Episodio 409: ¿Puede la agricultura ser realmente sustentable?

Desde su surgimiento la agricultura ha representado la modificación del medioambiente, por lo que su impacto es innegable. Sin embargo, tenemos que cultivar alimentos para sobrevivir, por lo que necesitamos impulsar la sustentabilidad de la agricultura.

De hecho, la sustentabilidad es el camino para la sostenibilidad de las empresas agrícolas, pues para que la producción de alimentos sea negocio a largo plazo, es imprescindible cuidar los recursos naturales en los que se basa la producción. Si no se cuidan no habrá forma de producir en el futuro.

En este episodio planteo una pregunta que hoy atraviesa todo el discurso agrícola: ¿puede la agricultura ser realmente sustentable? No es una pregunta simple ni admite una respuesta cerrada. Para abordarla, primero pongo sobre la mesa la magnitud del impacto que tiene el agro sobre el ambiente, porque sin ese contexto cualquier discusión se queda corta.

Los datos son claros. La agricultura es responsable de alrededor del 14% de las emisiones globales de gases contaminantes. Además, utiliza cerca del 70% del agua dulce disponible en el mundo, con variaciones por país; en México, la cifra se acerca incluso al 75%. A esto se suma que aproximadamente el 80% de la deforestación global está vinculada de manera directa o indirecta a la expansión agrícola. Estas cifras no buscan señalar culpables, sino dimensionar el reto.

Con este contexto, la pregunta central toma otro peso. Cualquier tipo de agricultura, ya sea intensiva, extensiva, orgánica o ecológica, implica modificar un ecosistema. En el momento en que se cambia el uso del suelo para producir alimentos, se altera un equilibrio previo. Desde ese punto de vista, ninguna agricultura es neutra. Producir alimentos siempre tiene un costo ambiental.

Esto no es una postura ideológica, es una realidad física y biológica. Como sociedad necesitamos comer. Para hacerlo, ocupamos territorio, agua, energía y recursos naturales. El problema no es producir, sino cómo se produce y qué se hace para compensar ese impacto inicial.

Aquí entra el concepto de agricultura regenerativa, que resulta especialmente útil. Hablar de regeneración implica aceptar que hubo un daño previo. No se trata de negar el impacto, sino de reconocerlo y actuar en consecuencia. La producción agrícola genera emisiones por el uso de maquinaria, por la quema de combustibles fósiles, por la roturación del suelo que libera carbono, y por prácticas como la quema de residuos de cosecha.

Si a esto se suman la degradación del suelo, el uso ineficiente del agua y la presión sobre hábitats de fauna e insectos, queda claro que el impacto ambiental del agro es amplio y complejo. Reducirlo a un solo indicador sería un error.

Sin embargo, también es importante no caer en una visión únicamente negativa. La agricultura tiene un componente ambiental positivo que suele ignorarse: la fijación de carbono. A través de la fotosíntesis, los cultivos absorben dióxido de carbono de la atmósfera para realizar sus procesos fisiológicos. Si se considera la biomasa agrícola a escala global, esta absorción no es menor.

El problema es que ese carbono puede liberarse nuevamente si los residuos se queman o se manejan mal. Aun así, es un recordatorio de que el impacto agrícola no es unidireccional. Hay costos, pero también hay aportaciones que deben contabilizarse.

Aquí surge uno de los mayores retos de la sustentabilidad agrícola: medir. Durante gran parte de la historia de la agricultura ha sido casi imposible cuantificar con precisión el impacto ambiental de una parcela, una huerta o una hectárea. Se hablaba de impactos de forma cualitativa, pero no con datos concretos.

Hoy, la tecnología empieza a cambiar ese escenario. Plataformas digitales, sensores, modelos computacionales y herramientas de inteligencia artificial permiten estimar emisiones, uso de agua, degradación del suelo y también absorción de carbono. No se llegará a una cifra perfecta, pero sí a aproximaciones mucho más útiles que las que existían antes.

Medir no es un fin en sí mismo. Sirve para algo muy concreto: saber qué se debe compensar. Si un agricultor o una empresa conoce, aunque sea de forma estimada, su impacto negativo y positivo, puede diseñar una estrategia realista para equilibrar ese balance.

A partir de ahí, las acciones dejan de ser abstractas. Se puede hablar de implementar energías renovables para reducir el uso de combustibles fósiles. Se puede destinar parte del terreno a reforestación, ya sea dentro de la unidad productiva o en otras zonas. Se puede invertir en prácticas de manejo de residuos que eviten la liberación innecesaria de carbono.

El problema actual es que muchos productores ni siquiera saben cuál es su impacto medido. Sin ese dato, la sustentabilidad se convierte en un discurso vacío o en una exigencia externa difícil de cumplir. No se puede gestionar lo que no se mide.

También es importante reconocer que hoy existen pocos mecanismos claros y accesibles para que un agricultor compense su impacto ambiental de manera estructurada. El camino apenas se está construyendo. Esto no invalida el objetivo, pero sí explica por qué el avance es más lento de lo que algunos esperan.

Desde esta perspectiva, la pregunta inicial cambia ligeramente. No se trata tanto de si la agricultura puede ser perfectamente sustentable, sino de si puede ser más sustentable de lo que es hoy. Y ahí la respuesta es sí, pero con matices.

La sustentabilidad no es un estado final, es un proceso. Implica inversión, cambios en la forma de producir y, en muchos casos, aceptar costos adicionales en el corto plazo. Para algunos agricultores, estas acciones se perciben como un gasto. Y, en efecto, lo son en el corto plazo.

Sin embargo, visto a largo plazo, la sustentabilidad es una condición para la supervivencia del negocio agrícola. Una empresa que degrada su suelo, agota su agua o depende de recursos finitos sin plan de reposición compromete su propio futuro. La sustentabilidad es el camino hacia la sostenibilidad económica.

Un sistema agrícola que no cuida sus recursos naturales se vuelve frágil. Puede ser rentable durante algunos años, pero pierde resiliencia. En cambio, un sistema que invierte en regenerar, medir y compensar construye una base más sólida para operar durante décadas.

Este episodio no pretende ofrecer recetas ni soluciones universales. Busca plantear el problema con claridad y reconocer su complejidad. La agricultura no va a dejar de existir, ni puede hacerlo. La pregunta relevante es cómo evoluciona para reducir su impacto y equilibrar su relación con el entorno.

Al final, la sustentabilidad no es una moda ni una imposición externa. Es una necesidad operativa y estratégica para el agro del futuro. La discusión apenas comienza, pero ignorarla ya no es una opción.