los residuos orgánicos implica desacelerar y reconfigurar los flujos económicos hacia la durabilidad, la reparación y el equilibrio.
En el plano político, la recirculación representa una oportunidad de justicia ambiental. Los vertederos, históricamente ubicados cerca de comunidades pobres, son focos de desigualdad estructural. Transformar los residuos en recursos implica redistribuir los beneficios ambientales y económicos, permitiendo que los sectores históricamente afectados participen en la nueva cadena de valor. Programas de compostaje comunitario, incentivos fiscales para la valorización de residuos o subsidios a la bioenergía pueden equilibrar la balanza entre crecimiento económico y equidad social.
La investigación científica ha demostrado que la valorización de residuos orgánicos reduce los costos de gestión municipal en hasta un 40 %, prolonga la vida útil de los rellenos sanitarios y disminuye las emisiones de gases de efecto invernadero. Pero más allá de los números, el valor real está en reconstruir la relación entre economía y ecología. Durante siglos, la economía se ha concebido como una esfera separada de la naturaleza, una abstracción de flujos monetarios desvinculados del metabolismo planetario. La recirculación de los residuos orgánicos desmonta esa ilusión: revela que toda economía es, en esencia, una extensión del metabolismo de la Tierra.
La resistencia a este cambio no es técnica, sino cultural. Las sociedades modernas asocian el residuo con la suciedad, no con la renovación. Cambiar esa percepción requiere educación, políticas públicas y, sobre todo, ejemplos tangibles. Proyectos como los mercados agroecológicos que recolectan sus propios desechos para producir compost, o las empresas que transforman residuos alimentarios en biogás, son demostraciones concretas de que el circuito puede cerrarse con beneficios mutuos. Cada experiencia exitosa erosiona la frontera entre desecho y recurso, entre problema y oportunidad.
El futuro económico dependerá, en gran medida, de nuestra capacidad para integrar los ciclos biológicos en los circuitos financieros. La eficiencia del siglo XXI no se medirá por la producción ilimitada, sino por la capacidad de reusar, regenerar y conservar. La recirculación de los residuos orgánicos es, en última instancia, una estrategia civilizatoria: transforma la basura en valor, el desperdicio en trabajo y la degradación en resiliencia. Si la economía quiere seguir respirando, deberá hacerlo al ritmo del suelo que la sustenta.
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