Episodio 080: Sobre la prohibición del glifosato en México

Sobre la prohibición del glifosato en México

Descarga mi plantilla gratuita…

Prepara y ejecuta una conversación difícil en el trabajo


La discusión sobre prohibición del glifosato, política ambiental, agricultura moderna y salud pública ha crecido con rapidez en México. A partir de decisiones recientes de Semarnat y presiones de organizaciones como Red de Acción de Plaguicidas y Alternativas en México, el debate dejó de ser técnico y se convirtió en un asunto social.

El tema no solo involucra a científicos o ambientalistas. También impacta directamente a productores agrícolas, costos de producción, manejo de malezas y seguridad alimentaria. Entender la polémica implica revisar decisiones del gobierno mexicano, argumentos de la industria y el lugar que ocupa este herbicida dentro de la agricultura global.

El glifosato es uno de los herbicidas más utilizados en la agricultura moderna. Durante décadas ha sido una herramienta clave para controlar malezas en distintos sistemas productivos. Sin embargo, en México el tema se volvió especialmente controvertido cuando el gobierno decidió aplicar el principio precautorio y negar la importación de productos basados en este ingrediente activo.

La decisión surgió desde Semarnat, la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales, cuando rechazó la importación de mil toneladas del herbicida comercial Roundup. Este producto, ampliamente conocido en el mundo agrícola, fue desarrollado originalmente por Monsanto, empresa que posteriormente fue adquirida por Bayer. Su ingrediente activo es el glifosato, una molécula descubierta en 1970 que con el tiempo se convirtió en el herbicida más usado del planeta.

La postura oficial se basó en la idea de que existen riesgos potenciales para la salud humana y el medio ambiente. Bajo esa lógica se decidió aplicar el criterio de precaución, un enfoque utilizado cuando existe la posibilidad de daños graves o irreversibles aunque la evidencia científica aún no sea completamente concluyente. En términos simples, si existe sospecha de riesgo significativo, se limita el uso de la sustancia hasta contar con mayor certeza científica.

Esta decisión marcó un punto importante en la política ambiental mexicana. Por primera vez se aplicaba este criterio a un herbicida utilizado de forma masiva. Desde el gobierno se argumentó que hay numerosos estudios científicos que sugieren posibles efectos negativos del glifosato, lo que justificaría restringir su importación y uso.

El impacto potencial de esta decisión es considerable porque el glifosato no es un producto marginal. Se trata del herbicida más utilizado del mundo, presente en cientos de formulaciones comerciales. Se estima que el ingrediente activo forma parte de más de 750 productos herbicidas diferentes utilizados tanto en agricultura como en jardinería y mantenimiento de infraestructura urbana.

Muchos agricultores dependen de este producto para controlar malezas de forma eficiente. El manejo de malezas representa uno de los costos más importantes dentro de la producción agrícola. Cuando no se controlan adecuadamente, compiten con los cultivos por agua, nutrientes y luz, lo que reduce rendimientos y encarece la producción.

Por esta razón, organizaciones agrícolas manifestaron preocupación ante la posible prohibición. El Consejo Nacional Agropecuario, representado por Bosco de la Vega, señaló que el glifosato es una herramienta fundamental para muchos productores. Según esta postura, eliminarlo sin ofrecer alternativas tecnológicas viables podría elevar los costos de producción y afectar la competitividad del sector agrícola.

La polémica no es exclusiva de México. En muchos países el glifosato genera divisiones profundas entre científicos, productores, organizaciones ambientalistas y autoridades regulatorias. El debate suele girar alrededor de su posible relación con el cáncer.

En 2015 la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer, organismo vinculado a la Organización Mundial de la Salud, clasificó al glifosato dentro del grupo 2A. Esta categoría corresponde a sustancias probablemente carcinógenas para humanos. La clasificación significa que existe evidencia limitada de carcinogenicidad en humanos y evidencia suficiente en estudios con animales.

Sin embargo, esta categoría también incluye actividades o exposiciones relativamente comunes. Entre los ejemplos que comparten el mismo nivel de clasificación se encuentran el consumo de carne roja, el trabajo nocturno prolongado o ciertas ocupaciones industriales. Esto ha generado interpretaciones muy distintas sobre el verdadero riesgo del herbicida.

Por un lado, algunos sectores interpretan la clasificación como prueba suficiente para prohibirlo. Desde esta perspectiva, cualquier sustancia con sospecha de carcinogenicidad debería eliminarse del sistema productivo para proteger la salud pública y los ecosistemas.

Por otro lado, muchos investigadores y agricultores argumentan que la clasificación no significa que el riesgo sea alto, sino que existe una posibilidad bajo determinadas condiciones de exposición. En otras palabras, el peligro depende del nivel de contacto, la forma de uso y las condiciones en que se maneje el producto.

Este punto es central para comprender la discusión. En el manejo de agroquímicos, el riesgo no depende únicamente de la toxicidad del producto sino también de la exposición. Cuando se utilizan siguiendo las recomendaciones técnicas, con equipo de protección y respetando las dosis, el riesgo puede reducirse significativamente.

La controversia también tiene una dimensión política. El glifosato lleva más de cuatro décadas en el mercado y ha sido uno de los agroquímicos más estudiados en la historia de la agricultura. Para algunos analistas resulta llamativo que después de tantos años todavía no exista consenso definitivo sobre su potencial carcinogénico.

Esto ha llevado a pensar que parte del debate está influido por factores sociales y políticos. El glifosato se ha convertido en un símbolo dentro de discusiones más amplias sobre agricultura industrial, transgénicos y uso de agroquímicos. En muchos casos, el herbicida aparece como el centro del debate aunque existan otros productos más tóxicos que reciben menor atención pública.

Otro elemento relevante es la relación entre el glifosato y los cultivos genéticamente modificados. Una gran parte del uso mundial de este herbicida está asociada a variedades resistentes al glifosato, como la soja Roundup Ready. Estos cultivos permiten aplicar el herbicida directamente sobre el campo sin dañar la planta cultivada, lo que simplifica el manejo de malezas.

A lo largo del tiempo esto contribuyó a la expansión masiva del producto. Entre 1974 y 2014 se produjeron aproximadamente 8.6 millones de toneladas de glifosato en el mundo, una cifra que muestra la enorme dependencia de este herbicida dentro de la agricultura global.

Sin embargo, el debate actual obliga a replantear el futuro de estas herramientas. Muchas personas desean avanzar hacia sistemas agrícolas con menor uso de agroquímicos. La idea de una agricultura más sustentable resulta atractiva desde el punto de vista ambiental y social.

El problema es que la transición hacia esos sistemas no es sencilla. La producción agrícola moderna depende en gran medida de tecnologías que permiten mantener rendimientos altos y costos relativamente controlados. Sustituirlas requiere innovación, investigación y políticas públicas coherentes.

Por ejemplo, métodos alternativos de control de malezas, como la mecanización intensiva o el manejo manual, pueden aumentar considerablemente los costos. En sistemas de gran escala esto podría afectar la rentabilidad de los cultivos y, eventualmente, los precios de los alimentos.

También existen enfoques agroecológicos que buscan reducir el uso de agroquímicos mediante rotaciones, cultivos de cobertura y manejo biológico. Aunque estas estrategias tienen potencial, su adopción a gran escala aún enfrenta desafíos técnicos y económicos.

En este contexto, la discusión sobre el glifosato refleja un dilema más amplio: cómo equilibrar protección ambiental, salud pública y producción de alimentos. Cada decisión genera consecuencias que van más allá del problema inmediato.

Las políticas que buscan proteger el ambiente pueden generar efectos indirectos sobre la producción agrícola. A su vez, las decisiones enfocadas exclusivamente en la productividad pueden ignorar impactos ambientales o sanitarios de largo plazo.

Por eso el debate difícilmente se resolverá en el corto plazo. La discusión continuará mientras gobiernos, científicos, productores y consumidores intentan encontrar un punto de equilibrio entre estas distintas prioridades.

Lo único claro es que el glifosato seguirá siendo tema de conversación durante muchos años. Su historia refleja la complejidad de la agricultura contemporánea, donde las decisiones técnicas, políticas y sociales se entrelazan de forma inevitable.