La tecnología de nanoburbujas está cambiando la forma en que se usa el agua en agricultura. Niels Schellingerhout explica cómo incrementar oxígeno, mejorar raíces y lograr mayor rendimiento sin recurrir a químicos. Es una propuesta directa: producir más con menos recursos y resolver problemas estructurales del riego.
También se abordan temas clave como ahorro de agua, control de patógenos y eficiencia operativa. Moleaer plantea una solución aplicable desde invernaderos hasta campo abierto, con impactos visibles en productividad y sanidad. El enfoque es práctico: tecnología adaptable, resultados medibles y una inversión con retorno claro.
La base de todo parte de entender qué son las nanoburbujas. Se trata de burbujas extremadamente pequeñas, invisibles, que permanecen suspendidas en el agua durante largos periodos. Esto cambia completamente la forma en que el oxígeno se disuelve, ya que no se pierde rápidamente como ocurre con métodos tradicionales.
En lugar de escapar hacia la superficie, estas burbujas permanecen activas y permiten que el oxígeno esté disponible por más tiempo. Aquí está uno de los puntos más importantes: la eficiencia de disolución supera el 86%, muy por encima de tecnologías convencionales. Esa diferencia es lo que abre la puerta a impactos agronómicos reales.
El efecto más directo se observa en la zona radicular. Al llevar agua altamente oxigenada al suelo, se crea un entorno donde las raíces crecen más, se vuelven más densas y saludables. Esto no es un detalle menor. A partir de ahí se desencadena una cadena de beneficios: mejor absorción de nutrientes, mayor vigor de la planta y ciclos productivos más eficientes.
En términos prácticos, esto significa que con la misma cantidad de agua y fertilizantes se puede obtener más producción. Por eso, aunque no reduce directamente el volumen aplicado en todos los casos, sí mejora la eficiencia del uso del agua. En contextos donde el recurso hídrico es limitado, este punto se vuelve crítico.
Otro aspecto relevante es cómo cambia la percepción del oxígeno. Aunque está presente en el aire y en el agua, no siempre está disponible en la forma que las plantas necesitan. Aquí se rompe esa idea de que es un recurso “gratuito”. La clave está en la disponibilidad real en la raíz, no en su presencia teórica.
Además del impacto en fisiología vegetal, aparece un efecto importante en la calidad del agua. Las nanoburbujas tienen carga negativa, lo que les permite adherirse a partículas suspendidas. Esto facilita su eliminación y mejora la claridad del agua. Pero hay algo más relevante aún.
Cuando estas burbujas colapsan, generan procesos de oxidación capaces de afectar patógenos. Sin necesidad de químicos, se logra un efecto de desinfección parcial. Esto introduce una posibilidad interesante: reducir el uso de insumos químicos en el manejo del agua.
También hay implicaciones directas en los sistemas de riego. Las nanoburbujas actúan como si fueran partículas sólidas en movimiento. Al circular por tuberías, filtros y goteros, ayudan a remover biopelículas formadas por algas y materia orgánica. Esto reduce obstrucciones y mantenimiento.
En sistemas de riego por goteo, esto se traduce en menor taponamiento. A nivel operativo, significa menos uso de ácidos y menos intervenciones correctivas. Es un beneficio que no siempre se considera al inicio, pero que impacta costos y estabilidad del sistema.
En cuanto a aplicaciones foliares, todavía se encuentran en evaluación. Se está investigando cómo las nanoburbujas pueden mejorar la adherencia de productos o incluso contribuir al control de enfermedades cuando se combinan con gases como el ozono. Este punto aún no está completamente definido, pero muestra una línea de desarrollo clara.
La generación de nanoburbujas ocurre mediante equipos que inyectan gas en el agua a través de un sistema patentado. Estos equipos pueden integrarse en distintas partes del sistema de riego: en línea, en pozos o en reservorios. La flexibilidad de instalación permite adaptarse a diferentes condiciones productivas.
Un punto fuerte es la escalabilidad. Existen equipos que trabajan desde flujos pequeños hasta grandes volúmenes, lo que permite su uso tanto en pequeñas unidades como en operaciones extensivas. Esto facilita su adopción en distintos niveles tecnológicos.
Los resultados observados dependen del cultivo y del sistema. En invernaderos, se reportan incrementos en rendimiento y mejora en la sanidad de las plantas. En campo abierto, especialmente en suelos compactos, se observa mejor infiltración del agua, debido a la reducción de la tensión superficial.
Esto último es clave. En suelos difíciles, el agua tratada con nanoburbujas penetra mejor, lo que mejora la distribución en el perfil. No es solo un tema de oxígeno, sino de comportamiento físico del agua en el suelo.
En cuanto a enfermedades, el impacto se relaciona con el ambiente aeróbico que se genera. Muchos patógenos del suelo, como Fusarium, Phytophthora o Pythium, prosperan en condiciones con bajo oxígeno. Al cambiar ese entorno, su desarrollo se ve limitado.
Los resultados empiezan a notarse en diferentes momentos según el cultivo. En ciclos cortos, pueden observarse rápidamente. En cultivos más largos, los cambios se evidencian a mitad del ciclo, especialmente en el desarrollo radicular y la productividad inicial.
Un dato relevante es el nivel de oxígeno alcanzado. Mientras el punto de saturación normal del agua está entre 7 y 10 ppm, con esta tecnología se puede llegar a niveles superiores al 200% de saturación. En algunos casos, se alcanzan valores de 25 ppm o más.
Esto redefine lo que se considera posible en términos de oxigenación del agua. No se trata de mejorar ligeramente, sino de operar en un rango completamente distinto.
Desde el punto de vista energético, los equipos están diseñados para ser eficientes. No requieren presiones elevadas ni grandes consumos eléctricos. Además, pueden generar su propio oxígeno, lo que elimina la necesidad de insumos externos como cilindros.
En términos económicos, el retorno de inversión suele ubicarse entre 6 y 16 meses. Este rango depende del cultivo, la frecuencia de ciclos y las condiciones específicas de cada operación. Aun así, es un periodo relativamente corto dentro del contexto agrícola.
Un caso destacado muestra incrementos de hasta 40% en rendimiento en fresas, junto con una reducción significativa de enfermedades. También se observó mayor tolerancia al estrés térmico, lo que aporta estabilidad en condiciones variables.
En conjunto, la propuesta se centra en tres ejes: mejorar la eficiencia del agua, fortalecer la planta desde la raíz y reducir dependencias externas como químicos o mantenimiento intensivo. Todo parte de un cambio en cómo se gestiona el oxígeno dentro del sistema productivo.

