La conversación gira en torno a la agricultura protegida, sus limitaciones reales, el papel de la tecnología y el futuro de la producción de alimentos en México. Aurelio Bastida, investigador de la Universidad Autónoma Chapingo, explica por qué el entusiasmo por los invernaderos suele ignorar factores económicos, sociales y culturales.
También se analiza cómo la demanda internacional, la formación de especialistas y las diferencias entre agricultura campesina y empresarial están definiendo el rumbo del sector. A partir de la experiencia de Aurelio Bastida en la Universidad Autónoma Chapingo, se exploran los desafíos técnicos, educativos y comerciales que marcarán los próximos años.
Cuando se habla de agricultura protegida suele pensarse únicamente en invernaderos. Sin embargo, el concepto es mucho más amplio. Incluye diversas estructuras, técnicas y tecnologías diseñadas para proteger los cultivos de factores adversos, como granizo, viento, lluvia excesiva o plagas. Desde mallas antigranizo hasta túneles bajos o casas sombra, todas forman parte de esta categoría.
El problema es que en la práctica se ha reducido el concepto casi exclusivamente a los invernaderos de alta tecnología. Eso genera una visión limitada y, en muchos casos, equivocada. La agricultura protegida no nació con los invernaderos modernos. En realidad, la agricultura siempre ha buscado proteger los cultivos, aunque hoy las herramientas sean más sofisticadas.
Uno de los primeros obstáculos para expandir los invernaderos en México es el económico. Instalar una hectárea puede costar entre tres y cinco millones de pesos, e incluso más cuando se trata de instalaciones de alta tecnología. En un país donde cerca del 70% de los productores son de bajos ingresos, esta inversión resulta simplemente inaccesible.
Por esa razón, pensar que los invernaderos pueden resolver el problema alimentario nacional es una simplificación. La agricultura protegida empresarial está orientada principalmente a cultivos de alto valor comercial, destinados en gran medida a la exportación. Productos como jitomate, pepino, pimiento, flores o frutillas dominan ese sistema productivo.
Estos cultivos comparten una característica importante: su desarrollo vertical permite producir en varios niveles y aprovechar mejor el espacio. Esa condición facilita que los invernaderos sean rentables. En cambio, cultivos fundamentales para la alimentación mexicana, como maíz, frijol o calabaza, no presentan esa estructura productiva. Por eso resulta difícil cultivarlos en invernadero con eficiencia.
La base de la alimentación tradicional mexicana sigue siendo la milpa. Maíz, frijol, chile, calabaza y otros productos forman un sistema agrícola que responde a siglos de adaptación cultural y ecológica. La agricultura protegida empresarial no está diseñada para sustituir ese modelo.
En realidad, ambos sistemas cumplen funciones distintas. Los invernaderos se orientan a abastecer mercados especializados y urbanos, mientras que la agricultura campesina continúa siendo clave para el sustento de muchas comunidades rurales.
Otro aspecto que suele pasarse por alto es el cambio en la forma de trabajar. Un invernadero exige disciplina diaria. Los cultivos requieren vigilancia constante, manejo técnico y operaciones continuas. Es casi un trabajo industrial.
Esto contrasta con la lógica de la agricultura de temporal. En ese sistema se realizan labores en momentos específicos del ciclo agrícola y luego se espera el desarrollo del cultivo. Introducir invernaderos en comunidades acostumbradas a ese ritmo implica una transformación profunda en la organización del trabajo.
Esa diferencia explica por qué muchos proyectos sociales de invernaderos han terminado abandonados. No basta con instalar la infraestructura. También es necesario que exista capacitación, experiencia y una cultura de manejo intensivo.
A esto se suma otro problema frecuente: la comercialización. Un productor puede obtener una buena cosecha de jitomate, pero si ocurre un cierre de fronteras o una caída en los precios internacionales, el mercado puede desaparecer de un momento a otro.
La agricultura protegida empresarial depende en gran medida de la demanda externa. Durante décadas, Estados Unidos ha sido el principal motor del crecimiento del sector en México. Una gran parte del jitomate producido en invernaderos está destinada a ese mercado.
Esto representa una ventaja mientras la demanda se mantiene estable, pero también un riesgo considerable. Si el mercado estadounidense reduce sus importaciones, la producción mexicana puede enfrentar serias dificultades.
Por esa razón algunos sectores del agro han comenzado a buscar nuevos destinos comerciales. Los mercados asiáticos, especialmente China y Japón, aparecen como alternativas estratégicas para diversificar exportaciones.
Sin embargo, el desarrollo de la agricultura protegida no depende únicamente del mercado. También enfrenta retos tecnológicos y educativos.
Muchas de las tecnologías utilizadas en invernaderos fueron diseñadas para países con climas fríos. En esos lugares el objetivo principal es aumentar la temperatura dentro de la estructura. En México ocurre lo contrario. En muchas regiones el problema es exceso de calor, no falta de él.
Esto provocó que algunos invernaderos se convirtieran prácticamente en cámaras de calor donde las condiciones internas perjudicaban a los cultivos. Adaptar la tecnología a las condiciones locales ha sido uno de los principales desafíos.
La formación de especialistas también ha tenido dificultades. Durante décadas existió poca experiencia académica en agricultura protegida. Gran parte del conocimiento se desarrolló directamente en los campos productivos.
Por eso muchos empresarios comenzaron a capacitar personal propio. En varios casos contrataron técnicos extranjeros, pero pronto descubrieron que las condiciones productivas y sociales de México eran muy diferentes a las de Europa.
Una de las estrategias más comunes fue enviar técnicos mexicanos a capacitarse en regiones con gran desarrollo en invernaderos, especialmente Almería en España, donde el idioma y ciertas condiciones culturales facilitaban el aprendizaje.
Con el tiempo surgieron programas académicos enfocados en esta área. Entre ellos destaca la creación de una carrera especializada en agricultura protegida dentro de la Universidad Autónoma Chapingo. El objetivo era formar profesionistas capaces de enfrentar los retos técnicos del sector.
El planteamiento inicial incluía investigación, capacitación y desarrollo tecnológico. Sin embargo, como ocurre en muchas instituciones, el trabajo interdisciplinario resultó difícil de sostener.
La agricultura protegida involucra múltiples áreas: riego, nutrición vegetal, fitosanidad, climatización, economía y comercialización. Cuando cada especialista analiza el problema desde su propia área, se pierde la visión integral necesaria para resolverlo.
Por eso se plantea que el futuro del sector depende en gran medida de equipos interdisciplinarios capaces de abordar los problemas desde diferentes perspectivas.
También existe una dimensión social importante. Los estudiantes que ingresan a estas carreras provienen de contextos muy diversos. Algunos llegan desde zonas rurales con grandes carencias educativas, mientras otros provienen de familias urbanas con mayores oportunidades.
Esa diversidad influye en las habilidades y aspiraciones de los futuros profesionales. No todos desarrollarán el mismo tipo de capacidades. Algunos se orientarán a la investigación, otros a la producción o a la comercialización.
Con el tiempo se ha observado que varios egresados han logrado integrarse en proyectos internacionales, trabajando en empresas agrícolas de Estados Unidos o Europa. Esto confirma que la formación especializada puede abrir oportunidades laborales más allá del contexto nacional.
Al mismo tiempo, la agricultura mexicana enfrenta un desafío estructural: definir estrategias distintas para dos realidades diferentes.
Por un lado está la agricultura empresarial, orientada a exportaciones y mercados urbanos. Por otro, la agricultura de subsistencia, fundamental para comunidades rurales que viven en condiciones de marginación.
Cada una requiere soluciones específicas. En algunos casos la agricultura protegida puede aportar herramientas útiles, como sistemas de riego, mallas protectoras o estructuras sencillas.
Pero la idea de que los invernaderos resolverán todos los problemas del campo mexicano es un error. El futuro del sector dependerá de combinar tecnología, conocimiento local y políticas públicas adecuadas.
México posee una enorme diversidad agrícola y cultural. Aprovechar esa riqueza implica reconocer que no existe una sola forma de producir alimentos. Los sistemas productivos deben adaptarse a las condiciones ambientales, económicas y sociales de cada región.
Solo así será posible construir un modelo agrícola capaz de alimentar tanto a las ciudades como a las comunidades rurales, manteniendo al mismo tiempo la diversidad productiva que caracteriza al país.
