Episodio 087: Reflexionando sobre la enseñanza agrícola en México

Reflexionando sobre la enseñanza agrícola en México con Aurelio Bastida

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Prepara y ejecuta una conversación difícil en el trabajo


La conversación gira alrededor de una pregunta urgente: para qué sirve hoy la formación agrícola en México y a quién está respondiendo en realidad. Aurelio Bastida Tapia, profesor de la Universidad Autónoma Chapingo, plantea un diagnóstico directo sobre educación, enseñanza y la distancia entre escuela, campo y sociedad en el país.

Aquí se ponen sobre la mesa problemas que siguen abiertos: desconexión con los productores, especialización fragmentada y poca capacidad para resolver necesidades reales. Aurelio Bastida Tapia también plantea qué tendría que cambiar en universidades como la Universidad Autónoma Chapingo para formar profesionistas útiles, críticos y vinculados con el bienestar colectivo.

Me queda claro desde el inicio que Aurelio separa dos cosas que con frecuencia se mezclan: la educación y la enseñanza. Para él, la educación tiene que ver con valores, actitudes, criterios y formas de entender la vida social, mientras que la enseñanza se refiere más a conocimientos, técnicas y herramientas. Desde esa diferencia, sostiene que una verdadera formación agrícola tendría que orientarse al bienestar, al cuidado de la naturaleza y a la satisfacción de necesidades colectivas, no solamente a preparar personas para competir de forma individual o perseguir ganancias.

Su postura es que la educación agrícola en México no está cumpliendo plenamente con ese papel, sobre todo porque no forma con suficiente fuerza una conciencia ecológica, social y alimentaria. Considera que esa parte tendría que ser transversal desde niveles básicos y no exclusiva de las escuelas de agronomía. Habla de la necesidad de entender mejor qué implica producir alimentos, cuidar agua y aire, y tomar decisiones de consumo con criterio. En ese sentido, también pone sobre la mesa el tema de la alimentación y critica que por años se haya promovido como deseable la comida ultraprocesada, mientras se desprecia la comida tradicional más sana.

Aurelio no cree que los valores queden cerrados por completo antes de llegar a la universidad. Más bien plantea que el conocimiento sí puede modificar actitudes y abrir otra manera de ver el impacto que se tiene sobre la naturaleza, la sociedad y la producción. Aun así, insiste en que la formación de valores depende de tres grandes espacios: la familia, la escuela y el ambiente social. Dentro de ese ambiente coloca a los medios de comunicación, a los que ve como actores que muchas veces deforman criterios, fomentan consumismo y contribuyen a formar personas poco críticas.

Cuando entra de lleno a la enseñanza agrícola, el señalamiento más fuerte es que sigue demasiado alejada de los problemas reales de los productores. Explica que hay distintos enfoques de formación, desde el agrónomo general hasta esquemas de especialización muy marcados, pero en ambos casos ve una falla común: no se trabaja lo suficiente desde la realidad concreta del campo. El problema no es solo de planes de estudio, sino de una estructura histórica que en algún momento tuvo lógica y luego perdió articulación.

Ahí aparece el llamado Plan Chapingo, que Aurelio ubica entre los años cincuenta y sesenta. Entiendo su explicación como una propuesta donde escuela, investigación y gobierno debían funcionar como partes de un mismo sistema. La idea era formar especialistas en riego, suelos, fitotecnia y otras áreas para atender una agricultura que estaba construyendo infraestructura y que requería equipos completos. Según su lectura, el esquema tenía sentido mientras el Estado dirigía buena parte del desarrollo agrícola. El problema vino después, cuando el Estado dejó de ser el gran articulador y cada actor siguió operando por su cuenta, sin ajustar la lógica de fondo.

Desde ahí surge otro desacierto: la especialización se mantuvo, pero ya sin integración efectiva. Cada profesionista ve una fracción del problema y rara vez se forma o trabaja como parte de un equipo real. Eso provoca que una necesidad productiva compleja termine siendo atendida de manera parcial. Aurelio no resuelve esto proponiendo simplemente regresar al agrónomo general, sino pensando en una formación que combine bases amplias, trabajo interdisciplinario y conexión directa con los contextos donde se producen alimentos.

También cuestiona con fuerza la forma en que se hacen muchas tesis e investigaciones. No niega la importancia de la investigación básica, pero en licenciatura y en buena parte de la investigación aplicada ve una dinámica repetida: se inventa o acota un problema dentro del laboratorio o del campo experimental, se genera una solución académicamente presentable, el estudiante se titula, el investigador publica y el conocimiento casi no sale de ese circuito. Lo que falta, según entiendo su argumento, es trabajar con productores concretos, en situaciones concretas, compartiendo riesgos, limitaciones económicas y condiciones reales.

Ese punto es central porque para Aurelio no basta con que algo funcione técnicamente en un campo experimental. Hace falta ajustar esa propuesta al entorno económico, social y ambiental donde tendría que aplicarse. Subraya que México no tiene una sola agricultura ni un solo conjunto de condiciones. Habla de zonas áridas, semiáridas, templadas, de trópico húmedo y de trópico seco, además de una enorme diversidad de productores, cultivos y escalas. Por eso considera un error muy grave querer llevar la misma receta a todos lados.

En su lectura del campo mexicano, el contraste más importante es entre agricultura empresarial y agricultura campesina. Señala que una parte menor de los productores trabaja con mejores condiciones, capital, infraestructura y acceso a asesoría diversa, mientras una mayoría vive en pobreza y produce con fuertes limitaciones. De ahí deriva una pregunta decisiva: si se quiere hablar de autosuficiencia alimentaria y de bienestar, la enseñanza agrícola tendría que empezar por responder a quienes menos margen tienen. No basta con tomar como modelo a regiones altamente mecanizadas o a sistemas empresariales exitosos, porque esas condiciones no representan al conjunto del país.

Cuando se aborda la relación entre universidad y empresa, Aurelio reconoce que la distancia sigue siendo muy grande. Ve responsabilidades de ambos lados. Por parte de las instituciones, faltó interés real para acercarse a las problemáticas productivas y construir confianza. Por parte de muchos empresarios, detecta una cultura de menosprecio hacia el técnico mexicano, con la idea de que un especialista extranjero vale más solo por venir de un país desarrollado. Cuenta que durante años fue común traer técnicos de fuera, aun cuando no entendieran las condiciones climáticas, laborales y culturales del país.

Ese menosprecio también se reflejaba en salarios y en oportunidades. Mientras a un técnico extranjero se le pagaba mucho mejor, al profesionista mexicano se le ofrecían condiciones menores. Aun así, Aurelio reconoce que varios egresados han demostrado capacidad y han hecho buen trabajo cuando se les da espacio. Lo que sigue faltando es una cultura de colaboración donde empresas e instituciones apoyen procesos formativos ligados a problemas reales y donde se reconozca mejor el valor del conocimiento local.

En su mirada hacia el futuro, la pandemia aparece como un punto de inflexión. Aurelio piensa que empujará cambios en la enseñanza agrícola, sobre todo en el uso de tecnologías remotas, pero deja claro que no todo puede aprenderse a distancia. Hay tareas, habilidades y decisiones que exigen contacto directo con plantas, suelos, cultivos, herramientas y procesos productivos. Desde ahí imagina una formación más distribuida, donde parte del aprendizaje práctico ocurra en los lugares de origen de los estudiantes, con pequeños ensayos, cultivos o experiencias cercanas.

Otro tema que me parece especialmente fuerte es su reflexión sobre el origen social de quienes estudian agronomía. Observa que muchos jóvenes del campo llegan buscando salir de condiciones duras y no necesariamente con deseo de regresar a trabajar su territorio. En cambio, ve a varios estudiantes de ciudad o hijos de profesionistas con más disposición a emprender nuevos proyectos agrícolas. No lo plantea como una regla absoluta, sino como una tensión cultural profunda: por generaciones, el éxito se ha asociado con salir del campo y no con transformarlo.

Finalmente, cuando habla de innovación agrícola, insiste en que no depende solo de dinero, concursos o becas. Para él, lo primero es construir trabajo en equipo y revisar a fondo los enfoques de formación. Critica que cada especialidad siga enseñando su “parcelita” sin integrarse con las demás, y que incluso áreas técnicas muy importantes operen sin suficiente conexión con la fisiología, la economía, la nutrición o la realidad productiva. También subraya que México necesita mayor desarrollo tecnológico propio y, al mismo tiempo, mayor capacidad para adaptar con inteligencia tecnologías externas.

En conjunto, la visión que queda es exigente pero muy clara. La enseñanza agrícola tendría que volverse más humana, más situada y más útil. Tendría que formar personas con criterio social y ambiental, capaces de trabajar con otros, leer contextos distintos y responder a problemas verdaderos. Sin esa vinculación con la realidad, la formación agrícola seguirá produciendo conocimientos parciales, soluciones incompletas y profesionistas que llegan tarde a los cambios que el campo ya está exigiendo.