Episodio 116: ¿Cómo se puede mejorar la enseñanza agrícola?

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La enseñanza agrícola, la formación de agrónomos y la relación con el campo están cambiando rápidamente. A partir de reflexiones surgidas en torno a Aurelio Bastida y su trabajo en la Universidad Autónoma Chapingo, surge una pregunta directa: ¿estamos preparando bien a los profesionales agrícolas?

Las transformaciones educativas recientes, aceleradas por cambios tecnológicos y sociales, obligan a revisar modelos universitarios, especialización profesional y educación digital. Desde la experiencia acumulada en instituciones como la Universidad Autónoma Chapingo, se proponen tres ideas concretas para repensar cómo debería evolucionar la enseñanza agrícola en México.

La enseñanza agrícola en México necesita revisarse con atención. A lo largo del tiempo se han construido modelos educativos que respondían a necesidades específicas del sector, pero el contexto actual muestra que varios de esos esquemas ya no funcionan con la misma eficacia. Al analizar cómo se forman los profesionistas del campo aparecen tres reflexiones principales que ayudan a entender dónde están las áreas de mejora.

La primera reflexión gira en torno a la hiperespecialización dentro de las carreras agrícolas. Durante décadas se impulsó la idea de formar profesionistas extremadamente especializados en una sola área. Este modelo tenía sentido cuando muchas instituciones gubernamentales requerían perfiles técnicos muy específicos para cubrir puestos concretos.

Sin embargo, el campo mexicano actual funciona de otra manera. En la práctica diaria, los productores rara vez cuentan con equipos completos de especialistas. La mayoría trabaja con superficies relativamente pequeñas y no tiene la capacidad económica para contratar expertos distintos para cada área técnica.

Eso significa que el agrónomo que asesora a un productor necesita resolver problemas diversos al mismo tiempo. Debe comprender cuestiones relacionadas con planta, suelo, agua, plagas y manejo del cultivo. La realidad del campo obliga a tener una visión amplia del sistema productivo.

Cuando la formación universitaria se enfoca exclusivamente en una especialidad, el profesionista sale con un conocimiento profundo de un tema pero con vacíos importantes en otros aspectos fundamentales del proceso agrícola.

Un ejemplo claro aparece al revisar programas de estudio en áreas como la mecánica agrícola. Durante la carrera se estudian con detalle las máquinas utilizadas en la producción, sus componentes y su funcionamiento. Sin embargo, el objetivo final de esas máquinas es trabajar con cultivos, y aun así muchas veces no se profundiza en el conocimiento de la planta.

Se aprende a diseñar o ajustar maquinaria para determinados cultivos, pero el estudiante puede terminar sin entender bien la fisiología vegetal, el manejo del suelo o las necesidades agronómicas de los cultivos que esa maquinaria pretende mejorar.

Este fenómeno no ocurre únicamente en una especialidad. Algo similar sucede en áreas como irrigación, donde se domina el manejo del agua pero se conocen poco otros factores productivos. El resultado es un profesionista que domina un tema específico pero tiene dificultades para comprender el sistema agrícola completo.

El problema no es la especialización en sí. La especialización puede ser muy valiosa cuando existe un contexto productivo que la aproveche. En explotaciones agrícolas de gran escala o en empresas agroindustriales es común encontrar equipos formados por expertos en distintos campos.

Allí el modelo funciona bien: un especialista en suelos, otro en sanidad vegetal, otro en maquinaria y otro en economía agrícola pueden colaborar para optimizar la producción.

El desafío es que la estructura productiva del campo mexicano no siempre permite ese tipo de organización. Muchos productores trabajan con superficies reducidas y necesitan asesoría técnica integral.

Por eso surge la idea de replantear la estructura educativa. En lugar de formar especialistas extremos desde la licenciatura, podría ser más útil ofrecer una formación agrícola más integrada. Esto no significa formar profesionistas superficiales, sino asegurar que comprendan el sistema agrícola completo.

Bajo esta lógica, la especialización podría trasladarse a etapas posteriores de la formación. Las maestrías serían el espacio natural para profundizar en un área específica, mientras que los doctorados quedarían orientados principalmente hacia la investigación científica.

De esta manera, el egresado de licenciatura tendría una base sólida en todo el sistema productivo y después decidiría si desea concentrarse en un tema particular.

La segunda reflexión se relaciona con la ubicación de las escuelas agrícolas. Muchas instituciones que históricamente han sido fundamentales para la formación agronómica se encuentran actualmente en zonas urbanas o muy cercanas a grandes ciudades.

Un ejemplo evidente es la Universidad Autónoma Chapingo, ubicada en Texcoco, dentro de una región altamente urbanizada y muy cercana a la Ciudad de México.

Esto genera una situación interesante. Los estudiantes pasan varios años formándose en un entorno urbano mientras estudian temas relacionados con la producción agrícola. Durante ese periodo se acostumbran a una dinámica citadina que no siempre refleja la realidad del campo.

Cuando terminan sus estudios y regresan a zonas agrícolas importantes del país, se encuentran con contextos culturales y sociales diferentes. Esa transición puede dificultar la integración con las comunidades rurales y con la dinámica real de la producción.

El punto no es cuestionar el valor de las instituciones existentes. Universidades como Chapingo poseen infraestructura, campos experimentales y décadas de experiencia académica.

La reflexión apunta más bien a considerar si las escuelas agrícolas deberían estar más vinculadas con las regiones productivas. Las zonas donde se cultivan determinados productos podrían convertirse en centros naturales de formación especializada.

Por ejemplo, si una región es líder en la producción de berries, tendría sentido que las instituciones educativas cercanas desarrollaran programas académicos enfocados en ese tipo de cultivos.

El Bajío, Sinaloa, Baja California o Michoacán son regiones agrícolas muy importantes que podrían beneficiarse de centros educativos fuertemente conectados con sus sistemas productivos.

Una escuela ubicada dentro de una región agrícola vive de cerca los problemas reales del campo. Profesores y estudiantes pueden interactuar directamente con productores, observar cultivos en condiciones reales y generar soluciones adaptadas al entorno.

Esa cercanía facilita que el conocimiento académico se traduzca en mejoras concretas para la producción.

La tercera reflexión se centra en la enseñanza agrícola digital. En los últimos años, la educación en línea ha comenzado a expandirse, pero todavía existe un enorme potencial sin aprovechar dentro del sector agrícola.

La idea es sencilla pero poderosa. Existen miles de egresados de escuelas agrícolas en el país, cada uno con conocimientos especializados en algún tema.

Si cada uno de esos profesionistas pudiera grabar una clase o conferencia sobre un tema específico que domina, sería posible construir una biblioteca enorme de conocimiento agrícola.

Imaginemos una plataforma digital donde se reunieran miles de clases sobre agricultura, organizadas por temas y disponibles para estudiantes, técnicos y productores.

Un proyecto así requeriría coordinación y organización. Sería necesario evitar la duplicación de contenidos y asegurar que se cubran todas las áreas importantes de la formación agrícola.

También se necesitaría un equipo responsable de estructurar el material, revisar los contenidos y mantener la plataforma funcionando.

Sin embargo, el impacto potencial sería enorme. La enseñanza agrícola podría volverse mucho más accesible. Los estudiantes tendrían la posibilidad de repasar temas cuando lo necesiten, y los profesionistas en ejercicio podrían actualizar conocimientos con facilidad.

Además, este tipo de proyecto permitiría aprovechar la experiencia acumulada de miles de especialistas que trabajan en distintas regiones del país.

En lugar de que ese conocimiento permanezca disperso, podría integrarse en un solo espacio digital dedicado exclusivamente a la educación agrícola abierta.

Las tres reflexiones convergen en un mismo punto: la necesidad de repensar cómo se forma a los profesionistas del campo.

La estructura de las carreras, la ubicación de las escuelas y el uso de herramientas digitales son elementos que pueden influir profundamente en la calidad de la formación agrícola.

No se trata de cambiar todo el sistema educativo de un día para otro. Muchas de estas ideas aún requieren análisis más detallados y propuestas concretas.

Pero abrir la discusión ya es un paso importante. Analizar cómo se está enseñando agricultura y cómo podría hacerse mejor permite imaginar un modelo educativo más conectado con la realidad del campo.

La agricultura enfrenta desafíos crecientes relacionados con productividad, sostenibilidad y seguridad alimentaria. Contar con profesionistas bien preparados será fundamental para enfrentar esos retos.

Repensar la enseñanza agrícola no es sólo un ejercicio académico. Es una manera directa de fortalecer el futuro del campo.