La conversación gira en torno a cómo la capacitación agrícola puede cerrar la brecha entre la ciencia y el campo. Jesús Arévalo explica desde su experiencia en Intagri por qué dominar tanto lo técnico como las habilidades de negocio marca la diferencia en el desempeño profesional.
También se aborda cómo una empresa especializada ha logrado sostenerse durante años al enfocarse en conocimiento práctico, confianza del productor y adaptación tecnológica. Jesús Arévalo detalla decisiones clave que han permitido a Intagri mantenerse relevante en un entorno cambiante.
La capacitación en el sector agrícola no es un complemento, sino una herramienta central para avanzar profesionalmente. Se entiende que no basta con dominar lo técnico; también se requiere desarrollar habilidades de negocio y habilidades sociales. La combinación de estos elementos permite mejorar resultados, acceder a mejores oportunidades y tomar decisiones más sólidas dentro del campo agrícola.
Desde la experiencia de Intagri, el enfoque de una buena capacitación parte de tener claridad sobre a quién va dirigida. No se trata únicamente de transmitir conocimiento científico, sino de lograr que ese conocimiento tenga aplicación directa en campo. La prioridad está en reducir la brecha entre la ciencia y el agricultor, llevando la investigación a un lenguaje práctico que impacte en rendimiento y rentabilidad.
Una capacitación efectiva evita dos extremos: por un lado, la teoría sin aplicación; por otro, las soluciones simplistas basadas en productos. El objetivo real es entregar herramientas que permitan al agricultor tomar decisiones informadas según su contexto específico. Esto incluye entender momentos de aplicación, condiciones del cultivo y variables del entorno, en lugar de depender de recetas generales.
El origen de este enfoque se remonta a la inquietud de investigadores que detectaron que gran parte del conocimiento científico se quedaba en publicaciones académicas sin llegar al campo. A partir de esa necesidad surgió la idea de traducir ese conocimiento en cursos prácticos. Así comenzó un modelo que buscaba hacer accesible la información sin perder rigor técnico.
Desde sus inicios, el crecimiento se apoyó en la demanda real del sector. Existía una necesidad clara de capacitación útil, lo que permitió que el proyecto evolucionara rápidamente. La clave fue ofrecer contenido que respondiera a problemas concretos, lo que generó interés sostenido entre agricultores y agrónomos.
Un punto crítico en la calidad de la capacitación es la selección de los instructores. No basta con que tengan conocimientos técnicos; deben cumplir varios criterios. Primero, manejar información sustentada científicamente. Segundo, tener la capacidad de comunicar de forma clara. Tercero, saber estructurar contenido didáctico. Cuarto, tener disposición para compartir conocimiento sin reservas. Y quinto, contar con experiencia práctica en campo. Este conjunto define el estándar de calidad que se busca mantener.
La dificultad está en encontrar perfiles que cumplan con todas estas características. Hay especialistas con amplio conocimiento, pero sin habilidades de comunicación. Otros tienen experiencia práctica, pero carecen de base científica sólida. El reto consiste en equilibrar estos elementos para ofrecer una formación completa.
Otro aspecto relevante es la percepción del valor de la capacitación. En el sector agrícola aún existe resistencia a pagar por conocimiento. Muchos profesionales prefieren consumir contenido gratuito, aunque sea limitado o tenga fines comerciales. Esto limita el desarrollo del mercado de capacitación y retrasa la profesionalización del sector.
Se plantea que, en la medida en que más personas comprendan el valor de invertir en formación, el sector crecerá. Esto también implica cambiar la cultura de depender exclusivamente de recomendaciones de proveedores y empezar a valorar la asesoría independiente como una inversión estratégica.
Durante la pandemia, el modelo de capacitación enfrentó un cambio abrupto. La transición a formatos digitales fue obligatoria, pero en este caso no representó una desventaja significativa. La experiencia previa en capacitación a distancia permitió adaptarse rápidamente. Desde años antes ya se utilizaban tecnologías como transmisiones satelitales y plataformas digitales, lo que facilitó la continuidad del servicio.
El contexto de pandemia trajo una saturación de webinars gratuitos, lo que generó incertidumbre sobre la viabilidad del modelo de pago. Sin embargo, la confianza construida previamente fue determinante. Los participantes continuaron invirtiendo en cursos porque reconocían el valor del contenido. Esto permitió mantener estabilidad e incluso lograr resultados positivos en términos de operación.
Un elemento diferenciador ha sido la confianza del productor. La capacitación se percibe como un espacio libre de intereses comerciales, enfocado en aportar conocimiento útil. Esta percepción es clave para sostener la disposición de pago y fortalecer la relación con los participantes.
En cuanto a la colaboración dentro del sector, se destaca una visión abierta. A pesar de tener una posición consolidada, se mantiene la disposición de trabajar con otras empresas y profesionales. Se entiende que el sector agrícola es pequeño y que las relaciones son recurrentes. Esta apertura facilita conexiones, genera oportunidades y contribuye a un entorno más colaborativo.
También se reconoce que el crecimiento no es automático. La expansión hacia nuevos segmentos, como el sector pecuario, ha sido lenta debido a la falta de posicionamiento. Esto confirma que el reconocimiento en un área específica no garantiza éxito inmediato en otras.
En relación con las habilidades blandas, se identifica una oportunidad clara. Aunque el enfoque principal ha sido técnico, existe interés en integrar formación en liderazgo, comunicación y ventas. Sin embargo, se reconoce que para hacerlo correctamente se requiere contar con especialistas que cumplan con los mismos estándares de calidad.
Mirando hacia el futuro, se plantean varias líneas de desarrollo. Una de ellas es la consolidación de programas académicos más completos, como maestrías en colaboración con universidades. Estos programas buscan ofrecer formación más profunda sin requerir dedicación de tiempo completo, adaptándose a las necesidades de profesionales en activo.
Otra línea es mantener el equilibrio entre capacitación presencial y en línea. Ambas modalidades tienen valor y permiten atender diferentes perfiles de participantes. La estrategia consiste en seguir aprovechando la tecnología sin perder el contacto directo con el campo.
Finalmente, se refuerza la idea de que la capacitación seguirá siendo un pilar del desarrollo agrícola. A medida que el sector evoluciona, la necesidad de actualización constante se vuelve más evidente. Aquellos que invierten en su formación tienen mayores probabilidades de adaptarse, innovar y mantenerse competitivos.
La capacitación no es un evento aislado, sino un proceso continuo que impacta directamente en la productividad, la rentabilidad y la sostenibilidad del sistema agrícola.


