Episodio 325: ¿La agricultura se aprende en 100 años?

¿La agricultura se aprende en 100 años?
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La idea de que la agricultura toma décadas en dominarse se cuestiona desde la experiencia práctica vinculada al CIMMYT. Aquí se plantea algo directo: aprender más rápido, colaborar mejor, romper inercias y dejar de aceptar límites que ya no aplican en el contexto actual del campo.

Se analiza cómo la práctica cotidiana puede cambiar si se integran nuevas formas de trabajo inspiradas en redes como SmeUp y en enfoques compartidos por Cuauhtémoc Vázquez. El mensaje es claro: cooperar antes de competir, abrirse a otras ideas, acelerar el aprendizaje y transformar la forma en que se toman decisiones técnicas.

La frase de que la agricultura se aprende en cien años, una lección por temporada, aparece constantemente en conversaciones del sector. Durante mucho tiempo se acepta sin cuestionarse, casi como una verdad absoluta. Sin embargo, al observar con detenimiento la realidad actual, esa idea comienza a perder fuerza. No porque el campo haya dejado de ser complejo, sino porque las condiciones para aprender han cambiado.

Hoy existen más herramientas, más acceso a información y, sobre todo, más posibilidades de interacción entre personas. Aun así, se sigue actuando como si cada quien tuviera que recorrer el camino solo. Esa contradicción es el punto de partida: si el aprendizaje sigue siendo lento, no es por falta de recursos, sino por la forma en que se trabaja.

El enfoque cambia cuando se introduce el concepto de co-competencia, una idea que propone colaborar primero para hacer crecer el entorno y después competir dentro de él. En lugar de ver a otros técnicos, asesores o productores como amenazas, se les reconoce como parte de un mismo ecosistema que puede fortalecerse si se comparte conocimiento.

Un ejemplo concreto permite entenderlo mejor. Al iniciar una etapa independiente como asesor, surge una situación común: un productor propone trabajar exclusivamente con una sola persona y cerrar la puerta a otras opiniones. Esta práctica es frecuente, ya que se asocia con control y claridad en la toma de decisiones. Sin embargo, se plantea una postura distinta: permitir que otros asesores entren, observen y opinen.

Esa decisión genera sorpresa. No es lo habitual. Pero tiene un fundamento claro. Ningún asesor, por más experiencia que tenga, puede observar todo. La presencia constante en el campo genera lo que se conoce como “ceguera de taller”: la familiaridad impide detectar errores evidentes. En cambio, una mirada externa puede identificar fallas en cuestión de minutos.

En el manejo diario de un cultivo, hay múltiples variables en juego. Desde la fertirrigación hasta la detección de fugas o problemas sanitarios, muchas situaciones ocurren fuera de los momentos en que el asesor está presente. Incluso visitando el campo varias veces por semana, siempre habrá espacios ciegos. Por eso, abrir la puerta a otras observaciones se vuelve una ventaja.

El riesgo existe. Cuando un productor recibe múltiples recomendaciones, puede haber confusión. No siempre es claro qué acción genera un resultado positivo o negativo. Sin embargo, este problema tiende a resolverse con el tiempo. A medida que el asesor demuestra consistencia en sus resultados, se construye confianza.

Esa confianza cambia la dinámica. El productor ya no toma decisiones aisladas, sino que consulta. Comparte lo que otros sugieren y busca una validación antes de actuar. Esto permite filtrar recomendaciones y evitar errores mayores, al mismo tiempo que se aprovechan buenas ideas provenientes de distintas fuentes.

En la práctica, no todas las opiniones externas son útiles. Algunas aportan valor, otras no tienen fundamento. Pero el sistema funciona porque existe un criterio que evalúa y decide. La clave está en no cerrarse de entrada, sino en mantener una actitud abierta pero crítica.

Otro elemento importante es el intercambio entre colegas. Conversar con otros asesores, pedir referencias o comparar estrategias no implica debilidad. Al contrario, permite ajustar decisiones y mejorar resultados. Cuando se comparan programas de fertilización o manejo, se obtiene un punto de referencia que ayuda a entender qué está funcionando mejor.

Este tipo de interacción reduce la curva de aprendizaje. En lugar de cometer todos los errores de forma individual, se aprende de los aciertos y fallas de otros. Esto no elimina la necesidad de experiencia, pero sí la acelera de manera significativa.

En cultivos como la zarzamora, donde las condiciones pueden variar por clima, suelo o manejo, esta estrategia se vuelve especialmente útil. Con el paso de las temporadas, se construye un conocimiento más sólido no solo por la práctica propia, sino por la acumulación de experiencias compartidas.

Un aspecto central en todo este proceso es la actitud. Reconocer que no se sabe todo abre la puerta a aprender. Preguntar, consultar y contrastar información deja de ser una debilidad y se convierte en una herramienta. El orgullo, en este contexto, es un obstáculo directo para el crecimiento.

A medida que se adopta esta forma de trabajo, los errores disminuyen. No desaparecen por completo, ya que factores como el clima siguen siendo impredecibles. Sin embargo, los fallos relacionados con decisiones técnicas, como nutrición o control de plagas, se reducen considerablemente.

Esto demuestra que el aprendizaje en agricultura no tiene que seguir el ritmo tradicional de una lección por año. Puede acelerarse si se construyen redes de colaboración efectivas. La experiencia sigue siendo valiosa, pero deja de ser el único camino para mejorar.

El cambio no es sencillo. Implica modificar hábitos arraigados y superar desconfianzas. También requiere tiempo para construir relaciones y generar confianza mutua. Pero los beneficios son claros: mejores decisiones, menor riesgo y resultados más consistentes.

En este contexto, la frase inicial pierde su sentido literal. La agricultura no necesita cien años para dominarse. Lo que necesita es un cambio en la forma de aprender. Pasar de un enfoque individual a uno colectivo transforma completamente la velocidad del proceso.

La experiencia compartida muestra que cuando se combinan observación, apertura y colaboración, el aprendizaje se vuelve más eficiente. No se trata de eliminar la práctica, sino de potenciarla con la inteligencia colectiva.

Este enfoque redefine el trabajo en el campo. Ya no se trata solo de ejecutar técnicas, sino de construir conocimiento de manera continua. Cada interacción, cada conversación y cada comparación se convierten en oportunidades de mejora.

Al final, el verdadero cambio está en entender que aprender no es un proceso aislado. Es una construcción constante que se fortalece cuando se comparte. Y en ese punto, la agricultura deja de ser un camino lento para convertirse en un sistema dinámico de aprendizaje.

Olmo Axayacatl Bastida Cañada

Soy Olmo Axayacatl y ayudo a ingenieros agrónomos con 3-7 años de experiencia, que sienten que ya saben mucho técnicamente pero que no los reconocen ni les dan más responsabilidades. Los ayudo a comunicar mejor su valor, ganar visibilidad dentro de su organización y dar el salto a puestos de decisión. El agro avanza cuando su gente también avanza.